Capítulo 25
A oscuras en la tormenta
Ivanna
La lluvia caía con una violencia salvaje contra los muros de madera de la casa, el viento afuera soplaba como un monstruo que intentaba arrancar las láminas del techo, y el retumbo de los truenos hacía vibrar el suelo bajo mis botas.
De pronto, un chispazo iluminó el pasillo y la casa entera se sumergió en una penumbra absoluta. La luz se había ido.
—Quédate donde estás, Ivanna —la voz de Caden resonó en la oscuridad, firme, profunda y extrañamente tranquilizadora.
Escuché sus pasos seguros adentrándose en la cocina, y unos segundos después, el chasquido de un fósforo iluminó sus facciones marcadas. Caden encendió un par de velas de cera gruesa y una linterna de mano, dejando una luz cálida y tenue proyectándose sobre las paredes de la sala.
—El generador secundario no tardará en encender si el fallo es menor, pero por ahora esto bastará —dijo, colocando una de las velas sobre la mesa de centro.
Me acerqué a la chimenea y me abracé a mí misma. La tormenta traía consigo un frío helado que se colaba por las rendijas.
—Tengo frío —admití en un susurro, mirando cómo las sombras danzaban en las vigas del techo.
Caden no dijo nada solo se acercó al mazo de leña seca, acomodó un par de troncos pesados en la chimenea y prendió fuego, en cuestión de minutos, las llamas empezaron a crepitar, bañando la estancia de un calor acogedor.
Él se sentó en el suelo, recargando la espalda contra la base del sofá, frente al fuego. Señaló el espacio a su lado.
—Ven. Aquí hace más calor.
Dudé un segundo, pero el frío y la penumbra del lugar terminaron por vencer mi orgullo.
Me acerqué y me senté a su lado, cruzando las piernas sobre la alfombra.
Estábamos tan cerca que sentía el calor radiante de su cuerpo, su aroma a madera y tormenta se mezclaba de forma embriagadora con el humo de la chimenea y mi propio aroma a lavanda, que parecía volverse más intenso con cada latido de mi corazón.
—¿No tienes miedo? —pregunté, mirando las llamas.
—¿De la tormenta? No —Caden giró la cabeza para mirarme. La luz del fuego encendía sus ojos verdes con un todo dorado casi hipnótico—. He pasado muchas tormentas solo en este rancho, pero estar aquí contigo... hace que esto sea diferente.
—¿Diferente cómo? —inquirí, sosteniéndole la mirada con la respiración volviéndose levemente agitada.
—Diferente porque mi lobo no quiere mantener la distancia, Ivanna —susurró él, acortando el espacio entre los dos hasta que su hombro rozó el mío—.
Todo este tiempo he intentado seguir las reglas, darte tu espacio, esperar a que te sientas cómoda...
pero estar a solas contigo en medio de la nada está haciendo que mi paciencia se agote.
Un trueno ensordecedor retumbó justo sobre la casa, haciéndome dar un pequeño brinco de susto, instintivamente, mi mano buscó la suya, Caden no dudó: entrelazó sus dedos fuertes con los míos, apretándolos con una ternura posesiva que me hizo dar un vuelco en el estómago.
Caden
El tacto de su mano pequeña sobre la mía fue la chispa que encendió a mi bestia. Mi lobo arañaba las paredes de mi mente, exigiendo tomar el control, «Está asustada, busca nuestro calor... ¡Es nuestra Luna! Abrázala, tiene miedo, márcala de una vez», rugía en mi interior.
«Control», me ordené a mí mismo, aunque la tentación me estaba quemando por dentro, la miré de reojo, con la luz del fuego acariciando su perfil, Ivanna se veía ridículamente hermosa, su cabello rubio destellaba como hilos de oro y sus ojos reflejaban las llamas con una mezcla de inocencia y un deseo incipiente que ella misma intentaba negar.
—Tu loba se siente a salvo aquí conmigo, Ivanna —dije con la voz ronca, usándola suavemente para no asustarla—. ¿Sientes cómo tus latidos se sincronizan con los míos?
Ivanna bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas y suspiró, recargando lentamente su cabeza sobre mi hombro, el impacto de su peso suave contra mí me dejó sin aliento por un segundo.
—No quiero seguir peleando contigo, Caden —murmuró ella, con la voz apagada por el ruido de la lluvia afuera—. Estoy cansada de huyendo, cansada de tener miedo.
—Ya no tienes que huir de nada, princesa —le aseguré, inclinando mi rostro para posar un beso suave sobre su frente, inhalando profundamente su fragancia dulce—.
Mientras yo esté respirando, nadie volverá a hacerte daños, absolutamente nadie, ni Linus, ni nadie.
Nos quedamos en silencio, abrazados frente al fuego crepitante mientras la tormenta continuaba rugiendo afuera, sabiendo perfectamente que la verdadera tempestad no estaba en el cielo, sino entre nosotros dos.