El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 34
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Capítulo 34

El llamado de la Luna

Caden

Me levanté de la cama exaltado, con el corazón martillándome el pecho y cada fibra de mi cuerpo puesta en alerta máxima.

Después de nuestro regreso del bar me había quedado dormido abrazando a Ivanna, pero el ambiente dentro de la habitación había cambiado drásticamente durante la madrugada. Un aroma irresistible, espeso y sofocante a flores silvestres y lavanda concentrada impregnaba el aire.

El olor del celo estaba a punto de desatarse por completo. Me puso alerta y ardiendo en fiebre. Mi lobo arañaba desesperado en el fondo de mi mente, incapaz de resistirse ni un segundo más.

Para empeorar mi autocontrol, Ivanna se arremolinó entre mis brazos en medio de su sueño, restregándose contra mi torso desnudo en una búsqueda instintiva de calor.

Su respiración comenzó a volverse rápida, agitada, hasta que abrió los ojos de golpe.

Al despertar, se encontró con mi mirada teñida de un dorado luminoso y fijo en ella.

Mi visión nocturna de Alfa era más intensa y amplia que nunca.

Ivanna me dedicó una pequeña sonrisa somnolienta, pero de inmediato una sombra de inquietud cruzó sus facciones.

Se levantó de golpe, tirando la sábana hacia un lado.

—Algo me pasa... —dijo llevándose una mano a la cabeza, tratando de enfocar la vista—. Supongo que es la cruda por mi borrachera de ayer, creo que iré a bañarme.

No le respondí, solo me quedé sentado en la cama, viéndola caminar a pasos torpes hacia el baño mientras mi lobo se burlaba salvajemente dentro de mi cabeza.

«¿Borrachera? ¡Sí, cómo no!», rugía la bestia con satisfacción.

«Lo que tiene es una necesidad voraz por nosotros...

Está llegando el momento. Puedo oler su celo, estará listo hoy aquí».

«Así es...», le respondí a mi lobo en silencio, sintiendo cómo la sangre me quemaba las venas.

«Todo lo que hemos esperado pasará hoy».

Ivanna

Entré al baño cerrando la puerta tras de mí, sintiendo un calor sofocante que me abrasaba la piel desde adentro.

—¿Qué me pasa? —me pregunté en un susurro, apoyando ambas manos sobre el lavabo helado mientras el sudor me cubría la nuca.

De pronto, una voz ronca, autoritaria y femenina resonó con claridad cristalina en mi mente: «Es que ha llegado el momento», habló mi loba por primera vez en mi vida, tomándome por completo la conciencia.

«He estado dormida demasiado tiempo dentro de ti, y es hora de que me dejes salir. Necesito a mi compañero».

—¿Pero ¿cómo puedo, dejarte salir ...? —me pregunté aterrada y fascinada al mismo tiempo.

«Como ha sido desde el principio de los tiempos», respondió mi loba con una risa salvaje y primaria.

«Deja de fingir que no te interesa, porque sí nos gusta...

y mucho. Deja que fluya lo que debe ser, eres una loba, que necesita a su alfa, y ha llegado el momento de dejarte llevar por tu instinto».

Cuando salí del baño tiempo después, Caden ya se había ido de la habitación.

Bajé a comer algo, conversé brevemente con Doris y hasta salí a pasear por los alrededores del rancho intentando gastar esa energía anormal que me hacía temblar las piernas, pero Caden no apareció por ningún lado.

Entrada la tarde, ya me encontraba desesperada por la fiebre que me consumía, decidí darme un baño largo para ver si lograba relajarme. Lo intenté durante un buen rato, sumergida en el agua, pero no fue suficiente. Algo irreversible estaba ocurriendo en mi cuerpo y yo no sabía cómo detenerlo.

Me recosté sobre la cama, mirando hacia el techo mientras las horas pasaban y la penumbra dominaba la habitación.

Entonces cayó la noche. A través de la gran ventana, la Luna llena apareció en el cielo a plenitud, blanca, majestuosa y dominante.

Verla fue suficiente para que se desatara un infierno en mi interior.

Empecé a jadear sin control. Sentí que algo dentro de mis piernas me quemaba con un calor abrumador y desgarrador. De la nada, un impulso salvaje me desgarró la garganta y lancé un aullido largo y agudo que me dobló por la mitad sobre la cama, cargado de un dolor y un deseo insoportables.

Antes de que el eco de mi aullido terminara de apagarse, la puerta se abrió de par en par.

Y Caden apareció frente a mí. Tenía la mirada dorada fija en la mía, resplandeciendo en la oscuridad como dos brasas encendidas.

Caminó a pasos lentos y seguros hacia la cama, se inclinó sobre mi cuerpo tembloroso y me susurró al oído con una voz tan grave y profunda que me hizo vibrar hasta los huesos:

—Ha llegado el momento princesa... Estaba esperando el llamado de tu loba, e instantáneamente lo he escuchado, es el momento porque tu celo ha llegado.