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En una calle del barrio de Tetuán en Madrid, cerca del estadio Santiago Bernabéu, se encuentra una de las oficinas que la organización Hazte Ver —también conocida por las siglas HV—, posee en la capital de España.
Se trata de un local de unos doscientos metros cuadrados.
Su fachada luce de color rosa, y los vinilos con mensajes antiabortistas sobre las cristaleras protegen el interior de miradas indiscretas.
No es la primera vez que Sancho entra en este lugar; concretamente lleva haciéndolo desde los dieciséis.
Todo comenzó como un juego fomentado por la rebeldía adolescente que todo ser humano experimenta, en mayor o menor medida, en esa fase tan crucial de la vida.
Un día acompañó a un amigo hasta ese lugar, y desde el primer día le hicieron sentir importante.
Por aquel entonces le gustaba salir a manifestarse contra el gobierno, cortar las calles, quemar contenedores, e insultar a los antidisturbios frente a sus propias narices mientras estos permanecían impávidos como estatuas.
Y cuando la cosa se complicaba y a los policías se les hinchaban los cojones, no había nada mejor para liberar adrenalina que escapar de sus porras y lanzarles bengalas o trozos de las baldosas que arrancaban de las calles.
Era durante esos momentos de tensión, rodeado de decenas de jóvenes como él y protegiendo su identidad bajo bufandas, bragas o pasamontañas cuando se sentía un ser especial.
El director de la oficina le felicitó por sus acciones y le animó a continuar luchando con el objetivo de subvertir el orden político actual y echar al gobierno.
Desde entonces, cada semana recibe un email de ánimo y apoyo.
Ni siquiera en su propio hogar ha llegado a sentirse tan querido.
Dentro del local hay mesas ocupadas por varias personas a sueldo de la organización, y también por varios jóvenes voluntarios. A algunos los conoce, aunque no a todos. Es habitual que cada semana se incorporen nuevos miembros a la causa.
Sancho saluda y la respuesta de los allí presentes es cariñosa y acogedora. Han pasado cinco días desde su última visita, aunque siempre se ha sentido muy a gusto en este lugar. El director, que está hablando con una chica, le hace un gesto para que se acerque hasta ellos.
—Qué alegría volver a verte, Sancho.
El hombre que habla es alto y delgado. Viste traje azul marino y corbata roja. El pelo negro brilla engominado hacia atrás. Es un rostro conocido que se prodiga habitualmente en algunas tertulias de televisión y radio.
Sancho asiente con una sonrisa forzada en los labios a modo de respuesta. La última misión que le han encomendado ha sufrido graves complicaciones y se encuentra impaciente por quedarse a solas con el director y contarle lo sucedido.
Este, a su vez, que ya es perro viejo, advierte rápidamente la desazón del joven y se apresura a despedir a la chica con la que está hablando sin ni siquiera terminar de presentarlos.
Ya habrá tiempo para conocerse más adelante, piensa.
Lo importante ahora es saber lo que ha sucedido con el plan que los de arriba le trasladaron hace unas semanas, justo después de conocerse el resultado electoral de las elecciones a la Presidencia del Gobierno.
Sabe que es arriesgado, e incluso, si lo piensa bien, puede rozar la locura, pero si al final sale adelante es seguro que cambiará por completo el futuro político del país.
—Vamos a mi despacho —propone él, finalmente.
Sancho sigue los pasos del otro.
—¿Cómo va todo? —pregunta el director durante el trayecto.
—Bien —responde escueto Sancho. Sabe que no debe decir nada hasta llegar al lugar indicado.
—¿Viste al Madrid ayer?
—Estuve con mi padre en el palco. Tenemos la liga ganada.
—Pues con tu padre estuve precisamente el martes en la asociación de empresarios.
Sancho se tensa al escuchar esta última información. Nadie de su familia sabe que pertenece a la organización, ni tampoco lo que acaba de hacer por la causa.
El director, sin embargo, sonríe; porque a pesar de caminar por delante del joven y no poder ver su rostro, interpreta a la perfección el silencio que se impone tras sus palabras.
—Estate tranquilo. Tú confías en la organización y la organización confía en ti. Somos y perseguimos lo mismo.
—Gracias, director.
El despacho al que acceden no llega a los veinte metros cuadrados, aunque cuenta con una mesa de trabajo con sillón de piel, y otra redonda para reuniones con varias sillas a su alrededor situada en el extremo opuesto a la anterior.
