Capítulo 39
La sombra del consejo
Ivanna
Durante una semana todo pareció el paraíso, la vida en el rancho fluía con una calidez que jamás había experimentado; la marca en mi cuello se sentía como un abrazo constante y la cercanía de Caden me llenaba el pecho de una paz absoluta.
Pero como todo en la vida, la felicidad parecía tener una fecha de caducidad.
Un día me encontraba en la cocina junto a Doris, entre el aroma del guisado y el tintineo de las ollas, ayudándole a preparar la comida para los chicos.
De pronto, escuché los pasos firmes de Caden entrando a la estancia.
Se acercó a mí, me tomó suavemente del brazo y pronunció con voz grave aquella frase que todo el mundo odia:
—Tenemos que hablar...
La gravedad en su rostro me hizo dar un vuelco en el corazón.
—Sí... vamos —le respondí, secándome las manos en el delantal.
Nos dirigimos a su despacho en silencio. En cuanto cruzamos el umbral y cerró la puerta de madera tras de nosotros, lo encaré de inmediato, sintiendo una punzada de angustia en el estómago.
—¿Qué ocurre, Caden?
Él se apoyó contra el borde de su gran escritorio de roble, cruzando los brazos sobre el pecho y mirándome con una mezcla de seriedad y solemnidad.
—Es que ahora que nuestro vínculo ya es un hecho, debemos hacerlo formal —explicó con voz pausada—.
Como sabes, el consejo de Alfas espera que mi Luna sea mi esposa legal también, porque eres la reina de la manada.
El problema es que a ti nadie te conoce todavía; tengo que presentarte oficialmente ante ellos.
Y en cuanto lo haga, nuestros enemigos van a aparecer...
Linus, Rowen, todos. Debemos estar preparados.
Por lo pronto, he decidido que debemos casarnos en la ceremonia de la Luna frente al consorcio.
El próximo mes viajaremos y para ese momento ya debemos ser una pareja sólida... es decir, debemos haber engendrado a un cachorro.
—¿¡QUÉ!? —pregunté, dando un paso atrás, completamente confusa y abrumada por la magnitud de sus palabras—. Pero... soy muy joven...
Caden soltó una carcajada limpia que resonó en el despacho, aunque sus ojos verdes no perdieron esa chispa dorada y dominante.
—Ivanna, si no querías que pasara algo así, debiste tomar precauciones. ¿Lo hiciste?
—¡Nooo! —protesté con el rostro encendido de vergüenza—. Es que yo creí que...
—Pues yo no tomé ninguna precaución —me interrumpió con una sonrisa descarada— y te aseguro que todo funciona perfectamente en mi cuerpo, de hecho, ¿para qué crees tú que existe el celo en las lobas? Pues exactamente para eso. Así que te lo preguntaré directamente: ¿has tenido tu periodo?
Me quedé helada, un nudo en la garganta me impidió hablar por un segundo mientras hacía cuentas mentales a toda prisa.
—No...debió ocurrir hace unos días, pero no ha pasado. —susurré, sintiendo cómo el rubor me cubría desde el cuello hasta las orejas.
Caden se puso de pie, dio dos pasos hacia mí y me acarició la mejilla con el pulgar.
—Entonces debemos acudir al médico, cámbiate, que iremos al pueblo de inmediato.
Asentí en silencio, profundamente pensativa, caminé hacia la habitación sintiendo que el suelo se movía bajo mis botas.
Una ola de emociones encontradas me sacudió el alma: la abrumadora certeza de que una vida podía estar creciendo en mi vientre en este preciso instante... y yo ni siquiera lo había considerado.
Pero en unas cuantas horas, en el consultorio del médico, por fin saldríamos de dudas.
El trayecto hacia la consulta fue un torbellino de pensamientos en mi cabeza.
Caden conducía con una tranquilidad absoluta, sujetando mi mano sobre el asiento con una presión constante que intentaba calmar mi temblor interno.
