El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 32
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Capítulo 32

Tequila, y la pista de baile

Caden

La llegada al bar dejó a Ivanna fascinada, el lugar desbordaba un ambiente festivo y cálido: había una gran cantidad de vaqueros acomodados en sillas altas alrededor de la barra, y al fondo, una luz tenue iluminaba una amplia pista de baile donde un grupo country en vivo marcaba el ritmo con violines y guitarras.

Pete notó nuestra presencia de inmediato, nos hizo una seña con la mano y gritó por encima del barullo:

—¡Hey, jefe! ¡Aquí estamos!

Al acercarnos, Peter miró a Ivanna de arriba abajo y soltó un silbido bajo.

—¡Dios, jefe! Ahora entiendo por qué estás enganchado con ella... jefa, se ve hermosa.

En ese instante, mi lobo enseñó las garras en el fondo de mi mente.

«¡¿Quién es ése para estar dándole piropos a nuestra compañera?

! ¡Matémoslo de una vez!», rugió la bestia.

«Nooo», le ordené en seco a mi lobo, obligándolo a replegarse mientras nos sentábamos en la mesa alta junto a Peter.

De repente, Lance apareció abriéndose paso entre la gente junto a una bella mujer rubia de sonrisa espontánea.

—Hola, jefa —presentó Lance con orgullo—. Ella es Stephany, mi novia, perdón quiero decir amiga de la infancia, crecimos juntos.

Stephany le sonrió a Ivanna con absoluta calidez.

—¡Wow! Eres hermosa, tal como dijo Lance. Te felicito, tengo entendido que te vas a casar con Caden, si en algo te puedo ayudar, cuenta conmigo.

—Muchas gracias —respondió Ivanna con cierta timidez, mirándola con curiosidad—. ¿Y a qué te dedicas, Stephany?

—Ah, soy veterinaria. Me encanta estar entre los animales —contestó Stephany con naturalidad.

Lance la tomó por la cintura y le preguntó:

—¿Quieres tomar algo, nena?

—¿Nena? Se supone que ya no somos novios, Lance, pero Sí, por favor. Tráeme una paloma.

—¿Qué es una paloma? —preguntó Ivanna ladeando la cabeza.

—Ah, es una bebida preparada con refresco de toronja y tequila —explicó Stephany—. Sabe muy bien. ¿Nunca la has probado?

—Nooo —admitió Ivanna negando con la cabeza.

—¡Hey, Lance! —gritó Stephany haciéndose oír sobre la música—. ¡Trae dos, una para la jefa!

Lance asintió, y antes de que se fuera, me puse de pie.

—Voy a ayudarlo —dije, acompañando a Lance hacia la barra.

Mientras estábamos lejos, Stephany aprovechó para conversar con Ivanna.

—Y tú, ¿de dónde eres?

—Soy de Montana —respondió Ivanna—, aunque vivía en Knoxville cuando Caden fue por mí.

—¿No te pareció muy difícil mudarte a este desierto? —inquirió Stephany con sincero interés.

—No —sonrió Ivanna con cierta nostalgia—. Viví en muchos lugares durante mi niñez, así que estoy acostumbrada a adaptarme a los cambios.

Regresé a la mesa cargando las dos palomas preparadas y Lance venía justo detrás con unas cervezas heladas para el resto.

Peter miró las bebidas, soltó un bufido dramático y se levantó de la silla, mirando alrededor dijo:

—Qué mal, soy el único sin pareja aquí... Bueno, iré a ver qué veo por allá —dijo entre risas y se perdió rumbo a la barra.

Lance rodeó los hombros de Stephany con un brazo y le dio un beso cariñoso en la frente. Ivanna los miró con curiosidad.

—¿Ustedes...?

Stephany se soltó a reír abiertamente.

—No, bueno, ¡Creo que Sí! somos novios...

bueno, a veces. Hemos peleado tantas veces que ya ni sé cuántas, pero siempre termina convenciéndome de nuevo.

Yo creo que es cuando tiene ganas de sexo, porque cuando está desganado ni me busca, y es que últimamente el muy desgraciado dice que está cansado, y ya no es tan……

—¡Hey! Nena no cuentes nuestros problemas. —la interrumpió Lance poniéndose rojo hasta las orejas—. Y menos mis problemas sexuales a la jefa eso es entre tú y yo.

Aproveché la oportunidad y le dediqué a Lance una mirada de reojo.

—No quieres que cuenten tus problemas sexuales, ¿pero sí querías saber de los míos ayer?

—Déjalo, jefe, no era en serio —protestó Lance levantando las manos en señal de rendición, haciendo que todos riéramos.

En ese preciso momento, el grupo country cambió el ritmo y empezó a sonar una melodía alegre y contagiosa.

Los acordes del violín llenaron el bar y la pista comenzó a poblarse de parejas.

Lance le tomó la mano a Stephany de inmediato.

—¡Es nuestra canción, nena! ¿Estás lista para moverte? Porque hoy tengo mucha energía.

—¡Jajaja! Eso espero porque yo también… —se río Stephany y se dejó arrastrar felizmente por él hacia la pista.

Nos quedamos solos en la mesa. Me acerqué al oído de Ivanna, sintiendo su aliento dulce a toronja y su aroma cada vez más penetrante.

—¿Quieres bailar? —le susurré. Ivanna sonrió de oreja a oreja.

—¡Estaba esperando que lo pidieras!

Salió corriendo entusiasmada hacia la pista de baile y yo la seguí de cerca. Sin embargo, al llegar al centro del lugar, se detuvo de golpe y se giró a verme con cierta duda.

—¿Qué pasa, princesa? —pregunté.

