Capítulo 42
Huida en la penumbra
Ivanna
El regreso al rancho desde el hotel fue un viaje frenético a través de la carretera nocturna.
Caden manejaba con la mandíbula apretada y la mirada fija en el asfalto, mientras el motor de la camioneta rugía cortando la distancia en tiempo récord.
En cuanto nos estacionamos frente a la casa principal, irrumpimos en la sala sin apenas tiempo para respirar.
Doris salió al recibidor con expresión preocupada al escucharnos entrar de forma tan abrupta.
—Caden... ¿qué pasó? —preguntó Doris, arrugando el entrecejo.
Caden no se detuvo ni un segundo. La tomó brevemente de los hombros y le habló con la voz fría y tajante de un Alfa en estado de alerta máxima:
—Nos han encontrado. Me tengo que llevar a Ivanna ahora mismo, ustedes estarán seguros sin mí aquí por favor dile a Dilan que se encargue de todo el rancho...
Volveré cuando todo esto haya terminado.
Doris ahogó un grito con las manos sobre la boca, pero asintió con rapidez, sabiendo que discutir en un momento así era inútil, salí corriendo hacia las escaleras, agarré la maleta que aún estaba medio empacada y bajé a trompicones.
Caden me esperaba junto a la puerta principal con las llaves en la mano.
—Vámonos —ordenó—. Tengo una avioneta lista al final del pueblo.
—Pero... —lo miré con los ojos abiertos de par en par mientras subíamos de nuevo a la camioneta—, ¿sabes volar?
Caden soltó una risa seca, irónica y sin un ápice de gracia mientras encendía el motor.
—Pues claro, princesa si no fuese así, no tendría una avioneta.
¡Maldición! pensé que aquí no nos encontrarían tan rápido...
seguramente Linus ya descubrió quién te marcó.
Me ha seguido el rastro desde la muerte de mi padre.
Hizo rechinar las llantas sobre la tierra al salir a toda velocidad hacia la pista de aterrizaje privada en las afueras.
—Tengo entendido que Linus ya le pasó el liderazgo a Rowan —continuó Caden, masticando cada palabra con rabia—, un infeliz que nunca ha conseguido una Luna de sangre pura, el simple hecho de saber que estás embarazada de otro Alfa lo va a enfurecer hasta la locura así que vamos a ir a tres lugares distintos para que pierdan nuestro rastro por completo antes de la unión ante el Consorcio.
Prepárate: lleva solo lo más indispensable.
Lo que necesites y se pueda comprar allá, simplemente no lo lleves.
—Entendido —asentí, sintiendo cómo el estómago se me apretaba en un nudo mientras la realidad de la persecución nos caía encima.
Antes de cruzar el umbral hacia la camioneta, Doris corrió hacia mí, me apretó las manos con fuerza y me susurró con lágrimas en los ojos:
—Suerte, mi niña... Cuídalo mucho.
—Lo haré, Doris —le prometí en un susurro antes de subir al vehículo y seguir a Caden hacia la penumbra del cielo.
Llegamos a Nueva York cuatro días después. Durante las jornadas anteriores habíamos hecho escala en otras dos ciudades, cambiando de ruta y de vehículo para despistar a cualquiera que estuviera siguiendo nuestro rastro, pero el momento inevitable había llegado.
Apenas pusimos un pie en la terminal del aeropuerto, la tensión en los hombros de Caden se volvió de piedra dos hombres de hombros anchos y mirada fija comenzaron a seguirnos a una distancia prudente. Olían extraño: un tufo rancio a tierra mojada y agresión reprimida.
—Nos están siguiendo —me susurró Caden al oído, pasándome un brazo protector por la cintura—. Ya saben que llegamos, pero no te preocupes, mi manada está aquí.
—¿Tu manada? —lo miré confundida mientras avanzábamos entre la multitud—. Creí que estabas solo, que no teníamos manada.
Caden soltó una risa baja.
—Claro que la tenemos, princesa. Tu padre construyó todo un reino bajo las sombras; por algo era el Rey Lobo. Pese a todo lo que intentó Linus para destruirlo, siempre hubo súbditos leales dispuestos a morir por tu padre.
