El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 24
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Capítulo 24

El vínculo y el rugido de la tormenta

Ivanna

Me quedé mirándolo fijamente, tratando de recuperar el aliento tras el impacto de mi propio bloqueo. Sus palabras seguían flotando en el aire, pesadas y llenas de una certeza que me abrumaba.

—Caden... tú hablas del «vínculo» como si fuera algo evidente —dije en voz baja, bajando levemente los puños—.

Pero la verdad es que no sé qué es, nunca he sentido algo así.

Caden suavizó la postura, dio un paso más hacia mí y deslizó sus dedos por la curva de mi brazo hasta rozarme la muñeca, enviando una descarga eléctrica directa a mi pecho.

—En el mundo de los hombres lobo, el vínculo es el hilo invisible tejido por la Luna que une dos almas —explicó con una voz suave pero profunda—.

No es solo atracción física, Ivanna, es sentir las emociones del otro antes de que las pronuncie, es saber cuándo está en peligro, aunque esté a kilómetros, es desear su bienestar por encima del tuyo, cuando encuentras a tu pareja predestinada, tu lobo lo reconoce al instante: su aroma se vuelve tu aire, su voz tu guía y su tacto el único remedio para tu bestia. Tu cuerpo lo sabe antes que tu mente.

— ¿Y eso como se consigue? pregunté

— Se consigue después de nuestra primera Unión real dijo Caden. Sus palabras me dejaron sin aliento, pero antes de que pudiera responder, un trueno ensordecedor retumbó en las alturas, haciendo vibrar la tierra bajo nuestras botas.

En cuestión de segundos, las nubes densas y oscuras cubrieron el cielo de un tono gris plomizo, sofocando la luz de la tarde. El viento comenzó a soplar con una furia helada, levantando remolinos de polvo y hojas secas a nuestro alrededor.

Caden levantó la vista hacia la montaña. Su rostro cambió al instante, volviéndose rígido y alerta.

—Ivanna, necesito que corras —dijo, tomándome con fuerza de la mano.

—¿Por qué? —pregunté, sobresaltada por la urgencia en su voz.

—Viene una tormenta, y por lo que veo es muy grande. ¡Debemos correr ya!

Nos lanzamos a la carrera colina abajo con todas nuestras fuerzas. Sentíamos el viento helado empujándonos los pies mientras el cielo se desmoronaba en sombras sobre el desierto.

La casa de madera se veía a unos cientos de metros, pero la tempestad ganaba terreno a una velocidad aterradora, de pronto, un crujido seco resonó sobre nuestras cabezas.

Un árbol enorme cediéndose ante las ráfagas se vino abajo justo detrás de nosotros con un estruendo ensordecedor, levantando ramas y tierra por los aires.

Antes de que pudiera entrar en pánico, Caden me sujetó de la cintura, me levantó en brazos sin esfuerzo y apretó el paso, corriendo a una velocidad sobrehumana con el pecho agitado.

—¡Caden, puedo correr! ¡Bájame! —protesté, intentando zafarme mientras el viento nos azotaba la cara.

—¡No hay tiempo, Ivanna! Así es más rápido, y puedo protegerte mejor… no olvides que tengo más fuerza que tú—rugió él, rebasando el cercado de un solo salto.

Llegamos al pórtico de la casa justo cuando las primeras gotas gruesas comenzaban a golpear el techo. Caden abrió la puerta de un empujón, me dejó sobre mis pies en la sala y comenzó a atrancar la entrada principal.

De inmediato corrió por los pasillos, cerrando y asegurando las ventanas con gruesas maderas de protección para evitar que el viento rompiera los cristales.

—¡Doris! —grité en medio del estruendo de la lluvia que ya azotaba la madera—. ¡DORIS, ¿DÓNDE ESTÁS?!

Caden regresó a la sala, sacudiéndose el agua del cabello y mirándome con seriedad.

—No está en casa, ella y Dilan se fueron al pueblo esta tarde; su hijo estaba en el hotel y van a pasar la noche allá. En este momento estamos solos.

—¿Y los vaqueros? —pregunté, sintiendo un vuelco en el estómago—. ¿Dónde están Lance y Peter?

—Se fueron a jugar póker. Hoy es martes de solteros, así que no regresarán hasta mañana —respondió Caden, apoyando los brazos en sus caderas, mientras afuera el viento aullaba como una bestia desatada—. Estamos completamente solos aquí, Ivanna.