El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 27
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Capítulo 27

Juego de fuego

Ivanna

Escuché el agua helada empezar a caer dentro de la ducha, pero esta vez algo dentro de mí simplemente hizo un chasquido, la loba que llevaba reprimiendo durante años, la misma que despertaba con cada roce de Caden, tomó el control absoluto de mi cuerpo.

Me destapé de un tirón, ignorando la frialdad del suelo, y caminé a pasos decididos hacia la puerta del baño, y la abrí sin avisar.

Caden se giró de golpe bajo el chorro de agua fría, con las gotas resbalándole por el torso musculoso y la mirada teñida de un verde-dorado ardiente.

—Ivanna, ¿qué haces aquí? Te dije que te daría el tiempo necesario para que te acostumbraras...

—Quizá... no quiero que te des una ducha fría —interrumpí con una voz que ni yo misma reconocí, grave y cargada de una audacia salvaje.

Antes de que él pudiera reaccionar, me acerqué, rodeé su cuello con mis brazos y lo besé de lleno en la boca. Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de todo el deseo que habíamos estado conteniendo.

Caden soltó un gruñido grave que retumbó en las paredes de azulejo, me sujetó de las caderas con fuerza sobrehumana y me levantó en vilo, pegándome a su cuerpo húmedo.

Me subí sobre él, enredando mis piernas alrededor de su cintura mientras el agua nos empapaba a los dos. La habitación entera parecía arder en llamas cuando, de pronto, unos golpes apresurados resonaron en la puerta principal de la casa, seguidos del sonido de la puerta de entrada abriéndose abajo.

—¡Caden! ¡Ivanna! ¿Están bien? —gritó la voz de Dilan desde el piso inferior, buscando señales de vida tras los estragos de la tormenta.

Nos congelamos en medio del abrazo, el corazón me latía a mil por hora contra el pecho de Caden. Pasos pesados comenzaron a subir las escaleras a toda prisa, y la voz de Doris resonó justo en el pasillo, acercándose a la habitación principal.

—¡Caden, mi niño! ¿Están enteros? ¡Esa tormenta tiró varios árboles en el camino y algunos graneros se quedaron sin techo, nos preocupaba que algo les hubiera pasado! —escuchamos la mano de Doris tocando con insistencia la puerta de la habitación.

—¡Maldición! —masculló Caden entre dientes, rompiendo el beso a regañadientes mientras me bajaba suavemente al suelo.

—¡Espera, Doris! —escuchamos la voz de Dilan en el pasillo, quien al ver la puerta entornada y el ambiente pesado en la planta alta pareció darse cuenta de inmediato de la situación—. Doris, vámonos abajo... creo que interrumpimos algo.

—¡Ay, Santo Dios! —exclamó Doris al caer en la cuenta, dando un paso atrás.

Pero ya era demasiado tarde para disimular, presa del pánico y la vergüenza, me escurrí de las manos de Caden y me encerré de un brinco en el cubículo de la ducha, dejando correr el agua para ocultar mi rostro completamente encendido.

Caden, respirando con dificultad y con una frustración evidente en el rostro, se ató una toalla a la cintura de mala gana y caminó a pasos pesados hacia la puerta de la habitación para abrirle a los recién llegados.

—¿Pasa algo, Dilan? —preguntó Caden en un gruñido bajo, apoyándose en el marco de la puerta con el cabello chorreando agua.

Dilan se rascó la nuca con una sonrisa de disculpa, mientras Doris miraba hacia el interior de la habitación con una mueca cómplice.

—Disculpa la interrupción, patrón... sólo queríamos asegurarnos de que la casa no hubiera sufrido daños con el viento —dijo el capataz, tomando a su esposa del brazo para hacerla retroceder—.

Ya vemos que todo está bajo control, nos vamos y los dejamos tranquilos.

En cuanto los pasos de Doris y Dilan se alejaron escaleras abajo, Caden cerró la puerta de un golpe seco, miró hacia el baño donde me hallaba oculta y soltó un bufido lleno de fuego.

—¡Maldición! «Nos interrumpieron, lástima… me caían bien, pero merecen que los matemos por inoportunos»—escupió Caden, pasándose la mano por la cara mientras el recuerdo de mi beso seguía marcándole los labios.