Capítulo 13
Polvo, celos y espuelas
Ivanna
El viaje hacia el pueblo transcurrió en un silencio tenso, el sol de la tarde castigaba con fuerza el desierto australiano, pintando el horizonte de un tono dorado y caluroso.
Caden manejaba la camioneta con una mano al volante, luciendo esa calma exasperante mientras yo trataba de procesar todo lo que me había dicho en el despacho. ¿Matrimonio arreglado? ¿Un convenio de negocios? ¿Mi loba llamándolo?
Apreté los puños sobre mi falda. Quería convencerme de que todo esto era una locura, una trampa de la que tenía que escapar, pero el simple recuerdo de su aroma cerca de mi cuello me hacía temblar.
Finalmente entramos a un pequeño pueblo rústico que parecía sacado de una película del viejo oeste.
Había construcciones de madera, un par de tabernas, una estación de gasolina y una tienda de artículos de marroquinería y ropa de campo con un enorme letrero de madera que decía «Outback Outfitters».
Caden estacionó la camioneta frente a la tienda, bajó y me abrió la puerta.
—Llegamos princesa —dijo en tono tranquilo—. Procura elegir cosas cómodas y resistentes, Ivanna. No estamos aquí para un desfile de modas.
—Ya entendí, no soy tan tonta, y no tienes que repetírmelo —respondí de mala gana, pasando a su lado sin mirarlo.
El interior de la tienda olía a cuero fresco, barniz y tela pesada, una anciana amable nos saludó desde el mostrador, mientras Caden la saludaba con un gesto de cabeza respetuoso.
Me dirigí directamente a la sección de calzado.
Había filas de botas vaqueras de todos los estilos, pero yo solo buscaba algo funcional que no me destruyera los tobillos en la tierra del rancho.
Me senté en un banco de madera, me despojé de uno de mis tacones de aguja con un suspiro de alivio y tomé una bota de cuero marrón para medírmela. Caden se quedó de pie a un par de metros, observándome con los brazos cruzados y esa mirada analítica que me ponía los nervios de punta.
De pronto, la puerta de la tienda se abrió con el sonido de unas campanillas, y una mujer entró dando zancadas decididas.
Era alta, de tez bronceada, cabello castaño ondulado y unas curvas pronunciadas que remarcaba con un ajuste perfecto en sus vaqueros y una camisa de cuadros desabotonada lo suficiente para llamar la atención. Era innegablemente guapa.
Apenas vio a Caden parado allí, sus ojos se iluminaron y una sonrisa coqueta se dibujó en sus labios. Ignoró por completo mi existencia y caminó directamente hacia él con un contoneo lento.
—¡Vaya, pero qué sorpresa tan agradable! —dijo la mujer con una voz rasposa y seductora—. Miren a quién nos encontramos por aquí... El misterioso dueño del rancho decidió bajar a la civilización, ¿Me buscabas? Justo en este momento necesito energía como la tuya guapo.
Caden no se movió de su posición, pero ladeó la cabeza con educación.
—Hola, Brenda ¿Cómo te va?
—Pensé que te habías olvidado de mí, guapo —continuó ella, dando un paso más hacia él y apoyando una mano con garras pintadas de rojo sobre el pecho de Caden—.
Hace semanas que no te dejas ver por el pueblo, te extrañe.
Sabes que en el bar siempre hay una mesa reservada para ti...
y si quieres que te haga compañía tengo tiempo…
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza a mil por hora, intenté encajar la bota en mi pie izquierdo con más fuerza de la necesaria, sintiendo cómo esa extraña voz en el fondo de mi mente —mi loba— volvía a despertar con un rugido de rabia pura.
«¿Quién es esa zorra? ¡Desvergonzada! ¡Quita tus sucias manos de NUESTRO hombre!
», gritó la bestia en mi cabeza, arañando la cordura de mis pensamientos.
Apreté los dientes para no soltar un gruñido real, me congelé en el banco mientras observaba la escena de reojo.
—He estado bastante ocupado con el trabajo en el rancho, Brenda —respondió Caden, manteniendo la voz neutra y sin apartar la mano de la mujer, aunque tampoco correspondiéndole el gesto.
—Demasiado trabajo no es bueno para el cuerpo, Caden...
—susurró la tal Brenda, inclinándose abiertamente hacia él, deslizando sus dedos por la camisa de él hasta rozarle el pecho—.
Un hombre como tú necesita desestresarse de vez en cuando.
¿Por qué no dejas las ocupaciones un rato y nos tomamos algo esta noche?
Te prometo que haré que valga la pena el viaje...
además hay que recuperar el tiempo perdido.
Caden sonrió de lado, esa sonrisa indescifrable que solía ponerme eufórica.
Estaba a punto de responder cuando no pude aguantar más.
—¡Oye, Caden! —interrumpí en voz alta, haciendo que el eco resonara en toda la tienda. Ambos giraron a verme, mientras Brenda me barrió de arriba abajo con una mirada despectiva, reparando en mi falda estrecha y el tacón tirado a mi lado.
—¿Pasa algo, Ivanna? —preguntó Caden, arqueando una ceja con evidente diversión en los ojos. Él sabía perfectamente lo que estaba sintiendo.
—Esta bota me queda apretada —dije tajante, sosteniendo el cuero con rabia—. Necesito que vengas a ayudarme a quitármela. ¡Ahora! Brenda soltó una risita sarcástica y miró a Caden.
—¿Y esta niñita quién es? ