Capítulo 26
Refugio en la penumbra
Caden
Ivanna terminó por quedarse profundamente dormida entre mis brazos, el peso de tantas emociones, el cansancio acumulado y ese miedo instintivo que la estremecía a cada latido de la tempestad terminaron por vencer sus defensas.
Cuando el ritmo de su respiración se volvió pausado y constante, supe que por fin descansaba, me incliné despacio y la levanté en brazos.
La acomodé contra mi pecho con extremo cuidado para no romper su sueño. «Es ligera nuestra Luna», susurró mi lobo con un orgullo posesivo que me inundó el pecho. «No pesa nada... Tenemos que cuidarla». «Lo sé», le respondí en silencio, apretándola suavemente contra mí. «Es nuestro deber».
Caminé a pasos firmes y sigilosos a través de la penumbra de la casa, subiendo las escaleras de madera hasta llegar a la habitación principal.
La luz de la chimenea abajo apenas alcanzaba a proyectar sombras tenues en el pasillo, pero mi vista nocturna de Alfa me guiaba sin problemas, entré a la habitación y la deposité sobre el colchón con delicadeza.
Con cuidado para no despertarla, le desabroché las botas de campo y se las retiré una a una, dejándolas a un lado de la cama, después, le desabroché el pantalón con manos ágiles y se lo quité despacio, dejándola únicamente con la camisa ligera que la cubría.
La deslicé suavemente bajo el edredón y la arropé hasta los hombros. Ivanna dejó escapar un suspiro débil y se acurrucó contra la almohada, buscando la calidez de las cobijas.
Me desvestí en silencio en medio de la oscuridad, deshaciéndome de la ropa de trabajo hasta quedarme solo en bóxer, y me recosté del otro lado de la gran cama, no pude evitarlo: acorté la distancia entre los dos, pasé mi brazo alrededor de su cintura y la atraje hacia mi pecho, cobijándola por completo con mi cuerpo.
Ivanna, instintivamente, se giró entre sueños hacia mi calor, pegando su rostro a mi cuello e inhalando mi esencia mientras soltaba un pequeño murmullo incomprensible.
Sonreí en la penumbra, sintiendo cómo su presencia calmaba el hambre de mi bestia.
Cerré los ojos, sintiendo la lluvia golpear el techo afuera y el calor de mi Luna reconfortándome la vida, listo para velar su sueño durante el resto de la noche.
La tormenta de la noche anterior se había disipado por completo, dejando tras de sí un cielo limpio y el aire fresco característico del desierto tras la lluvia poco a poco los primeros rayos de sol atravesaron las cortinas de la habitación, iluminando la calidez de la estancia, al abrir los ojos, me encontré de nuevo con la misma escena... aunque esta vez aún más acentuada.
Ivanna estaba completamente sobre mí, enredada entre mis piernas y con el rostro hundido en la curva de mi cuello, su brazo me rodeaba el torso con firmeza y su pierna me aprisionaba la cintura.
Su respiración tibia golpeaba mi piel a cada segundo, despertando a mi lobo, que ya celebraba victorioso en mi interior.
Sentí el momento exacto en que empezó a recuperar la conciencia, su cuerpo se tensó al instante, abrió los ojos de golpe, procesó que estaba prácticamente acostada encima de mi pecho desnudo y, en un movimiento rápido y torpe, se retiró hacia su lado de la cama, arrastrando las cobijas con ella para cubrirse hasta la barbilla.
Me quedé mirándola fijamente desde la almohada.
No pude evitar soltar una risa baja y profunda que hizo retumbar mi pecho.
—Buenos días, princesa —dije con voz ronca, disfrutando de cómo el rubor le cubría las mejillas a una velocidad impresionante.
Ella no dijo nada; solo me lanzó una mirada asesina mientras intentaba acomodarse la ropa y disimular el pánico de haber roto, por segunda noche consecutiva, sus propias reglas de distancia.
Sin presionarla más, me destapé de un solo impulso, me puse de pie vistiendo únicamente el bóxer y me dirigí a paso firme hacia el baño para cumplir con lo que ya se estaba volviendo una inquebrantable costumbre: una ducha de agua helada para calmar el fuego que Ivanna encendía en mi sangre sin siquiera proponérselo.
—Disfruta la vista, que el agua helada me espera —bromeé de lado antes de cerrar la puerta del baño, escuchando a mis espaldas cómo una almohada volvía a estrellarse contra la madera.