EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra 1
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EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra

EL Rey amenazado: Los peones se mueven en la sombra

Por Raul Sanchez Quintana

© inepub.com

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Son las dos de la madrugada, y el aforo de la discoteca acaba de ser rebasado en varias decenas de personas.

Es lo habitual cada sábado por la noche, aunque para evitar inspecciones y sanciones existe un porcentaje de la taquilla destinado a mantener callados a los responsables municipales de supervisar que este tipo de cosas no sucedan.

Esto, unido a que algunos políticos al mando de la región mantienen una relación especial con el dueño del establecimiento, ocasiona que la normativa se incumpla cada fin de semana sin miedo a que suceda nada.

La música suena con fuerza y los decibelios que emiten los altavoces tienen la potencia suficiente para alcanzar hasta el lugar más recóndito de las instalaciones.

Con más de dos mil metros cuadrados, esta discoteca situada en un polígono industrial al sur de Madrid es una de las más grandes de la capital.

Cientos de personas bailan, saltan, beben y, por qué no decirlo, consumen todo tipo de drogas en su interior.

Mantener una conversación en este lugar resulta una odisea para gargantas y oídos. Pero nadie acude aquí para hablar.

En el exterior, la cola de espera para entrar supera los cincuenta metros. Con algo de suerte, los últimos en acceder podrán pisar el suelo pegajoso de la pista de baile antes de que este mastodonte de la noche cierre sus puertas a eso de las siete de la mañana.

Pero esta historia no comienza fuera, sino dentro; entre el ruido ensordecedor y las luces de colores que proyectan su particular baile allá donde el azar de la música decide transportarlas.

—Tía, ¿no habías quedado aquí con él?

Quien pregunta es una joven morena. Veintidós años. Un metro setenta de estatura dejando aparte los más de siete centímetros de tacón. El vestido de color verde que viste se ciñe a su cuerpo como un guante de látex lo hace con una mano.

—Eso me dijo ayer en la facultad. Que nos veríamos en la discoteca.

La chica que responde es rubia. Pelo corto, engominado y con cierta rebeldía en su forma. Viste falda ajustada de color azul y top ceñido a juego. Una fina torera de color blanco cubre sus hombros. Las dos son amigas.

—¿Y no habéis quedado en ningún sitio? Esto está lleno de gente.

Las dos parecen hormigas anónimas en mitad de una marabunta.

La conversación, como no puede ser de otra forma, se desarrolla gritando a pleno pulmón, con la boca de la una rozando la oreja de la otra.

Nadie viene a un sitio de estos para conversar a no ser que tenga dinero para pagar por un reservado; y en esos lugares, la mayoría de las ocasiones, de lo que se habla es mejor no saberlo.

Mientras tanto, el disc–jockey ha optado por elegir un tema de Bad Bunny.

«Ey, Tití me preguntó

Si tengo muchas novia´

Muchas novia’

Hoy tengo a una, mañana a otra…»

—No. Me dijo que él me buscaría. Que me quedase por aquí.

—Joder. Pues aquí va a ser imposible, tía. Debe de haber más de tres mil personas. Está a tope.

—¿Qué hora es?

—Las dos.

—No puede tardar mucho.

—¿Pero entonces no habéis quedado en un sitio en concreto?

—No. Ya te lo he dicho. Él me buscará.

La morena resopla desesperada al tiempo que baila. Luego da un sorbo al ron con cola que poco a poco se está aguando.

—Su padre es el dueño. Seguro que sabe dónde encontrarme.

—No sé, tía. Estos pijos son unos capullos. Creo que todo era una excusa para que le pasases los apuntes de financiero.

La otra hace como si no hubiera escuchado la última frase de su amiga. Total, tampoco es tan difícil justificar que no ha oído nada. A cambio, le propone algo.

—Vamos hasta allí. Veremos mejor todo y también será más fácil que él me encuentre.

La otra mira hacia una pequeña zona de baile situada a una altura superior con respecto a la gran pista central. Resignada, asiente.

«Me la’ vo’a llevar a to’a

Pa’ un VIP, un VIP, ey

Saluden a Tití

Vamo’ a tirarno’ un selfie…»

Caminar entre la multitud que abarrota la discoteca es tan complicado como avanzar por las tupidas selvas que secundan la ribera del Amazonas. Troncos en movimientos, ramas que giran de aquí para allá y suelo pegajoso y resbaladizo complican el desplazamiento.

Después de empujones y algún que otro pisotón, las dos amigas llegan al lugar previsto y, desde ese punto más elevado, escudriñan su alrededor.

Gran parte del establecimiento palpita ahora bajo sus pies, aunque el ruido ensordecedor y los fogonazos de las luces multicolores y estrambóticas no varían.

Es entonces cuando dos miembros de la seguridad del local se acercan hasta ellas.

—Acompáñeme, por favor —solicita uno de ellos dirigiéndose a la chica de pelo rubio.

Describir a estos dos mastodontes no resulta complicado; para ello solo se necesita visualizar la imagen de un par de armarios empotrados de cuatro metros cuadrados cada uno.

Sus cabezas rapadas cambian de color al ritmo que lo hacen los rayos de luz.

Visten traje oscuro y camisa blanca. En una de sus orejas se observa un intercomunicador.

Ellas miran hacia arriba impresionadas porque los dos tipos han aparecido de entre la nada.

—La están esperando —añade el miembro de seguridad al ver el gesto de turbación que se forma en el rostro de las dos jóvenes.

Pasados unos segundos, las dos amigas entienden lo que está sucediendo y eso las relaja.

—Te dije que me encontraría.

La otra asiente con una risa nerviosa fruto aún del desconcierto y la sorpresa mientras se dispone a seguir a los dos hombres.

—Solo ella —informa el de seguridad—. Usted debe esperar aquí.

—Pero es mi amiga —protesta la rubia.

—Son las instrucciones que tengo, señorita. En la zona VIP hay gente muy importante. El acceso es muy limitado.

Las dos se miran, y hay miradas que dicen más que muchas palabras.

Las buenas amigas se alegran por la suerte de la otra.

—Te espero aquí. En serio. No me importa.

Aunque también, las buenas amigas no se separan.

—No te muevas de aquí. Hablo con él y vienen a buscarte. ¿Vale?

—Pásalo bien y luego me cuentas.

—No te muevas de aquí —grita la otra al tiempo que se aleja escoltada por los dos armarios empotrados.

Que indefensa e insignificante parece una cervatilla entre dos elefantes.

«Hazle caso a tu amiga

Ella tiene razón

Yo vo’a romperte el corazón

Voà romperte el corazón…»