Al llegar a la clínica del pueblo, el aroma a antiséptico y el silencio de la sala de espera solo consiguieron ponerme más nerviosa.
El doctor Johnson, un hombre veterano de cabello cano que conocía a la familia de Caden desde hacía décadas, nos hizo pasar a su consultorio con una sonrisa amable que pronto se convirtió en una mirada inquisitiva al ver la forma en que Caden me rodeaba la cintura.
—Vaya, Caden... Hace tiempo que no te veía por aquí —dijo el médico, ajustándose los lentes mientras abría un Expediente Clínico—. ¿En qué les puedo ayudar hoy?
—Queremos confirmar algo, doctor —respondió Caden, apoyando las manos en el respaldo de mi silla—. Creemos que Ivanna puede estar esperando un hijo.
El doctor Johnson enarcó una ceja, tomó su bolígrafo y comenzó con el interrogatorio de rutina, mirándome directamente a mí sobre la montura de sus gafas.
—Entiendo. A ver, Ivanna... ¿cuándo fue tu última menstruación?
Sentí que la cara me ardía y la boca se me quedaba seca, intenté formular una respuesta, pero antes de que pudiera articular palabra, Caden se adelantó con un descaro absoluto.
—Tiene un retraso de casi dos semanas, doctor. Además, acaba de pasar por su primer celo de loba.
El doctor Johnson carraspeó, algo incómodo por la naturalidad con la que Caden daba los detalles, pero continuó anotando.
—Bien... Y dígame, Ivanna, ¿han tenido relaciones sexuales sin protección durante sus días fértiles?
—Doctor, estuvimos encerrados cinco días seguidos en la casa —interrumpió Caden con una sonrisa socarrona dibujada en los labios, disfrutando enormemente de mi vergüenza—. Le aseguro que no usamos ningún tipo de protección y que lo hicimos bastantes veces al día. Mi semilla está dentro de ella.
—¡Caden! —exclamé en un murmullo ahogado, clavándole un pellizco en el brazo mientras deseaba que la tierra me tragara ahí mismo.
El doctor Johnson suspiró con resignación, acostumbrado al carácter dominante del Alfa, y se puso de pie.
—De acuerdo... Pasemos a la sala de exámenes para hacer una ecografía y una prueba de sangre rápida. Así saldremos de dudas de una vez.
El procedimiento se sintió eterno, me acosté en la camilla mientras el médico aplicaba el gel frío sobre mi vientre bajo.
Caden se colocó justo a mi lado, tomándome la mano con fuerza; su sonrisa burlesca había desaparecido por completo, sustituida por una mirada fija en la pantalla del ecógrafo, cargada de una expectación febril.
El doctor movió el aparato del ultrasonido en silencio durante varios segundos, de pronto, un sonido rítmico, rápido y acelerado comenzó a resonar en la pequeña habitación.
Thump-thump-thump-thump.
—Ahí está —anunció el doctor Johnson, señalando un pequeño punto blanco en medio de la imagen grisácea—. Felicidades, creo que se han dado cuenta que el embarazo es un hecho, tiene aproximadamente tres semanas y el corazón se escucha fuerte y sano.
Un vuelco violento me sacudió el pecho, me quedé helada mirando la pantalla, incapaz de asimilar que esa diminuta mancha fuera una vida creciendo dentro de mí.
Antes de que pudiera reaccionar, Caden soltó un gruñido bajo de satisfacción, se inclinó sobre la camilla y me tomó en brazos sin importarle la presencia del médico.
Me levantó en vilo contra su pecho, pegando su frente a la mía mientras sus ojos resplandecían con un dorado deslumbrante.
—Te lo dije, princesa... —susurró con la voz enronquecida por la emoción y la posesividad, besándome los labios con furia—. Ahora es un hecho, tienes a mi cachorro en tu vientre y llevas mi marca en el cuello, así que resígnate porque no podrás escapar de mí nunca, aunque lo intentes.