Saco un celular del bolsillo y marcó sin detener el paso.
—Vincent, estamos en el aeropuerto. Y hay basura cerca.
Tomamos la cinta acelerada hacia la salida.
Yo sentía que el corazón me martillaba el pecho por el miedo, pero Caden caminaba con una calma impecable y peligrosa.
Al cruzar las puertas de cristal hacia la zona de vehículos, tres hombres vestidos con trajes oscuros impecables nos rodearon de inmediato.
—Bienvenido, Alfa —dijo el que iba al frente, inclinando levemente la cabeza con respeto profundo.
Caden asintió con gravedad.
—Ella es mi Luna, y la reina de la manada. Necesito que esté en la casa con seguridad máxima las veinticuatro horas.
—Entendido, Alfa.
Nos subimos a una camioneta todoterreno negra con cristales blindados.
El vehículo avanzó a través del tráfico neoyorquino hasta dejar atrás los rascacielos y adentrarse en una zona residencial exclusiva a las afueras de la ciudad.
Se detuvo frente a una majestuosa mansión rodeada de vegetación, en cuanto bajamos, el ambiente me golpeó de lleno: el aire olía a una comunidad entera de lobos.
Entramos al vestíbulo principal y, de la nada, una mujer lobo alta, de cabello oscuro y figura voluptuosa se acercó a Caden con una sonrisa provocativa y un contoneo descarado.
—Alfa... qué bueno que llegó —dijo con voz melodiosa, ignorando por completo mi presencia—. Le he preparado su habitación personal, justo como a usted le gusta, si necesita cualquier otra cosa, puede llamarme a la hora que sea... estoy para servirle…
La sangre me hirvió en las venas en un segundo, Caden la miró de arriba abajo con una frialdad glacial antes de que la mujer pudiera dar un paso más.
—Deja de decir idioteces, Mildred —sentenció Caden con voz de Alfa, haciendo retumbar las paredes del vestíbulo—.
Eres una irreverente, que no te das cuenta de que ahora estoy casado, estás enfrente de mi Luna.
Ella es la única mujer para mí; lleva a mi cachorro en su vientre, y eso es sagrado en esta manada.
El rostro de Mildred se desfiguró de vergüenza y rabia, dio un paso atrás, tragándose sus palabras mientras bajaba la cabeza, subimos las escaleras hacia el piso superior.
En cuanto la puerta de la suite se cerró tras de nosotros y quedamos a solas, me giré hacia Caden echando chispas por los ojos.
—¿Y esa quién se cree que es? —lo encaré con los puños apretados—. ¡No que no tenías a nadie más que a mí! En cada lugar al que vamos aparece alguna arrastrada insinuándose.
Caden carraspeó, acomodándose el saco con una soltura que solo consiguió enfurecerme más.
—¿Y qué esperabas, princesa? A poco creías que era un monje antes de volver a verte, ni siquiera estaba seguro de que fueras a gustarme cuando tu padre pactó todo, le puse una cara de furia absoluta, sintiendo cómo mi loba arañaba por salir a marcar territorio.
Caden soltó una risita baja, se acercó a mí y me susurró al oído con una dulzura posesiva:
—Pero eso ha cambiado, nena... Ahora eres la única en mi vida, ya te lo dije antes.
Solo recuerda algo muy importante: aquí soy el Alfa, y no puedo demostrar debilidad ante ellos...
ni siquiera por ti. ¿Estás de acuerdo? Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo el fuego de mi propio linaje Alfa despertando en mi pecho.
—Pues yo te voy a decir algo, Caden: me importa un bledo que seas el Alfa, para mí eres mi compañero, y yo te hablaré como me dé la regalada gana.
Y si eso incluye apartarte unas cuantas moscas de encima... lo haré, sin darle tiempo a responder, me di media vuelta, levanté la barbilla con orgullo y caminé con paso firme hacia el gran ventanal de la habitación, dejándolo atrás con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro.