Capítulo 41
La luna de miel e intrusos en la sombra
Ivanna
El hotel boutique que Caden había reservado en las afueras de la ciudad era un refugio de paz.
Rodeado de enormes ventanales con vistas a las colinas e iluminado por luces cálidas, parecía el lugar perfecto para olvidar, aunque fuera por tres días, la sombra del Consorcio de Alfas que se cernía sobre nosotros en cuanto la puerta de la suite se cerró a nuestras espaldas, la tensión acumulada de los últimos días se disolvió por completo.
Caden no perdió el tiempo: me tomó de la cintura, me pegó a su pecho y me devoró los labios con una pasión que me hizo olvidar hasta mi propio nombre. La luna de miel comenzó entre sábanas de seda, susurros al oído y caricias hambrientas que encendieron de nuevo el fuego de nuestro vínculo.
Para la segunda noche, el agotamiento dulce nos tenía flotando en una burbuja de felicidad. Estábamos recostados en la amplia cama, envueltos en la penumbra del cuarto, con mi cabeza apoyada en su pecho mientras él acariciaba pausadamente mi cabello y mi vientre. De pronto, Caden se congeló.
Su cuerpo se tensó de golpe bajo el mío, volviéndose duro como la piedra. El pulso firme y constante de su corazón aceleró su ritmo a una cadencia de caza.
—Caden... ¿qué pasa? —susurré, intentando incorporarme.
—Shh... Quédate quieta —me ordenó en un murmullo grave que me erizó la piel.
Sus ojos, en medio de la oscuridad de la habitación, comenzaron a brillar con ese dorado feroz y predador. Caden volvió el rostro hacia el gran balcón de la suite, cuyas cortinas de lino transparente se mecían levemente con la brisa de la noche.
Un segundo después, lo olí yo también. A través del aroma a sándalo de Caden y el dulce rastro de mi propio celo que aún impregnaba mi piel, se filtró un olor ajeno y penetrante: pino podrido, sudor y el rastro inconfundible de un lobo vagabundo.
Un lobo que no pertenecía a nuestra manada y que había detectado la esencia de una Luna de sangre pura en pleno estado de gestación.
Un gruñido rasposo y gutural retumbó desde lo más profundo del tórax de Caden. Un destello de sombra se cruzó al otro lado del cristal del balcón. Alguien nos estaba espiando desde la terraza contigua.
—¡Maldita sea! —rugió Caden.
Se quitó las cobijas de encima en una fracción de segundo y, impulsado por la fuerza sobrehumana de su Alfa, atravesó la habitación. De un golpe seco destrozó el seguro de la puerta del balcón y saltó hacia la penumbra de la noche tras el intruso.
—¡Caden! —grité, cubriéndome rápidamente con una bata y corriendo hacia el ventanal.
Escuché el crujido de ramas rotas, un aullido sofocado de sorpresa y el sonido de una persecución feroz entre las sombras del jardín del hotel.
Caden perseguía a la bestia con la furia de quien protege su bien más sagrado, pero el intruso, sabiéndose descubierto y sobrepasado en poder, no buscó pelea: saltó la verja perimetral y se perdió a toda velocidad en el denso bosque que rodeaba la propiedad, minutos después, Caden regresó al balcón.
Venía a torso desnudo, despeinado, con los pectorales subiendo y bajando frenéticamente por el esfuerzo y las pupilas consumidas por el fuego dorado.
—Se escapó... —escupió con rabia, golpeando con el puño la estructura de madera del balcón—. Era un rastreador. Olió tu sangre y el hedor de nuestro vínculo a kilómetros.
Caden entró a la habitación a pasos agigantados, encendió las luces y comenzó a vestirse con una prisa violenta, tomándome de las manos con una firmeza que denotaba una urgencia absoluta.
—Recoge todo, Ivanna lo lamento, sé que la luna de miel era importante para ti, pero nos vamos ahora mismo.
—¿Ahorita? Pero... ¿quién era? ¿Linus? ¿Rowen?
—No lo sé, pero ya saben que estás conmigo y que estás marcada —dijo, mirándome a los ojos con una seriedad que me heló la sangre—.
El olor de una Luna encinta es una carnada demasiado grande para el Consorcio.
Nos han descubierto, princesa... La tregua se terminó.
Tenemos que regresar al rancho y prepararnos antes de que vengan por ti.