Apreté mis brazos alrededor de su cuello, sintiendo cómo el miedo a lo desconocido se disolvía lentamente ante el latido de la pequeña vida que acababa de cambiar nuestro destino para siempre.
Caden tomó el vehículo aún con la adrenalina a tope por la confirmación del médico y manejó con velocidad por las calles del pueblo.
Sin embargo, antes de tomar la carretera principal, dobló abruptamente en una esquina y se detuvo justo frente al edificio del ayuntamiento.
—¿A dónde vamos? —preguntó Ivanna, frunciendo el ceño mientras miraba la fachada de piedra.
—A sacar la licencia matrimonial princesa nos casamos en 3 días. —respondió él sin dudarlo un solo segundo.
Se bajó de la camioneta a pasos agigantados, entró al ayuntamiento y solicitó los documentos necesarios para hacer oficial su unión.
En cuestión de minutos estuvo de vuelta, guardando el papel firmado con una sonrisa de satisfacción. Puso en marcha el motor y manejó rumbo al rancho, atravesando el camino de tierra bajo el radiante sol del desértico paisaje.
En cuanto se estacionó en el patio central de la propiedad, la voz de Dilan resonó desde el porche. El capataz venía caminando con una cuerda en la mano y una amplia sonrisa.
—¡Hey, chico! ¿Cómo te fue? ¿Qué novedades hay en el pueblo? —le preguntó, apoyándose en la portezuela de la camioneta.
Caden descendió del vehículo, rodeó la parte delantera y le abrió la puerta a Ivanna, sujetándola con delicadeza por la cintura.
—Pues la novedad es... que Ivanna está embarazada.
Un enorme grito de júbilo salió de la garganta de Dilan el capataz dio un brinco de la emoción y se giró hacia la casa a toda voz:
—¡Doris! ¡Ven aquí! ¡La niña está embarazada, tendremos a un pequeño corriendo por aquí pronto!
El alboroto fue inmediato, Lance y Peter salieron atropelladamente por la puerta principal al escuchar las voces y corrieron emocionados hacia ellos para felicitar a Caden, dándole palmaditas en la espalda.
Luego, ambos se acercaron a felicitar y abrazar a Ivanna.
Lance lo hizo de manera muy respetuosa, dándole un suave apretón y una sonrisa sincera.
Sin embargo, Peter, llevado por la emoción del momento, se inclinó e intentó besar directamente el vientre de Ivanna.
No alcanzó ni a rozar la tela de su ropa. Antes de que Peter pudiera terminar el movimiento, Caden reaccionó con la velocidad de un depredador y le propinó un empujón seco en el pecho que lo mandó a volar un par de metros hasta terminar rodando por el suelo.
—Amigo... más te vale que no termines de hacer lo que pretendías si quieres seguir trabajando aquí —advirtió Caden con los ojos destellando en un peligroso tono dorado y un gruñido rasposo retumbándole en el tórax.
—¡Jajajaja! —Las carcajadas de Lance y Dilan se escucharon por todo el rancho mientras Peter se levantaba del polvo sacudiéndose los pantalones con una mueca de espanto.
Doris, que acababa de salir corriendo de la cocina secándose las manos en el delantal, miró la escena y soltó una risita:
—Miren, el chico está celoso. ¡Qué lindo!
—¿Celoso? ¿yo? —repitió Caden, acomodándose la chaqueta con la mandíbula apretada sin quitarle la mirada de encima a Peter—.
No se olviden de mi naturaleza, no vaya a ser que un día de estos se me olvide que son mis amigos.
Por cierto, prepárense porque nos casamos en 3 días en el ayuntamiento del pueblo, acabo de sacar la Licencia de Matrimonio
Las tres semanas previas al viaje con el consorcio parecían un sueño lejano frente al ajetreo de esa mañana. Aunque ambas sabíamos que esta boda civil solo era un requisito para el mundo humano y no la auténtica ceremonia sagrada de la Luna, decidí disfrutar cada segundo de la ilusión.
