Capítulo 28
El arte de la espera
Caden
Regresé a la habitación dispuesto a retomar las cosas exactamente donde las habíamos dejado, pero la magia del momento se había evaporado como por arte de magia. Ivanna ya no estaba bajo el chorro de agua ni vestía la camisa ligera.
Ahora se encontraba metida hasta el cuello entre las cobijas, vistiendo un pijama de franela gruesa que la cubría por completo, como si fuera una monja.
Me acerqué despacio, me senté al borde del colchón y la miré fijamente a los ojos, intentando descifrar el huracán de pensamientos que cruzaba por su cabeza.
—¿Tienes ganas de seguir? —pregunté con voz baja, manteniendo la esperanza de que la loba de minutos atrás volviera a asomarse, Ivanna tragó saliva, apretó las cobijas contra su pecho y pronunció las fatídicas palabras que yo tanto temía:
—Creo que fue un error... Lo que casi pasa entre nosotros no debió pasar, lo mejor es que nos calmemos un poco.
Nos dejamos guiar por la tormenta y la adrenalina.
Debemos agradecerle a la Luna el hecho de la interrupción que acaba de ocurrir.
Sentí que un balde de agua helada me caía sobre la espalda, pero contuve la frustración en mi rostro.
—Sí, supongo que no era el momento —contesté de mala gana y a regañadientes, poniéndome de pie—. El momento llegará cuando la Luna lo decida.
Me vestí a toda prisa con mi ropa de trabajo y salí de la habitación cerrando la puerta tras de mí.
En cuanto estuve fuera en el pasillo, los reclamos de mi lobo en mi cabeza se volvieron insoportables: «¡Eres un idiota!
¡La dejaste ir!», rugía la bestia furiosa dentro de mi mente, arañándome la cordura.
«¡Debiste tomarla ahí mismo cuando estaba lista!
Podía oler su excitación, ¡nuestra mujer nos deseaba!
». «Lo sé» «Pero no está lista todavía», le respondí a mi lobo intentando apaciguar su furia mientras caminaba hacia las escaleras.
«Aún no es Luna llena... Pero pronto. No desesperes, porque en pocos días ella no podrá parar más; su instinto la obligará a vincularse con nosotros».
Mi lobo pareció meditar mis palabras, calmando su impulso de muerte y sustituyéndolo por una malicia dorada. «Es cierto...», concedió mi bestia con una risa baja. «Utilicemos este tiempo para que nos desee con todas sus fuerzas, sabemos cómo hacerlo».
—Así es —le dije a mi lobo en voz baja mientras mis ojos se iluminaban de un tono dorado profundo y una sonrisa descarada inundaba mi rostro.
Caminé a paso firme por el pasillo inferior hasta llegar a mi oficina, cerré la puerta con seguro, me acerqué a la estación de monitoreo y encendí la cámara oculta que tenía instalada en mi propia habitación, ella no sabía que tenía esa cámara encendida así que me dediqué a observarla en la pantalla de alta definición, la imagen de Ivanna apareció al instante: seguía abrazada a las cobijas, respirando agitadamente, confundida por el deseo y la culpa que luchaban en su interior.
La observé en silencio desde la penumbra de mi escritorio, como un acosador paciente que vigila a su presa más preciada.
—Pronto, Ivanna... —susurré para mí mismo con una sonrisa indescifrable mientras acomodaba los monitores—. Pronto estarás lista para aceptar nuestra unión y vincularte para siempre. «Lo sé, no podrá resistirse»