Capítulo 30
El despertar de la bestia
Ivanna
Desperté antes de que sonara cualquier alarma, abatida por una inquietud extraña que me calaba hasta los huesos, y el aire dentro de la habitación no se sentía igual; el frío de la mañana ya no me provocaba escalofríos, sino una especie de calor interno, una marea hirviente que nacía justo en el centro de mi vientre y se extendía en ondas lentas hacia mis extremidades.
Traté de incorporarme, pero un leve mareo me obligó a apoyarme en la cabecera.
Mis sentidos, ya alterados desde el entrenamiento en la colina, parecían estar sintonizados en una frecuencia abrumadora. Y entonces lo olí.
Un aroma denso, embriagador y profundamente masculino comenzó a filtrarse por debajo de la puerta de la habitación, no era solo el humo de la chimenea o el cuero de las botas de Caden; era una mezcla brutal de sándalo silvestre, madera húmeda y la esencia pura de un Alfa.
Al inhalarlo, algo en lo más profundo de mi ser crujió, como si un cerrojo antiguo que estaba clavado se rompió en mi pecho.
«Él...huele a nuestro compañero», resonó una voz femenina, ronca y feroz dentro de mi cabeza.
Me congelé en la cama, algo no era normal en esa voz, porque no era mi propio pensamiento; era una presencia oculta, un instinto dormido durante veintiún años que acababa de abrir los ojos de golpe.
«Caden... Nuestro Alfa. Nuestro compañero», reclamó la loba en mi interior, rasgando la neblina de mi conciencia humana.
—No... basta... —murmuré, llevándome las manos a la cabeza mientras me ponía de pie a trompicones. Sentí que los pulsos de mis sienes retumbaban como tambores de guerra, mis pupilas se dilataron, adaptándose a la luz con una nitidez casi quirúrgica.
Podía escuchar los latidos de las palomas en el tejado, el chasquido del fuego en la planta baja y, sobre todo, el ritmo constante y pausado del corazón de Caden en la cocina.
La loba tomó el control de mis piernas. Sin que mi mente pudiera razonarlo, abrí la puerta y bajé las escaleras a pasos descalzos y felinos. A cada escalón que descendía, el olor a sándalo se volvía más espeso, sofocante, delicioso. Era una carnada a la que no podía ni quería resistirme.
Llegué al pasillo que conducía al comedor y me detuve bajo el marco de la puerta, Caden estaba de espaldas, sirviéndose una taza de café.
Llevaba la camisa de trabajo desabotonada en el pecho, dejando al descubierto la piel bronceada donde la esencia brillaba bajo la luz de la mañana.
Al notar mi presencia, se giró despacio.
Sus ojos verdes-dorados se clavaron en los míos, e instintivamente, su postura se volvió la de un cazador que reconoce el momento exacto en que la presa cae en la trampa.
Caden
En cuanto Ivanna apareció en el umbral, supe que la mezcla de sándalo y la proximidad de la Luna llena habían hecho su trabajo.
No era la muchacha tímida e insegura que había llegado al rancho días atrás.
Ivanna respiraba con agitación, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, sus ojos, antes de tono azul, ahora destellaban con un halo dorado inconfundible: el sello de una loba de linaje Alfaque acaba de despertar por completo.
—Ivanna... te ves hermosa…—dije con voz grave, dejando la taza sobre la barra sin desviar la mirada.
—¿Qué... qué me hiciste? —susurró ella, aunque su tono no era de enfado, sino de una desesperación primaria, su loba estaba luchando por salir a la superficie, llamando a la mía a través del aire que nos separaba.
Dio un paso hacia mí mientras sus movimientos eran fluidos, felinos, despojados de cualquier vergüenza humana.
—No te hice nada, princesa —respondí, abriendo los brazos ligeramente para recibirla, dejando que mi olor de Alfa la envolviera por completo—.
Simplemente dejaste de luchar contra lo que eres, y ahora tu loba ya despertó...
y sabe perfectamente a quién le pertenece, prepárate para lo que se aproxima porque apenas está empezando, Ivanna acortó la distancia entre los dos, en dos zancadas, deteniéndose a escasos centímetros de mi pecho, inhalando con avidez el sándalo de mi piel como si fuera el único oxígeno disponible en el mundo.
Sonreí con puro descaro al verla tan vulnerable y atrapada por su propio instinto, buscando mi olor con desesperación.
—Nos vemos al rato, Ivanna... debo ir a trabajar —le dije en un susurro provocador, rozando levemente su mejilla antes de dar media vuelta.