Caden me despertó con un beso intenso que me robó el aliento antes de que pudiera abrir bien los ojos. Sin embargo, lo empujé suavemente del pecho con una sonrisa divertida.
—Caden, no puedes besarme hoy —le advertí—. Es de mala suerte ver a la novia antes de la boda.
Caden soltó una carcajada limpia y profunda que retumbó en la habitación.
—¿Mala suerte? Pero si ya te he visto, te he sentido, te he olido... te he marcado.
—Deja eso, sé un buen novio por una vez y sal de aquí —le supliqué entre risas—. Dile a Doris que venga, necesito su ayuda.
Dos días antes, Doris y yo habíamos recorrido casi todas las tiendas del pueblo buscando el atuendo adecuado.
Tras muchas horas de búsqueda, encontramos un hermoso vestido blanco que se acentuaba a mi figura y dejaba entrever de forma sutil el leve cambio en mi cuerpo; tenía pequeñas piedras Swarovski que brillaban bajo la luz como si fueran diamantes.
Para rematar, Doris le había llamado a su amiga Ruth rogándole un peinado urgente, y la mujer prometió estar temprano en el rancho. En cuanto Caden salió del cuarto refunfuñando, Doris entró como un huracán dando instrucciones a diestra y siniestra.
—¡Niña, apúrate! Báñate de una vez, tenemos mucho trabajo que hacer. ¡No debió dormir contigo anoche, pero qué hombre más testarudo! Ahora tenemos solo dos horas para hacerte aún más bella de lo que ya eres. ¡Ruth, pasa!
Su amiga entró a la habitación cargando maletines llenos de tubos, secadoras y carretes eléctricos que comenzó a conectar de inmediato.
Me duché a toda prisa y me puse el vestido, que me quedaba como un guante perfecto, al verme, Doris y Ruth suspiraron al mismo tiempo antes de sentarme frente al espejo para cepillar mi cabello, peinarme y maquillarme, media hora antes del enlace, un par de golpes sonoros retumbaron en la puerta de la habitación.
Detrás de la madera, la voz impaciente de Caden resonó en el pasillo:
—¡Apúrate, princesa, o llegaremos tarde!
—¡Ya casi! —le respondí alzando la voz.
Caminé hacia la salida, pero justo antes de abrir, Doris me tomó del brazo.
—¡Espera, tu ramo! —exclamó emocionado, entregándome un delicado ramillete de flores blancas—. Pensé que una novia siempre necesita llevar flores.
—Son hermosas, Doris, gracias —dije dándole un beso en la mejilla.
—¡Vamos, ya! —nos apuró.
Bajamos las escaleras rápidamente. Justo al llegar a la planta baja, Caden estaba esperándome al pie de los escalones, luciendo un traje impecable.
Sentí cómo su mirada conectó de inmediato con la mía, recorriéndome lentamente mientras bajaba los últimos peldaños con el corazón martillándome el pecho, con una sonrisa que le iluminó el rostro, se acercó, me tomó firmemente de la cintura y me besó los labios antes de susurrarme al oído:
—Eres hermosa, princesa... La mujer más bella que he conocido.
—¡Ay, ¡qué romántico! —suspiraron Doris y Ruth al unísono a nuestras espaldas.
En ese instante, Dilan apareció por la puerta principal gritando desde el porche:
—¡Si no salimos ahora, llegaremos tarde!
Todos nos subimos a la camioneta a toda prisa. En menos de quince minutos estábamos cruzando las puertas del City Hall del pueblo. Nos acomodamos frente al juez y, tras una breve y emotiva ceremonia civil, el oficiante pronunció las palabras esperadas:
—Los declaro legalmente marido y mujer... Puede besar a la novia.
Para mi sorpresa, Caden no se limitó a un beso formal.
Me alzó de golpe en brazos, pegándome a su pecho frente al juez y nuestros acompañantes, envolviéndome en un beso apasionado y posesivo que nos dejó a ambos sin aliento mientras los aplausos de Dilan, Doris, Lance y Peter resonaban en todo el recinto.