Capítulo 15
Tormenta en el desierto
Ivanna
¡Suéltame, Caden! Eres un desgraciado, no tienes ningún derecho sobre mi…—grité, intentando zafar mi muñeca de su agarre con un tirón violento, pero su mano era como un grillete de hierro.
—¡No me pidas que te suelte en medio de la calle, cuando estás montando un espectáculo!
Así que cálmate de una vez…—respondió él, con la voz grave resonando entre las paredes de madera de los locales comerciales.
Me giré de golpe para encararlo, sintiendo que la rabia acumulada de todo el viaje terminaba por explotar.
La luz del sol golpeaba sus ojos verdes, donde de nuevo destellaba ese tono dorado irrefutable de su loba.
—¡¿Yo estoy montando un espectáculo?! —solté una risa seca, llena de veneno—.
¡Tú eres el que me trae a un pueblo perdido en medio de la nada, hablándome de matrimonios arreglados, de herencias y de que soy tu compañera «predestinada», mientras le coqueteas a la primera mujer que se te cruza en el camino!
y ¡Apenas llegamos a este lugar, lo primero que pasa es, que me entero de que te has acostado con otra en el pueblo!
—¡Eso no es verdad y lo sabes! Ni siquiera te había visto en 10 años, no tienes que estar celosa…
—rugió Caden, acortando la distancia hasta que su aliento cálido me rozó la frente—.
Lo de Brenda fue mucho antes de saber que vendrías, antes de que tu madre me llamara.
¡No he estado con nadie desde que asumí el compromiso de buscarte!
—¡A mí no me importa lo que hiciste antes, Caden!
Tú no eres nada para mí, ni siquiera te conozco, estoy aquí solo porque es lo que mi familia quería.
—le grité de frente, encarando su imponente estatura sin dar un solo paso atrás—.
Lo que me da asco es tu maldita hipocresía.
Me exiges que actúe como tu novia frente a tus hombres, me encierras en tu habitación para cuidar las apariencias, ¿y cuando aparece tu amante de turno me dejas parada como una idiota mientras ella te acaricia?
¡No me interesan tus juegos de Alfa! Por mi puedes irte a freír espárragos si es lo que deseas.
Un par de habitantes del pueblo que caminaban por la acera de enfrente se detuvieron a mirar la escena, pero Caden no les prestó la menor atención.
Dio un paso más hacia mí, atrapándome entre su cuerpo y el lateral de la camioneta.
Su aroma a madera y tormenta se volvió sofocante, envolviéndome por completo.
—Escúchame bien, Ivanna —dijo, bajando la voz a un susurro peligroso y rasposo que me hizo vibrar el pecho—.
No soy un santo y nunca pretendí venderme como uno.
Pero te juro por la memoria de tu padre que a partir del día en que pisaste este país, no existirá otra mujer para mí que no seas tú.
Se lo que sientes porque yo también me puse furioso en el avión, cuando ese tipo te miraba, y sé que fue por celos.
Y hace un momento, si te pusiste hecha una fiera dentro de esa tienda... fue exactamente por lo mismo.
—¡Yo no estoy celosa! —mentí descaradamente, sintiendo cómo las mejillas me ardían de vergüenza y coraje.
—Tus ojos dicen lo contrario, princesa —sonrió de lado, con esa arrogancia destructiva que me enloquecía—. Tu loba rugió ahí adentro, lo sentí en el vínculo, sentí cómo querías marcar tu territorio.
Así que deja de negar lo que los dos sabemos que está pasando aquí, se acercó de golpe y atrapó sus labios, haciendo que el mundo girara en un torrente de energía que fluyó de manera descontrolada por mi estómago.
Luego, sin darme oportunidad de meditarlo, se apartó un par de centímetros y me abrió la puerta del copiloto con un gesto firme.
—Súbete a la camioneta. Porque nos volvemos al rancho ahora mismo. Lo miré con todo el odio que pude reunir, apreté la bolsa con mi ropa nueva contra mi pecho y subí al vehículo de un solo salto, azotando la puerta con todas mis fuerzas.
Caden rodeó la camioneta con pasos tranquilos, subió al lugar del conductor y encendió el motor, adentrándonos de nuevo en el camino de tierra desértico bajo un silencio denso y cargado de electricidad.