El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 40
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Capítulo 40

La fiesta en el rancho y el legado de papá

Ivanna

Al llegar al rancho tras la ceremonia civil, me llevé una enorme sorpresa: los chicos habían organizado una fiesta improvisada en el patio central. Aunque yo no conocía a casi nadie del pueblo, la calidez del ambiente se sentía de inmediato.

Stephany lucía un vestido hermoso mientras caminaba sonriente del brazo de Lance; Dilan y Doris se habían puesto sus mejores galas de domingo, al igual que los demás trabajadores.

Al fondo, cerca de la barra improvisada, Peter disfrutaba de una cerveza helada al lado de una mujer rubia que, según me enteré después, había conocido en el bar apenas un día antes.

Y para mi asombro absoluto, ¡el grupo country del pueblo estaba tocando en vivo justo en el pórtico de la casa! Caden se acercó por detrás, me rodeó la cintura con sus brazos y me preguntó al oído con cierta incertidumbre:

—Espero que no te parezca demasiado sencillo, princesa...

—¡Nooo! —le respondí girándome hacia él con los ojos brillantes de emoción—. Es perfecto.

—Recuerda que la ceremonia de la Luna no será con amigos... estará llena de política, tensiones y enemigos —comentó con la mirada fija en nuestra gente—. Por eso decidí festejar con ellos antes.

—Gracias, Caden... de verdad.

Durante las horas siguientes, la fiesta fue un torbellino de risas, comida deliciosa y baile.

Conocí a personas extremadamente agradables del pueblo que no dejaban de felicitarme.

Incluso el sacerdote del lugar se me acercó con amabilidad, me sonrió y me dijo que era bienvenida a ir a misa cuando quisiera con los demás vecinos.

Luego, inclinándose un poco y bajando la voz en tono cómplice, agregó:

—Sé que ustedes son... distintos, Ivanna. Pero Caden nos ha ayudado mucho a todos por aquí. Es un hombre bueno y todos en el pueblo lo quieren sinceramente.

—Muchas gracias, padre —le respondí con el corazón tibio por sus palabras.

Después de muchas horas de bailar country, reír con Stephany y Doris y disfrutar de la música, Caden me tocó suavemente la cintura y me atrajo hacia la sombra del porche, alejado del bullicio.

—Princesa, te tengo una sorpresa —susurró con una mirada misteriosa.

—¿Qué es? —pregunté con curiosidad.

Metió la mano en el bolsillo interior de su traje y sacó un sobre de papel algo desgastado.

Al tomarlo en mis manos y ver la caligrafía del destinatario, el aliento se me cortó de golpe: reconocí de inmediato la letra de mi padre. Con dedos temblorosos, lo abrí y comencé a leer en silencio:

«Hija:

Sé que tu vida ha sido difícil, pero sé que si estás leyendo esta carta es porque Caden ha cumplido su palabra y se ha convertido en tu compañero.

Te preguntarás por qué te puse en el problema de prometerte en matrimonio a un desconocido, pero te diré un secreto: lo preparé para ti, precisamente para que fuera tu compañero. Era un acuerdo desde antes que su padre muriera. Él te ha cuidado desde que eras una niña.

Es un buen hombre, pero ha sufrido mucho; fue muy difícil para él tener que dejar todo lo que conocía con la muerte de su padre.

Él es mi heredero, un Alfa de sangre pura, pero necesita de ti. Necesita de tu luz para poder liderar. Es tu otra mitad; apóyalo.

Sé que no me defraudará, porque le entregué mi más grande tesoro, que eres tú. Me hubiera encantado ver a tus cachorros, mi sangre, pero sé que serán perfectos.

Te espera una lucha que cumplir a partir de ahora cuando todo se sepa. Cuídate mucho, y recuerda que siempre traté de protegerte.»

Una lágrima solitaria corrió por mi mejilla, cargada de una mezcla amarga y dulce de nostalgia y revelación.

Todo este tiempo, mi padre había estado moviendo los hilos para asegurarme un refugio y un Alfa digno de proteger mi sangre.

Caden se acercó por detrás y me abrazó con infinita ternura, rodeándome con sus brazos fuertes y apoyando su barbilla en mi hombro.

—Basta de lágrimas, mi Luna... que empieza nuestra luna de miel —me susurró al oído con una sonrisa pícara y la voz llena de promesa—. He reservado un hotel por tres días y es hora de irnos.

Le sonreí de nuevo, limpiándome la lágrima con el dorso de la mano mientras apretaba la carta contra mi pecho.

—Sí... vámonos —asentí, lista para escapar con mi Alfa antes de que la gran tormenta del Consorcio nos alcanzara.