Un estante con documentos y libros se sitúa sobre un lateral de la estancia; en su frente, un pequeño mueble sostiene una Smart TV de treinta y dos pulgadas, escoltada por unas insignias y una bandera nacional.
Sobre el sillón de trabajo, y a dos metros aproximadamente del suelo, puede leerse la siguiente frase: «No hay batalla ganada sin inocentes en los ataúdes».
—Siéntate, por favor —invita el director al tiempo que cierra la puerta para, a continuación, dirigirse hacia la ventana que hay a la derecha de la mesa de trabajo.
Sin mirar hacia fuera del despacho, abate las lamas de la persiana veneciana para que nadie pueda verlos desde el exterior.
La situación política por la que atraviesa el país es complicada, y desde arriba le han informado que el CNI tiene sus ojos puestos en él y en la organización que dirige, aunque por ahora todo está controlado.
—Sabes que aquí podemos hablar seguros —informa el director cuando toma asiento al lado del joven—.
Nadie puede vernos ni escucharnos. Por eso quiero que me cuentes todo lo que sucedió el sábado por la noche.
Confío mucho en ti. ¡Todos confiamos mucho en ti!
, y por esa razón te elegimos para este importante objetivo.
El más importante, sin duda, desde que trabajamos para poder devolver a este país a lo que un día fue.
Eres uno de nuestros soldados más fieles y por eso te estamos agradecidos.
La última vez que nos vimos te dije que podrías convertirte en el héroe que salve de nuevo a este país. Dime que no nos hemos equivocado.
A Sancho se le iluminan los ojos al escuchar estas palabras, y eso que ha vivido en un mar de intranquilidad durante las últimas treinta horas.
—Tenemos las fotos —responde él, al tiempo que saca un pendrive de uno de los bolsillos de su pantalón y lo deja sobre la mesa de reuniones junto a la que ambos se encuentran sentados.
El rostro del director de HV irradia fascinación al ver la memoria digital.
Intuye que, si es capaz de usar bien lo que hay dentro de la misma, será capaz de conseguir lo que los politiquillos de los partidos políticos afines a la causa no han sido capaces de lograr en las urnas.
Pero el estado de euforia por el que atraviesa le obliga también a mantener la cautela, ya que en la vida todo debe de tener su tiempo, y es consciente de que a partir de ahora comienzan los momentos más delicados y decisivos.
Un solo error y todo se irá al traste. Por ello, la calma y la mesura deben ser claves a la hora de regir sus actos.
El botín en juego es demasiado importante para pensar siquiera en fracasar.
—¿Todo bien?
Sancho desvía la mirada antes de responder.
—Hay un problema.
El rostro del director se tensa por primera vez.
—¿Qué problema, Sancho?
—Ella se despertó antes de tiempo. No sé cómo. Pero lo hizo.
A la respuesta del joven suceden unos segundos de silencio. Segundos que el director aprovecha para levantarse y caminar pensativo por la estancia.
El joven, mientras tanto, ni siquiera lo mira; cabizbajo espera una severa reprimenda, y eso que todavía no le ha contado lo peor.
—¿Os vio?
—Cayetano dice que abrió los ojos y le miró, por eso…
Sancho deja la frase sin finalizar y levanta la cabeza. El director ahora le da la espalda.
—¿Por eso…?
—Cuando empezó a moverse la cogió por el cuello hasta asfixiarla.
—La chica está muerta.
—Sí.
La lacónica respuesta del joven apenas es audible y el silencio vuelve a apoderarse de la habitación durante unos instantes que parecen interminables.
—¿Qué habéis hecho con el cuerpo?
—Lo sacamos por la puerta trasera del almacén y lo metimos en mi coche. Luego lo llevamos al descampado que hay junto al polígono y lo escondimos entre la basura.
—¿Os pudo ver alguien?
—No. Estábamos solos en el almacén. Yo vigilaba fuera de la habitación como habíamos planeado.
—¿Y las grabaciones de las cámaras? ¿Habéis hecho lo que os dije?
—Sí, claro. Borramos todo ayer.
El director continúa dando la espalda al joven.
Durante un instante ha creído que el plan con el que pretenden salvar al país se iba a la mierda, pero, pensándolo bien, la muerte de la chica aporta aún más valor a las fotografías que hay en el interior del pendrive .