—Es que... no sé bailar country —admitió mordiéndose el labio inferior.

—No te preocupes, princesa —le dije con suavidad—. Yo te enseño.

Puse las manos en su cintura, la atraje hacia mí y me empecé a mover con ella.

El ritmo surgió de forma tan fluida y natural que no pareció una lección, sino algo que hubiéramos estado haciendo juntos durante años.

Me moví encajando mi cuerpo en la curva de sus caderas.

Ivanna se dejó llevar, apoyando sus manos en mis hombros mientras la guiaba en giros lentos al compás de la música.

Con cada paso, la distancia entre nuestros cuerpos se reducía, hasta que su pecho rozó el mío y su aroma a lavanda y celo incipiente comenzó a mezclarse con el humo y el olor a madera del bar.

—¿Ves? No era tan difícil —le susurré al oído, pegando mi rostro a su mejilla para inhalar profundamente la calidez de su piel.

—Es fácil si tú me guías —murmuró ella con la respiración agitada, mirándome con esos ojos teñidos de un dorado penetrante que ya no podía disimular.

A nuestro alrededor, las luces tenues de la pista se volvieron un borrón.

Lance y Stephany bailaban a unos metros riendo entre vueltas, pero para mí lobo no existía nadie más en ese lugar.

La tomé de la mano derecha, la hice girar bajo mi brazo y la volví a traer de golpe contra mi pecho, sujetándola firmemente de la espalda baja.

Ivanna soltó una pequeña risa ahogada, el rostro encendido y los labios entreabiertos, completamente entregada al ritmo y a la cercanía de mi cuerpo.

—Caden... todo el mundo nos está mirando —dijo en un susurro sin aliento, aunque sus dedos se clavaron con más fuerza en la tela de mi camisa.

—Que miren lo que quieran, princesa —respondí con voz grave, sintiendo cómo los latidos de su corazón desbocado retumbaban contra mi caja torácica—. Que sepan de una vez a quién le perteneces.

Ivanna no protestó; al contrario, inclinó levemente la cabeza y apoyó la mejilla en mi hombro mientras seguíamos moviéndonos al compás de la guitarra.

El tequila de su bebida y el ambiente festivo la habían relajado, pero el instinto salvaje que crecía en su sangre era lo que verdaderamente nos mantenía unidos en ese baile, convirtiendo la pista del bar en la antesala perfecta para la tormenta que se desataría en solo unos días con la llegada de la Luna llena.

Ivanna

Después de un rato en la pista de baile, sumergida en el ritmo de la música y el calor del cuerpo de Caden rodeándome, la cabeza empezó a darme vueltas.

Le dije que necesitaba ir al baño, me zafé suavemente de sus brazos y caminé a pasos rápidos entre la gente.

Entré con rapidez, me lavé las manos y me eché un poco de agua fría en la nuca para calmar el ardor de mis mejillas.

Al salir del sanitario, me encontré cara a cara con Brenda, quien estaba parada en el pasillo estrecho con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de veneno.

—Mira nada más quién está aquí... —dijo Brenda, barriéndome con la mirada de arriba abajo—. La zorra que me quitó a Caden. ¿Ya se cansó de ti? Porque la verdad eres tan poquita cosa que no creo que puedas retener a un hombre como ése. Es salvaje en la cama, y tu pareces una monja inexperta

Sentí que la sangre se me congelaba, pero me tragué el coraje y mantuve la cabeza en alto.

—Con permiso —dije, intentando salir del sanitario y pasar a su lado.

No alcancé a dar ni dos pasos cuando un jalón de cabello en seco me hizo regresar de golpe hacia atrás.

—¡Hey! —grité, intentando soltarme de su agarre—. ¡¿Qué te pasa?!

—¡Me pasa que eres una mosquita muerta! —escupió Brenda, acorralándome contra la pared con los ojos fuera de sí—. Y te quiero advertir que Caden es mío, soy la única que puede mantener a tal bestia en la cama y tú pareces una virgen sin experiencia. ¡Más vale que te olvides de él!

—Yo no vine a buscarlo —le respondí, encarándola a pesar del dolor en el cuero cabelludo, con la voz temblando por la rabia—.

Fue él quien fue por mí, si tan feliz estaba contigo, no sé por qué tenía que buscarme a mí.

Me zafé de su mano con un tirón violento y salí del baño.

Brenda estaba empeñada en seguirme para continuar la pelea, pero se detuvo en seco al sentir una presencia imponente justo detrás de mí.

—Brenda... —la voz de Caden resonó rasposa, grave y helada a mis espaldas, haciendo que hasta las luces del pasillo parecieran parpadear—. Espero que no estés molestando a mi prometida, porque tú y yo nunca hemos sido nada más que un distractor, así que déjala en paz.

El rostro de Brenda se desfiguró de rabia y vergüenza, pero no se atrevió a articular ni una sola palabra ante la mirada dorada de Caden.

Sin embargo, el efecto de las palabras de Brenda ya había causado estragos en mi interior.

Regresamos a la mesa en silencio; las risas de Lance y Stephany se sentían lejanas, apagadas por el nudo sofocante que se me había formado en la garganta.

Me senté junto a él, me incliné hacia su oído y le susurré con la voz apagada:

—Quiero irme, esto ya no es divertido. Caden me miró triste, con una mezcla de arrepentimiento y culpa cruzándole los ojos verdes. Asintió en silencio.

—Muy bien, princesa tus mandas, así que vámonos. Se puso de pie, me tomó con firmeza de la mano y me sacó de ahí, abriéndose paso entre la multitud del bar mientras el aire helado de la noche del desierto nos recibía en el estacionamiento.