Capítulo 18
Risas, cenizas y guisados
Ivanna
El agua tibia de la tina me devolvió la vida al cuerpo, pero no logró acallar el enjambre de pensamientos que me rondaba la cabeza, al terminar de arreglarme, me puse unos vaqueros cómodos que había comprado en el pueblo, una camisa ligera de manga larga y mis botas nuevas.
Al verme al espejo, por primera vez en años no parecía una refugiada a punto de salir huyendo; parecía alguien asentada en su propio hogar.
Al bajar al comedor principal, el aroma a carne asada, Especias y pan recién horneado inundaba cada rincón.
La mesa larga de madera maciza ya estaba rodeada por Dilan, Peter, Lance y Bill —quien había venido desde el pueblo para ayudar a Dilan con el ganado antes de la tormenta—.
Doris iba y venía desde la cocina cargando enormes fuentes de comida.
Caden estaba sentado en la cabecera, vistiendo una camisa oscura que le remarcaba los hombros.
En cuanto me vio aparecer en las escaleras, se puso de pie, y todos los murmullos de la mesa se apagaron por un segundo.
—¡Vaya, miren a la patrona! —exclamó Peter, rompiendo el silencio con una sonrisa de oreja a oreja—. Le sientan bien las botas, señorita Ivanna, ya parece una verdadera ranchera de este lado del desierto.
—¡Y vaya que le cambió el genio al jefe! Ojalá siga aquí por mucho tiempo…—se burló Lance, sirviéndose un trozo gigante de carne—. Desde que bajaron del pueblo anda más tranquilo. Se ve que la caminata por el centro les sentó de maravilla a los dos.
—O que por fin alguien le puso un alto al patrón —agregó Bill guiñándome un ojo con complicidad mientras le daba un trago a su cerveza—.
Todavía me estoy riendo de la cara que puso la arpía de Brenda en la tienda.
¡No sabía dónde meterse cuando esta muchacha la puso en su lugar!
Sentí cómo el calor me subía a las mejillas.
Me senté a la derecha de Caden, intentando mantener la compostura mientras me servía un poco de guisado.
—Bill, te sugiero que te concentres en tu plato si no quieres regresar caminando a tu granja —advirtió Caden en tono bajo y grave, aunque el destello dorado en sus ojos delataba que estaba conteniendo una sonrisa.
Doris salió de la cocina con una jarra de limonada fresca y la golpeó suavemente contra la mesa frente a Bill.
—¡Ni se te ocurra defender a esa mujer en esta mesa, o le diré a Jean que te de una lección Bill!
Esa mujer es realmente insoportable, no hay una sola mujer en el pueblo que no la deteste.
—lo regañó Doris con las manos en la cintura—.
Ivanna hizo exactamente lo que cualquier mujer con dignidad habría hecho, además, Caden necesitaba que alguien le recordara que ya no es un solterón codiciado que puede andar con una y con otra, me alegro de que se pase la voz en el pueblo sobre eso.
—¡Ay, Doris! —se río Dilan desde el otro extremo de la mesa, tomando a su esposa suavemente por la cintura para que se sentara a su lado—. Deja en paz al muchacho. Ya bastante tiene con aprender a lidiar con una mujer de sangre caliente como él.
—Es verdad —dijo Peter con una sonrisa pícara, mirando a Caden—. Oye, jefe... si Ivanna te manda a dormir al sillón, avísanos para prepararte un catre en los establos. Ahí los caballos relinchan menos que Doris cuando se enoja, sino me crees pregúntale a Dilan, que ha dormido ahí muchas veces.
Toda la mesa soltó una carcajada sonora, e incluso yo no pude evitar dejar escapar una risita entre dientes.
Miré a Caden de reojo: aunque intentaba mantener su postura seria de Alfa y líder del rancho, la comisura de sus labios estaba completamente curvada hacia arriba, disfrutando de la calidez del momento.
—Sigan jugando con fuego, muchachos, que no se les olvide quien manda aquí —dijo Caden, tomando su copa—. Mañana a primera hora los quiero a todos en el potrero norte revisando las cercas antes de que la tormenta del viernes nos agarre con los brazos cruzados.
—¡Entendido, jefe! —respondieron Peter y Lance a coro, alzando sus vasos en un brindis improvisado.
Durante el resto de la cena, las risas, las historias sobre el ganado y las bromas pesadas llenaron el comedor.
Por primera vez en mucho tiempo, rodeada de esta extraña pero acogedora familia del desierto, sentí que el nudo en mi garganta empezaba a ceder...
aunque sabía que la verdadera tormenta apenas comenzaba al subir esas escaleras.