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Después de ver el cuerpo de una persona en estado de putrefacción, hambre no es precisamente lo que siento; aunque cuestión distinta es hacer hueco en el estómago para una cerveza.
Así, tras abandonar el edificio donde he descubierto el cadáver que alguien ha dejado a su espalda, me he dirigido al primer bar que he visto abierto.
Un establecimiento pequeño de los que ya apenas quedan, en los que el dueño sobrevive con los clientes de la zona al tiempo que hace cuentas sobre los pocos meses que le quedan para jubilarse.
Desde aquí, sentado junto a una pequeña mesa que hay al lado de la cristalera que da a la calle, observo la llegada de los coches patrulla de la policía.
He usado el teléfono de la turista inglesa para dar el aviso de lo sucedido.
Todavía es pronto para que las fuerzas de seguridad sepan que estoy sobre el asunto, así que he preferido ceder todo el protagonismo a la guiri y a sus amigas.
Solo Poli está al tanto del caso que llevo entre manos, aunque sé que él no se va a ir de la lengua a menos que sea estrictamente necesario.
Un tercer coche patrulla de la policía acaba de estacionarse frente a la puerta del edificio en cuyo interior se encuentra el cuerpo putrefacto del tipo con el que pretendía hablar.
El atardecer se ha adueñado poco a poco de la ciudad por lo que deduzco que no tardará mucho en saltar el alumbrado público.
La calle es estrecha y no dispone de estacionamientos lo que provoca que los coches patrulla taponen el tráfico y se escuche un aluvión de cláxones.
Como solución, un agente trata de regular el tráfico al inicio de la vía para que los vehículos realicen recorridos alternativos.
Los edificios aledaños, que no cuentan con más de cuatro alturas, se han convertido en hervideros de curiosos que se asoman a las terrazas y ventanas para saber lo que ha sucedido.
Es entonces cuando me imagino a las turistas inglesas intentando dar explicaciones sobre el fuerte olor a cañerías, y sobre lo que realmente estaba podrido en el inmueble.
Seguro que estas no vuelven a España durante un tiempo, pienso a la vez que doy un trago a la cerveza.
El muslo de pollo sobre rebanada de pan que me han puesto de tapa tendrá que esperar; mi estómago aún no está preparado para nada sólido.
Sopeso lo sucedido, mientras observo el espectáculo policial desde el lugar en el que me encuentro, y deduzco que el asesinato del hermano de mi clienta no fue debido a la acción casual de un loco o a un accidente, porque quien haya matado al tipo cuyo cadáver aparecerá en unos minutos dentro de una bolsa de plástico negra es todo un profesional.
Seguramente el mismo que fue capaz de meter una bala en la cabeza de un tipo a trescientos metros de distancia en plena Gran Vía.
Lo he supuesto desde el momento en el que he visto el estado en el que se encontraba el segundo cuerpo, maniatado y con evidentes síntomas de tortura.
Reducir y martirizar a un individuo de esa envergadura no debe resultar fácil ni siquiera cogiéndolo por sorpresa.
Para ello hay que estar preparado, acostumbrado o tener alguna enfermedad mental, porque matar a una persona así es muy complicado, y no solo desde el punto de vista físico, sino también desde el mental.
Por ahora, y hasta donde yo sé, ya van dos compañeros de seguridad asesinados en un breve espacio de tiempo, y en ambos crímenes se han usado formas nada convencionales.
No hay que ser muy listo para pensar que este caso comienza a oler mucho peor que el cuerpo del tipo que ha ocasionado el despliegue de medios que tengo frente a mis ojos.
La policía local se ha hecho definitivamente cargo de la circulación y la científica acaba de llegar; solo falta la comitiva judicial y el furgón de la funeraria.
Las luces azules de los coches patrulla rebotan en las paredes de los edificios e iluminan el interior del bar.
Parece que el barrio estuviera en fiestas.
Estoy seguro de que hace tiempo que esta calle no se ha visto en otra.
Aprovecho que el dueño del negocio está observando los acontecimientos cerca de mi mesa para pedirle otra cerveza.
Solo hay dos clientes más en el establecimiento.
Mientras espero la segunda, valoro las posibilidades que me quedan.
Como es obvio, de esta vía de investigación no voy a obtener nada, al menos por ahora, por tal razón concluyo que solo me queda hacer una visita al piso en el que vivía el hermano de mi clienta.
Quizá, al haber sido asesinado fuera de la vivienda nadie la haya revisado todavía.
Tampoco tengo constancia de que la policía haya solicitado aún un registro al juzgado, así que lo mejor será adelantarme.
Luego, y si de allí no obtengo nada claro, me ocuparé de sondear a los compañeros de los dos asesinados.
Al ritmo que están cayendo, si me descuido mucho no tendré a nadie a quien preguntar.
La segunda cerveza comienza a aliviar los efectos tan desagradables que la imagen del cadáver ha provocado en mi cabeza; cuestión distinta va a ser dejar atrás el olor a podrido que me persigue desde entonces.
Y es que, a pesar de los años de experiencia, y de las decenas de personas que por desgracia he tenido que ver muertas, nunca se acostumbra uno a convivir con experiencias tan desagradables.
Cuando salgo del bar las turistas inglesas aún están en la calle, y el espanto todavía se refleja en sus rostros.
Por fortuna, la situación por la que atraviesan aún las mantiene en un estado de shock y no se fijan en mí cuando paso frente a ellas, y eso que el alumbrado público hace minutos que ilumina la calle que continúa cortada al tráfico.
Cabizbajo, me camuflo entre la multitud de curiosos que se arremolinan alrededor del perímetro de seguridad establecido por la policía, y desaparezco del escenario como una sombra más de las muchas que deambulan por esta gran ciudad.