Capítulo 16
Las reglas del juego
Ivanna
—Si vamos a continuar con este absurdo acuerdo, Caden, más vale que aclaremos las cosas desde ahora —sentencié con voz firme—.
Vamos a poner reglas de convivencia, porque no pienso tolerar ni una sola de tus faltas de respeto.
Caden no despegó la mirada del camino de tierra, pero la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa inclinada y provocadora.
—¿Reglas, princesa? Me parece bien así que adelante, te escucho.
—Regla número uno: —dije, señalándolo con el índice— si insistes en mantener este compromiso, no puedes ir por ahí a divertirte con otras. Ni con Brenda, ni con las diseñadoras del avión, ni con nadie. No voy a ser el hazmerreír de este lugar mientras tú juegas a dos bandas.
Caden soltó un bufido bajo, divertido, pero asintió ligeramente con la cabeza.
—Aceptado. De todas formas, te dije antes que no hay otra mujer para mí desde que llegaste. ¿Qué más?
—Regla número dos: —continué, bajando la voz con una seriedad helada— no quiero que pienses siquiera en acercarte a mí cuando esté dormida.
La cama será enorme, pero cada uno se queda estrictamente de su lado.
Si intento despertarme y te veo demasiado cerca, no me voy a responsabilizar de lo que te haga.
—Entendido, nada de aproximación nocturna sin tu permiso —concedió con tono burlón—. ¿Y la tercera?
—Regla número tres: —lo miré a los ojos con todo el coraje que me quedaba— no voy a fingir nada ante nadie.
Cuando tenga ganas de gritarte, te voy a gritar, y si tus vaqueros o Doris piensan que soy un dolor de cabeza, me da exactamente igual, pero no voy a sonreírte por compromiso frente a la gente.
Caden redujo un poco la velocidad, apretando el volante con una sola mano mientras me miraba de reojo con esos ojos verde-dorados que chispeaban de pura satisfacción.
—Muy bien, Ivanna. Escuché tus condiciones... Ahora te toca escuchar las mías, porque esto va en ambas direcciones. Me acomodé en el asiento, achicando los ojos.
—A ver, habla de una vez…
—Mi primera regla: —dijo Caden, endureciendo la voz con esa autoridad innata que le salía sin esfuerzo— no vas a salir del rancho sola en ninguna circunstancia.
Linus y sus rastreadores siguen afuera. Si pones un pie fuera de los límites de esta propiedad sin mí o sin Dilan, me voy a encargar personalmente de regresarte a la casa, aunque tenga que cargarte a hombros frente a todos.
Apreté los dientes, pero sabía que en el fondo tenía razón sobre el peligro.
—Bien... ¿y qué más?
—Mi segunda regla: —continuó, inclinándose un poco hacia mi lado en el semáforo improvisado del cruce de caminos— vas a empezar a entrenar conmigo porque tu loba está despertando y no puedes seguir siendo una presa indefensa.
A partir de mañana, vas a aprender a defenderte como la Luna de este reino, te guste o no.
Tragué saliva, sintiendo un escalofrío al imaginarme entrenando a solas con él.
—¿Y la última? —pregunté tratando de sonar indiferente. Caden detuvo la camioneta por completo justo a la entrada del patio del rancho. Apagó el motor, se giró hacia mí por completo y me sostuvo la mirada con una intensidad que me robó el aliento.
—Mi tercera regla: —susurró con una voz grave y pausada que me erizó la piel— puedes gritarme, puedes odiarme y puedes ponerme la distancia que quieras durante el día...
pero cuando estemos a solas en esa habitación y sientas que tu loba me llama, no vas a salir huyendo.
Vas a mirarme a la cara y vas a aceptar que el vínculo entre los dos es tan real como el aire que estás respirando.
Nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente en la penumbra del vehículo, con el motor recién apagado y las reglas del juego bien marcadas entre los dos.