Capítulo 38
La calma tras la tempestad
Caden
Los cinco días transcurrieron en un borrón salvaje y frenético de puro instinto, sencillamente no pudimos contenernos.
Lo hicimos en la ducha con el agua corriendo sobre nuestras pieles, en la gran cama de la habitación, en los peldaños de las escaleras e incluso sobre la barra de la cocina, mi lobo estaba desatado, obsesionado con marcarla y dejar su esencia en cada rincón de la casa; cada vez que intentaba detenerme un momento para tomar aire o darle un respiro, la bestia rugía en mi interior exigiendo regresar a nuestra compañera.
Sin que apenas nos percatáramos, el quinto día llegó a su fin.
Mañana por la mañana regresarían Dilan, Doris y los muchachos de sus vacaciones forzadas, había tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos durante las mañanas para salir a cumplir al menos con las tareas mínimas e indispensables del rancho por mi cuenta.
Y es que la loba de Ivanna resultó ser asombrosamente intensa, reclamando mi presencia a cada hora y no dejándome descansar ni para recobrar el aliento. Pero por fin, esa última noche, la tormenta de su primer celo comenzó a amainar.
El cuerpo de Ivanna estaba visiblemente más tranquilo, relajado y exhausto.
El calor abrasador que impregnaba la habitación cedió paso a una tibieza acogedora, y su respiración se volvió profunda, pausada y constante sobre mi pecho, la miré en la penumbra de la habitación, acariciando con la yema de los dedos la marca ya cicatrizada en su cuello.
Su loba dormía plácidamente en su interior, satisfecha y eternamente vinculada a la mía.
Sonreí con cansancio y orgullo, sintiendo cómo el ritmo de sus latidos se acoplaba a la perfección con los míos.
El aislamiento había terminado y la rutina del rancho regresaría al día siguiente, pero nada en nuestras vidas volvería a ser igual: mi Luna estaba iniciada, marcada y completamente a mi lado.
Al siguiente día el rugido de varios motores interrumpió el silencio de la mañana justo cuando terminaba de abotonarme la camisa en la sala.
Ivanna bajaba las escaleras detrás de mí, vistiendo uno de mis suéteres holgados que apenas lograba disimular la prominente marca roja y morada que lució en su cuello durante toda la semana.
La puerta principal se abrió de par en par y Doris, Dilan, Lance, Stephany y Peter entraron cargados de maletas y cajas de recuerdos, trayendo consigo el bullicio habitual en cuanto pisaron el recibidor, todos se congelaron en seco.
Dilan fue el primero en arrugar la nariz, soltando un silbido bajo mientras miraba hacia el techo.
El olor a celo, sándalo y miel que aún impregnaba cada rincón de la madera era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
—¡Por los dioses! —exclamó Lance, tapándose la nariz con dramatismo antes de soltar una carcajada estridente—. ¡jefe! Les dimos cinco días, no un año entero. ¡Huele a que no salieron de esta casa ni para tomar aire!
—¿Ni para tomar aire? —se burló Peter, dejando caer su equipaje al suelo mientras señalaba directamente a Ivanna—. ¡Miren ese cuello! Si esa marca hablara, diría que el patrón no la dejó respirar desde el martes. ¡Qué salvaje saliste, Caden!
Ivanna se puso roja como un tomate, subiéndose el cuello del suéter hasta la barbilla mientras intentaba esconderse detrás de mi espalda. Stephany, que venía del brazo de Lance, le dio un codazo a su novio y miró a Ivanna con una sonrisa llena de complicidad picante.
—Ay, por favor, déjenla en paz —dijo Stephany guiñándole un ojo a mi Luna—.
Aunque debo admitir, jefa, que te ves con un brillo...
digamos que el tratamiento de calor del patrón te asentó de maravilla.
Espero que te hayan quedado fuerzas para caminar, porque Lance no aguanto ni un solo día entero, pero no dejó de presumir que Caden era un Alfa y aguantaría el ritmo.
—¡Oye! Claro que aguante cinco días enteros…—protestó Lance entre risas—. ¡Yo solo dije que el celo de una loba destruye a cualquiera! Pero veo que el jefe sigue en pie... aunque con unas ojeras que les llegan a los tobillos.
Doris avanzó hacia la cocina negando con la cabeza, aunque con una sonrisa maternal imposible de ocultar. Miró los trastes limpios pero desordenados sobre la barra y luego nos miró a ambos.
—Bueno, bueno, ya estuvo suave de comentarios —reprendió Doris con tono jocoso—, aunque no me extraña nada que las escaleras estén crujiendo más de lo normal.
Solo espero que hayan dejado algo de comida en la despensa, porque si el patrón quemó tantas calorías como me imagino, va a necesitar devorarse una vaca entera esta tarde.
—¡Doris! —exclamó Ivanna ahogando un grito de vergüenza, haciendo que todos en la sala soltaran una carcajada unánime.
Me crucé de brazos, rodeando la cintura de Ivanna con un brazo posesivo y pegándola contra mi costado frente a las miradas burlonas de mi gente.
—Ya hablaron mucho —intervine con una sonrisa de descaro absoluto, disfrutando de la calidez de mi mujer contra mí—.
Ahora todos a trabajar, que el rancho no se mantiene solo mientras ustedes andaban de paseo.
Y Lance... la próxima vez que quieras opinar sobre mi rendimiento en la cama, asegúrate de que Stephany no tenga que volver a contarnos tus fallas.
—¡Toma esa! —gritó Peter riendo a carcajadas mientras Lance se ponía rojo y Stephany soltaba una risita maliciosa.
Con la manada de regreso y el ambiente lleno de bromas, miré de reojo a Ivanna. Ella me sonrió de lado, aún sonrojada, pero con los ojos dorados brillando de pura felicidad, sabiendo que la casa volvía a la vida, pero que ella y yo estábamos unidos para siempre.