EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 3
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Han pasado algo más de tres horas desde que vio a su amiga alejarse junto a los dos mastodontes de seguridad y todavía no sabe nada de ella.

Entretanto, ha bailado de aquí para allá con algún conocido de la universidad, o se ha camuflado entre la multitud, como una más, hasta que en la discoteca han aparecido huecos cada vez más grandes en las zonas de baile.

Ahora el aforo no sobrepasa la mitad. Esto y que el alcohol provoca que los jóvenes, y los no tan jóvenes también, se vuelvan más empalagosos y pesados, hace que ella quiera regresar ya a casa, pero sabe que no puede hacerlo sola.

Las dos han llegado juntas y juntas deben irse.

Que la discoteca se encuentre más vacía favorece que todo pueda verse con mejor claridad, es por ello por lo que decide acceder hasta una de las zonas situadas a una altura superior de la pista central.

Allí, junto a una de las barras donde los empleados comienzan a reponer las cámaras frigoríficas, las luces de colores siguen danzando al ritmo de la música, y sus haces multicolores la ciegan durante segundos, aunque ello no es óbice para que escudriñe con su mirada todo cuanto le rodea.

Le extraña que su amiga lleve tanto tiempo sin dar señales de vida, porque es la primera vez que lo hace cuando han salido las dos solas.

Sí es cierto que alguna vez se han separado, pero en esas ocasiones casi siempre ha existido contacto visual entre ambas, y, de no existir, la espera nunca ha rebasado los quince o veinte minutos, o se han enviado mensajes por WhatsApp; wasaps que, por cierto, su amiga lleva más de dos horas sin leer.

Por esta razón, hay algo en su interior que la mantiene preocupada.

Con cierta angustia ya, mira de aquí para allá, como la madre que busca a la hija perdida, pero continúa sin verla.

Entonces su mirada tropieza con uno de los dos armarios empotrados que hace casi tres horas se la llevaron.

A este tipo sí que es fácil verlo. Y sin pensarlo dos veces camina hacia él porque no le quedan más opciones.

—¿Dónde está mi amiga? —pregunta ella mirando hacia arriba.

El tipo tarda en reaccionar, aunque a los pocos segundos de escuchar la pregunta, su cuello gira como si en el interior de ese cuerpo un pesado mecanismo se hubiera puesto en marcha.

—¿Qué amiga?

—La que se fue con vosotros hace unas horas. ¿No te acuerdas? Estábamos allí.

El mastodonte vuelve a necesitar otros segundos antes de responder, pero en esta ocasión la pausa parece destinada a refrescar su memoria.

Aunque la noche ha sido tranquila, siempre hay que invitar a alguien a abandonar el local, por las buenas o por las malas.

Por norma general, el implicado o la implicada, que también las hay, suele aceptar salir por las buenas, no obstante, es habitual que los efectos del alcohol y de otras drogas envalentonen a algunos individuos más allá de donde la paciencia alcanza.

Llegados a este punto, salir volando por la puerta es el resultado más habitual.

El récord de lanzamiento debe rondar los cuatro metros de distancia.

—Ah. Ya recuerdo. La acompañamos a la zona VIP.

—Han pasado más de tres horas y no sé nada de ella. Hemos venido juntas.

El segurata la mira de arriba abajo.

—Ya sois mayorcitas, ¿no? Esto no es un colegio.

Lo primero que pasa por la cabeza de ella es decirle gilipollas, pero se muerde la lengua porque sabe que cuando se tiene delante a un capullo decirle lo que es no sirve de mucho. La impulsividad y la inteligencia no suelen mezclar bien, y ahora necesita tirar de la segunda.

—¿Puede decirme si aún está allí dentro?

—Creo que no. Envíale un wasap.

—Ya lo he hecho. No me contesta.

—Entonces es que estará ocupada. Vete a bailar o tómate un cubata, anda, que estoy trabajando.

—¿Puede preguntar por el pinganillo?

El gesto inicial de indiferencia del armario empotrado se ha transformado ahora en una mueca de fastidio que espantaría al más osado de los allí presentes; y también al más borracho, a pesar de la carencia de precauciones que estos últimos suelen mostrar.

La contracción de sus mandíbulas provoca que todos los músculos de esa cabeza rapada se tensen.

Es probable que la única razón por la que aún se contiene sea debida a que cuadriplica en peso a la joven que tiene delante, y con un simple empujón la enviaría a varios metros de distancia.

—Estoy trabajando, y no voy a volver a repetirlo —responde él a la vez que se aleja para evitar males mayores.

Se conoce bien, y sabe que su paciencia se está agotando.

Si hay algo que verdaderamente le jode es tener que aguantar la pesadez insoportable de las personas bebidas, y a esta hora de la madrugada esas situaciones se multiplican.

Los líos más gordos suelen formarse al final de la noche.

A pesar del rechazo, ella sabe que ese hombre, por muy imbécil que sea, es la única opción que tiene para saber algo sobre su amiga.

Podría irse a casa y dejarla allí, ya que no es su culpa que la haya dejado sola y que ni siquiera lea los mensajes que le ha enviado.

Pero sabe que no se iría tranquila sin saber si ella se encuentra bien.

Por ello decide jugársela y lanzar un órdago al de seguridad. No puede esperar más.

—O preguntas por ella o me pongo a gritar como una loca.

Al guarda de seguridad las amenazas no parecen hacerle demasiada gracia.

—Si lo que quieres es que yo mismo te saque fuera de aquí lo has conseguido —le habla él sujetándola con fuerza por el brazo.

La joven se asusta al principio, pero el dolor que siente en su extremidad le aporta el coraje suficiente para hablar.

—Voy a llamar a su padre que es policía, y le voy a contar lo que está pasando.

El de seguridad parece haber quedado petrificado mientras medita la amenaza y escudriña con sus ojos los de ella.

Quizá sea un farol, pero siempre existe la posibilidad de que no lo sea.

Y si es así, no quiere acabar la noche con el local lleno de policías.

Apenas queda una hora para cerrar, ¿para qué tentar a la suerte?

—Está bien —accede antes de soltarla y alejarse unos metros de ella—. Espera aquí.

La joven le observa hablar a través del intercomunicador y resopla aliviada.

Su argucia ha funcionado porque el padre de su amiga no es policía, aunque sí militar, o al menos lo era.

Hace tiempo que no hablan sobre él, y solo sabe que en ocasiones se ausenta durante semanas enteras por asuntos de trabajo.

El mastodonte regresa con la misma cara malhumorada con la que se ha alejado.

—Me dicen que tu amiga se fue hace tiempo de la discoteca. Ahora, déjame trabajar.