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En esta otra zona de la discoteca la música se escucha de forma diferente; como si todos los que accedieran aquí llevaran puestos tapones en los oídos.
Incluso en ocasiones, se percibe mejor la vibración que las ondas sonoras provocan en las puertas y en los cristales, que la música de las canciones elegidas por el disc–jockey.
Este hecho se debe a que existe un grueso muro de hormigón que separa el lugar donde centenares de personas se divierten, del almacén situado en uno de los extremos del complejo.
A esas horas de la madrugada, con las cámaras refrigeradoras que hay en las seis barras repletas de bebidas y los camareros a pleno rendimiento, no suele haber nadie en esa zona del establecimiento.
Por ello, y salvo que alguien pulse sobre alguno de los interruptores que activa el alumbrado, la iluminación que hay en ese lugar es pobre; lo justo para caminar sin tropezarse con las estanterías y las cajas que se almacenan allí.
En un extremo de ese lugar, lo más alejado posible de los altavoces, se encuentra la oficina donde el encargado de la discoteca trata con los proveedores, liquida a los empleados, hace números y gestiona los múltiples papeleos que un negocio de esta envergadura es capaz de generar.
Todo lo necesario para trasladar al dueño del negocio, al que rara vez se le ve por aquí, los resultados mensuales que se consiguen.
Al final, el esfuerzo, el trabajo y el futuro de decenas de trabajadores se resumen en una simple ecuación: «Ingresos menos Gastos».
Y mientras el resultado de esta arroje unos números positivos aceptables, no hay problema.
¿Quién dice que el capitalismo es complicado?
Junto a la oficina, ahora vacía, hay otra habitación.
Esta última, que cuenta en su interior con un par de camas, se utiliza como zona de descanso para el personal que lo necesite, como pueden ser los vigilantes de seguridad que cuidan del establecimiento cuando está cerrado.
Porque un almacén repleto de bebidas de importación es demasiado goloso para los amigos de lo ajeno, y los sistemas de seguridad son poco eficaces contra algunas bandas formadas con exmilitares de países del Este.
Frente a esa habitación que acabo de describir, un joven de veintidós años vigila para asegurarse de que nadie se aproxima a esa zona del complejo.
Se le ve inquieto mientras camina de un lado para el otro al tiempo que propina caladas a un cigarro con síntomas de ansiedad.
Delgado y con algo más de un metro ochenta de estatura, viste pantalón claro, camisa celeste, y corbata azul marino.
El conjunto, si incluimos los zapatos, calcetines y calzoncillos, supera los cuatrocientos euros.
Es el hijo del dueño de la discoteca y se llama Sancho.
Veintidós años de vida entre la abundancia y los deseos cumplidos.
Estudia Doble Grado en Derecho y ADE en la mejor universidad de Madrid; bueno, al menos es la más cara.
En un momento dado, la puerta de la habitación frente a la que se encuentra se abre y de su interior aparecen tres nuevos jóvenes. Dos de ellos están sudorosos y su respiración es agitada. Caminan mientras se abrochan los botones de sus camisas. El tercero lleva un teléfono móvil en la mano.
—¿Habéis terminado? —pregunta Sancho.
—Sí, tío. Ya está. Pero hay un problema.
Quien responde es el joven que ha salido en primer lugar. Pelo rubio y ojos azules. Juega en los juveniles del Real Madrid, aunque el mérito se debe más a los contactos que tiene su padre que a su calidad futbolística.
—¿Qué problema?
—Este, que es gilipollas y se ha pasado.
—¿Que se ha pasado? ¿Qué coño has hecho, Cayetano?
Cayetano está abrochándose el último botón de su camisa. Es el más bajo de todos. Su pelo es moreno y tiene los ojos castaños.
—Lo siento, tío. Creo que me la he cargado.
Sancho necesita unos segundos para asimilar lo que acaba de escuchar. En su rostro se ha formado una mueca de estupor que no hace sino anticipar las palabras que pronuncia a continuación.
—¿Cómo que te la has cargado, mamón?—No sé, tío. Se estaba despertando y ha abierto los ojos. Me ha visto la puta cara.
El hijo del dueño del establecimiento se teme lo peor tras escuchar a su amigo y se lleva las manos a la cabeza.
Segundos antes, el cigarro que fumaba ha caído al suelo como el alma derrotada de un condenado a muerte.
Sabe que tenía que haber esperado a que la chica se bebiera toda la copa para que la pastilla que habían echado en la bebida surtiera el efecto deseado.
Pero tenían prisa. La puta prisa y la improvisación de unos jodidos aficionados que se han metido en algo demasiado gordo.
—Le he agarrado del cuello… Joder, se ha puesto a patalear la zorra y me ha arañado.
