Capítulo 20
Luz de luna y agua fría
Caden
La primera luz del amanecer se coló con timidez por entre las rendijas de la ventana, se escuchaba a lo lejos, el canto rasgado del gallo que resonó en el patio, yo sabía que apenas estaba saliendo el primer rayo de sol, pero mi cuerpo estaba acostumbrado a despertar exactamente a esa hora, por eso amaba el rancho: un lobo nunca es perezoso y el trabajo aquí es una constante que te mantiene con vida.
Sin embargo, este día había algo completamente diferente en el ambiente, era un olor dulce y envolvente me llegó de golpe a los sentidos y el recuerdo del día anterior me inundó la cabeza: Ivanna estaba conmigo.
Sentí una mano firme y suave descansando directamente sobre mi pecho desnudo. Durante la noche, Ivanna se había rodado hacia mi lado; me estaba abrazando; su nariz estaba pegada a mi piel, inhalando mi aroma, y su pierna descansaba tibia entre mis muslos.
Mi lobo tomó el control en mi mente de inmediato, rugiendo con una fuerza salvaje: «¡Nos ha despertado del todo!
Marquémosla ahora. ¡Es el momento!». «Nooo», le ordené.
Intenté incorporarme, pero su calor era tan jodidamente agradable que decidí esperar un poco más, disfrutando de la sensación de tenerla contra mí.
Sopló un viento suave afuera y sentí exactamente el momento en que su respiración cambió.
Se volvió más rápida, más consciente. Ivanna abrió los ojos sobresaltada, tardó un segundo en procesar dónde se encontraba y, al darse cuenta de que estaba enredada en mi cuerpo, se quitó de encima disimuladamente y se hizo a un lado a toda prisa, pretendiendo que nada había pasado.
Sonreí para mis adentros, disfrutando de su pánico inocente. Abrí los ojos despacio, me incliné hacia ella, pegué mi boca a su oído y le susurré con voz ronca de recién despierto:
—Que consté que yo no fui el que se acercó durante la noche... Fuiste tú, princesa. Te lo digo para que dejes de disimular como que no te diste cuenta de dónde dormiste. Me levanté de la cama con una erección del tamaño del mundo marcándose en el bóxer y me dirigí directamente al baño.
—Una ducha de agua fría es lo que necesito —le dije a mi lobo para frenar la rabia del instinto. «¡Nooo! Lo que necesitas es a nuestra compañera. ¡Volvamos a la cama!», protestaba él, arañándome la cordura.
Me metí a la regadera y dejé que el chorro helado fuera bajando gradualmente la intensidad del calor que me quemaba por dentro.
A través de la ventana superior de la ducha miré hacia el cielo.
La Luna estaba desapareciendo lentamente en el horizonte desértico.
Al verla, le dije a mi bestia con firmeza:
—Pronto... No desesperes. La Luna marcará el momento adecuado; solo hay que tener paciencia.
Salí del baño ya vestida con mi ropa pesada de trabajo: vaqueros resistentes, botas y camisa de franela. Ivanna seguía en la cama, sentada y mirando de nuevo su Tablet, intentando hacerse la desentendida.
—Buenos días, princesa —le dije acomodándome el cuello de la camisa—.
Te espero abajo a desayunar, solo te suplico que no bajes con ese camisón...
o mis hombres terminarán muertos, y los aprecios de verdad.
Ivanna me miró con una mezcla de incredulidad y absoluto coraje, apretando la Tablet entre sus manos.
—En verdad eres un idiota, Caden, dijo mientras el salía de la habitación.