Capítulo 45
La armadura de la Luna
Ivanna
Las horas previas a la ceremonia en el templo del Consorcio se sintieron como la marcha silenciosa hacia una batalla inevitable, en la suite de la mansión, el ambiente no era el de una boda tradicional, sino el de una fortaleza preparándose para un asedio.
Vincent ingresó temprano a la estancia acompañado por tres ancianas de la manada leal a mi padre, encargadas de vestir a la Luna para el rito sagrado.
Sobre la cama descansaba el atuendo ceremonial: un vestido largo de seda blanca e hilo de plata, pesado y sobrio, diseñado para dejar al descubierto únicamente el hombro derecho, justo donde la marca de Caden permanecía viva, rojiza y brillante.
—Es un honor vestir a la hija del Rey Axel —murmuró una de las ancianas mientras me ajustaba el corsé de plata. Su voz era apenas un susurro cargado de devoción—. Tu sangre no solo lleva la fuerza del linaje, mi Luna... lleva la memoria de los que murieron protegiéndote.
Me miré al espejo. El vestido se moldeaba a mi figura con una elegancia imponente, pero lo que verdaderamente llamaba la atención era la mirada dorada que resplandecía en mi rostro: mi loba ya no estaba dormida ni atemorizada.
Estaba en guardia, sintiendo la pequeña chispa de vida que latía en mi vientre y reaccionando a la tensión que se respiraba en toda la casa, la puerta de la habitación se abrió y Caden entró vestido con la túnica de gala de los Alfas de sangre pura: un traje negro con bordados de hilo de oro en las solapas y el escudo del linaje de mi padre grabado en el pecho.
Las ancianas e inclinaron con respeto y salieron en silencio, dejándonos a solas.
Caden caminó hacia mí sin apartar sus ojos verdes de los míos, cada uno de sus pasos retumbaba en la madera, cuando llegó a mi lado, deslizó una mano por mi cintura y pegó su frente a la mía, inhalando profundamente el aroma a lavanda y la esencia de nuestro vínculo.
—Estás majestuosa, princesa —susurró con una voz rasposa que traía el peso de la responsabilidad—. Pareces la reina que siempre estuviste destinada a ser.
—Tengo miedo, Caden —admití en un suspiro, apoyando las manos en su pecho firme—. No por mí... por el bebé, sé que Floki, Rowan y Linus no van a quedarse de brazos cruzados viendo cómo juramos ante el altar. Caden tomó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas, obligándome a sostenerle la mirada.
—Escúchame bien, Ivanna —dijo con la firmeza implacable de un Alfa en pie de guerra—.
La ceremonia de esta noche no es solo para que los viejos del Consorcio nos den su bendición humana.
Es el ritual ancestral donde la Luna Llena sella a la pareja reinante ante toda la manada, en cuanto derramemos la ofrenda en el altar y el sanador confirme la presencia de nuestro cachorro ante el fuego sagrado, nadie...
ni Rowan, ni Floki, ni diez ejércitos juntos podrán cuestionar tu trono sin desatar la furia de la sangre pura.
Apreté mis puños contra su chaqueta.
—¿Y si intentan atacar durante el ritual?
—Que lo intenten —sentenció Caden con una sonrisa fría y peligrosa que me erizó la piel—. Vincent tiene a cincuenta de nuestros mejores guerreros infiltrados en las galerías del templo, y si Rowan o Floki dan un solo paso en falso, esta noche no solo habrá una boda... habrá un juicio de sangre.
En ese momento, dos golpes secos resonaron en la puerta y Vincent asomó la cabeza.
—Alfa, los carruajes y la escolta blindada están listos, el templo del Consorcio ha abierto sus puertas y la Luna Llena está llegando a su cumbre, es hora.
Caden me ofreció su brazo, y yo lo tomé sin dudarlo, erguí la espalda y levanté la barbilla, ya no era la muchacha asustada que intentaba escapar de su destino; era la Luna de la manada, la esposa de Caden y la madre del futuro heredero del Rey Lobo.
—Vamos —dije con voz clara—. Hagamos que se traguen sus amenazas.