—¡Dios! —grita Sancho al recibir la noticia de lo sucedido dentro de la habitación.
Su desesperación va en aumento y ahora aprieta los puños en torno a sus cabellos y camina alterado de aquí para allá—.
¿Tan difícil era, tíos? Solo teníais que estar en pelotas, jugar un poco con ella y sacar las putas fotografías con Froi al lado. ¿Y ahora qué hacemos?
Los otros no responden y se muestran cabizbajos.
Saben que el asunto se les ha ido de las manos y se encuentran metidos en un buen lío.
Aunque como sucede desde que tenían siete años, y los cuatro se conocieron en un exclusivo colegio de la ciudad, esperan a que su líder les diga lo que hay que hacer.
El problema es que, en esta ocasión, este también se encuentra confundido.
—Está bien. Está bien —repite Sancho sin cesar ni parar de caminar—. Una sola palabra de esto fuera de aquí y estamos todos bien jodidos. ¿Comprendido?Los demás asienten, aún cabizbajos.
—¿Entendido, Cayetano?
El joven aludido vuelve a asentir.
—Ya no hay vuelta atrás, así que vamos a pensar con calma. ¿Tienes las fotos?
El último de los tres jóvenes que ha salido de la habitación muestra el teléfono móvil que sostiene en su mano derecha. Se llama Beltrán, y su pelo lacio de color negro está peinado con una raya en el lateral izquierdo de su cabeza.
—¿Y Floi?
—En la cama —responde Borja—. Junto a la tía. Está tan ciego que no se ha enterado de nada.
A pesar de la tensión que se respira, este último comentario provoca una sonrisa en los cuatro.
La inquietud por lo que acaba de suceder se libera de muchas formas, y esta es una de ellas.
Los cuatro conocen a Floi. No hay fiesta o sarao de cierto nivel social al que no acuda o sea invitado.
Y aunque no es un mal tío, de un tiempo a esta parte se desmadra demasiado, circunstancia que no ha pasado desapercibida para la prensa sensacionalista que no duda en llenar las portadas de las revistas del corazón con sus salidas de tono nocturnas.
—Hay que sacarlo de ahí y espabilarlo. Llevadlo fuera y que le dé el aire. Luego nos ocupamos de ella.
—Va a ser difícil —le responde Cayetano, en cuya expresión aún se perciben los efectos de la pastilla que se ha tomado unos minutos antes de entrar en la habitación—. No veas lo que se ha metido esta noche.
—Si se entera su madre lo devuelve a Arabia con su abuelo.
De nuevo sonríen los cuatro, aunque ninguno responde a la broma.
—Dejaros de coñas, tío, y haced lo que os he dicho. Como venga alguien estamos jodidos.
Sancho es el único que conoce el motivo por el que Floi se encuentra tan perjudicado.
Un cubata servido media hora antes del suceso, y un ingrediente especial añadido al mismo tienen la culpa.
La misma sustancia que ha echado en la tónica que ha dado de beber a la chica que aún sigue dentro de la habitación.
La diferencia entre ambos, como ha deducido antes, es que con ella no han esperado a que ingiriera toda la bebida.
Pero la muy capulla tenía tantas ganas de salir del reservado y regresar con su amiga que, al comprobar que ya estaba algo indispuesta, no se lo ha pensado dos veces y ha decidido actuar según lo que tenían previsto.
Cuando los otros se marchan llevando a Floi en volandas, él entra en la habitación y la ve desnuda sobre la cama.
Su pelo rubio y engominado no ha perdido la forma rebelde que lucía al llegar a la discoteca.
La palidez de su cara acentúa aún más el tono rojizo que le circunda la garganta; allí donde el bruto de Cayetano ha debido de apretar sin compasión.
Sus ojos abiertos le hacen presagiar que ha sufrido.
La asfixia no debe de ser una de las formas más placenteras de morir, piensa mientras le baja los párpados porque no puede soportar durante más tiempo esa mirada perdida que le hace sentir tan culpable.
Su cuerpo todavía está tibio, aunque sabe que su corazón ya no late.
—No debiste fijarte en mí —le habla con el pensamiento—. Aunque eras la elegida, y no habrías podido escapar a tu destino.
Poco a poco la culpa que siente se va transformando en consuelo, porque sabe que tiene una misión que cumplir, y no puede defraudar a los que dependen de él.
Por ellos, y por el importante objetivo que está por venir es por lo único por lo que siente alivio a pesar de lo que acaba de suceder.
Entonces recuerda la frase que en más de una ocasión ha leído escrita en el despacho que el director de la organización Hazte Ver, a la que él pertenece, tiene en el barrio de Tetuán: «No hay batalla ganada sin inocentes en los ataúdes».