No obstante, sabe que ahora los tiempos deberán adecuarse a un ritmo distinto, a la vez que informa a su superior de lo sucedido.
—Buen trabajo, Sancho.
La mirada del joven se vuelve confusa al escuchar el halago. Esperaba una dura reprimenda, y este cambio de guion hace que le cueste reaccionar. Es incapaz de entender lo que sucede, aunque siente alivio cuando nota las manos del director posarse sobre sus hombros.
—Esa chica no debía de haber muerto, pero ya no podemos cambiar los acontecimientos.
Saber aprovechar el error propio para obtener beneficio es lo que diferencia al ganador del perdedor.
Estoy orgulloso que el trabajo de todos estos años haya dado resultado, y en lugar de veniros abajo ante un acontecimiento desafortunado, hayáis sido capaces de reponeros como verdaderos soldados.
Pronto seréis conscientes de la importancia de vuestros actos.
—Me atormenta que mi padre y mi familia se enteren de lo que ha pasado, y que al final todo se sepa.
—Temer es bueno, Sancho, porque nos hace ir por el camino correcto; pero no debemos permitir que el miedo nos paralice.
Nadie se va a enterar, te doy mi palabra.
Luchamos para cambiar y hacer grande a este país, ¿lo recuerdas?
, y ahora tenemos una oportunidad para volver a conseguirlo.
Nosotros lo vamos a conseguir y no esos políticos a los que ves en televisión, que solo son marionetas y parte del decorado colocados para ocultar todo lo que hay detrás.
Nosotros somos los que movemos los hilos.
Nunca lo olvides. Y siempre vamos a estar ahí para lo que necesitéis.
El joven asiente. En sus seis años de pertenencia a la organización ha sido consciente del poder y la fuerza de movilización que esta tiene.
—Lo más importante que debes saber es que nuestra confianza hacia ti es máxima, porque sé que tú también sientes lo mismo hacia nosotros. Dependemos los unos de los otros, y ahora, con vuestro trabajo, el círculo se ha cerrado. Ya somos todos uno y pronto seremos héroes.
La soflama del director cala en lo más profundo de Sancho quien se muestra incapaz de interrumpirlo.
—Te voy a contar algo que no debería hacer porque ya sabes que aquí, por motivos de seguridad, solo yo conozco el trabajo y la misión que tenéis cada uno de vosotros.
Pero quiero mostrarte que confío en ti y por eso voy a contártelo.
La chica con la que hablaba cuando has llegado es la hija de un juez del Tribunal Supremo.
Su función consiste en revisar el trabajo que su padre se lleva a casa.
Es decir, examinar todos los documentos importantes que pueda, y leer los emails y los mensajes que el magistrado envía o recibe.
Cada semana nos hace un informe. Te cuento esto porque quiero que entiendas que estamos dentro del sistema y sabemos lo que se cuece en sus entrañas.
Somos miles, y somos imparables. Nadie nos va a detener.
La mano del director sacude el flequillo del joven en un gesto de cariño.
—Hablaré con los otros por separado. Los cuatro sois vuestra mejor coartada cuando todo se complique, porque el cuerpo tarde o temprano aparecerá y tendréis que estar preparados ante cualquier eventualidad.
Seguramente os tomen declaración porque, al fin y al cabo, estuvisteis con esa joven en la discoteca, pero ya os prepararemos para cuando llegue ese momento.
¿Borrasteis las fotografías del teléfono con el que las hicisteis como os dije?
—Sí, claro. Las únicas copias que hay son las del pendrive .
—Perfecto, entonces. Ese teléfono tiene que pasar por nuestros informáticos cuanto antes. Hablaré también con una abogada de confianza. Ella se ocupará de contactar con vosotros para informaros de lo que tenéis que hacer en adelante. Es muy importante que le contéis todo con pelos y señales.
Sancho asiente mientras el director vuelve a alejarse de nuevo hasta que alcanza la puerta del despacho. Antes de abrirla se gira para hablar de nuevo.
El joven, entretanto, le mira con un brillo en los ojos distinto al que tenía cuando llegó. El aleccionamiento ha surtido el efecto esperado.
—Tu trabajo por ahora ha concluido y deberás estar un tiempo sin venir por aquí, aunque si necesitas ayuda ya sabes cómo contactar con nosotros. Descansa durante unas semanas porque tengo planes importantes para ti. Pronto serás consciente de la importancia de lo que hicisteis el sábado.