El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 37
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Capítulo 37

El aislamiento de la bestia

Ivanna

Las palabras de Caden resonaron en la penumbra de la habitación con una contundencia que me hizo temblar.

—¿Cinco días...? —musité, sintiendo que la boca se me quedaba seca.

—Cinco días, princesa —reiteró él, deslizándose por la cama hasta quedar apoyado sobre sus codos por encima de mí—. Ni un minuto menos.

Intenté procesar la locura que significaba estar completamente aislados del mundo en medio del desierto, pero el cansancio y el calor abrasador de mi cuerpo volvieron a traicionarme.

La marca en mi cuello palpitaba suavemente, enviando ondas de una tibieza reconfortante que se extendía por todo mi torrente sanguíneo.

Podía sentir el latido de Caden al mismo ritmo que el mío, una constante sintonía que borraba cualquier intento de duda.

Él no me dio tiempo de formular otra protesta.

Inclinó la cabeza y comenzó a trazar con la lengua un camino húmedo desde mi barbilla hasta la hendidura de mi clavícula, deteniéndose justo en el lugar donde sus colmillos habían dejado el sello de nuestro vínculo.

Un estremecimiento violento me recorrió entera.

—Caden... —gimoteé, enredando mis dedos en su cabello oscuro.

—Dime, mi Luna —murmuró contra mi piel, inhalando hondo el aroma que mi cuerpo despedía sin tregua.

—Tengo hambre... pero no sé de qué —admití, confundida por la voracidad repentina que me oprimía el estómago y la piel por igual.

Caden soltó una risa baja, un sonido vibrante que retumbó directamente en mi pecho.

—Tu loba necesita energía para soportar el proceso, Ivanna. Y yo no pienso dejar que te debilites.

Se separó de mí a regañadientes, poniéndose de pie con la soltura de quien no tiene nada que ocultar.

La luz tenue de la mañana que comenzaba a colarse por los bordes de la cortina iluminaba los trazos firmes de sus músculos y los rasguños leves que mis uñas habían dejado en su espalda.

Al verlos, sentí un rubor ardiente subirme por las mejillas, pero mi loba interna se erizó de orgullo al reconocer su propia huella en él.

—Quédate en la cama —ordenó con suavidad, ajustándose un pantalón de algodón gris—. Iré a la cocina por algo de comer y beber. No tardo.

—No te demores... —pedí casi sin pensar, sorprendida por la punzada de ansiedad que me provocaba verle dar apenas unos pasos lejos de mí.

Caden se detuvo en el umbral, girando el rostro con una sonrisa teñida de satisfacción pura. El destello dorado en sus pupilas resplandeció por un instante.

—El vínculo ya está haciendo su trabajo —dijo con voz ronca—. Tu instinto no quiere que me aleje, y créeme, a mí me cuesta el mismo trabajo cruzar esa puerta.

En cuanto salió y cerró la madera tras de sí, la habitación pareció quedarse en un vacío helado.

Abracé la almohada que aún conservaba su aroma a sándalo y me acurruqué entre las sábanas empapada, mi cuerpo era un torrente de sensaciones nuevas: mis sentidos seguían aguzados al límite, escuchando la vibración del refrigerador en la planta baja, el viento suave del desierto chocando con las vigas de la casa y el andar decidido de Caden preparando algo de comer.

Pero por encima de todo, escuchaba el murmullo de mi propia mente, ahora compartida. Era una extraña y maravillosa calma saber que, sin importar la distancia de unos cuantos metros, la presencia de mi Alfa estaba incrustada en mi alma para siempre.

Caden no tardó más que unos minutos en regresar, trayendo consigo una bandeja de madera cargada con carne asada que había quedado preparada de la tarde anterior, fruta fresca picada, pan y dos grandes jarras de agua fría.

Al abrir la puerta y volver a entrar en la estancia, el olor espeso a celo y a sándalo que se había acumulado en el aire pareció golpear su pecho con la fuerza de un impacto físico.

Sus fosas nasales se dilataron y el destello dorado en sus ojos se encendió como una llamarada viva. Dejó la bandeja sobre la mesa de noche con cierta prisa y se sentó al borde de la cama, acercándome un plato de fruta y un pedazo de carne.

—Come, princesa —me pidió con la voz enronquecida por la contención—. Necesitas recuperar fuerzas.

Tomé un trozo de manzana con dedos temblorosos.

En cuanto me lo llevé a la boca, el sabor me pareció mil veces más intenso que antes, un reflejo más de cómo la despertar de mi loba había alterado cada uno de mis sentidos.

Comí con una avidez que no sabía que poseía, alimentada por el calor insaciable que seguía ardiendo en mi vientre.

Caden me observaba en silencio, devorándome con la mirada, masticando apenas su propia porción mientras una de sus manos no dejaba de acariciar suavemente mi pierna por debajo de las cobijas.

El contacto de su piel con la mía era un tormento delicioso, cada roce de su pulgar enviaba descargas eléctricas directamente a la marca de mi cuello, haciéndola pulsar con un ritmo propio.

En cuanto terminé el último bocado y bebí un largo trago de agua, retiró la bandeja a un lado sin perder un solo segundo.

—Se acabó el tiempo de tregua, Ivanna —susurró, abalanzándose sobre mí con una voracidad contenida que me hizo soltar un jadeo sofocado.

Me atrapó entre la cama y su cuerpo, aprisionando mis muñecas a ambos lados de la cabeza. Su boca buscó la mía en un beso hambriento, profundo y dominante que me arrebató el aliento.

Mi loba en el interior respondió al instante, arqueando mi espalda hacia él y enredando mis piernas alrededor de su cintura para acortar cualquier distancia.

—Caden... —gimoteé entre sus labios, sintiendo cómo el calor de su cuerpo me consumía de nuevo por completo.

—No hay escape, mi Luna —sentenció él contra mi oído, bajando la mano para acariciarme el muslo con una posesividad absoluta—. Faltan cuatro días más... y vas a ser mía en cada uno de ellos.

El dolor inicial de la noche anterior había desaparecido por completo, dejando únicamente una necesidad salvaje, sagrada e inagotable que nos arrastró de nuevo a la hoguera del instinto, aislados del resto del mundo bajo el amparo de la Luna llena.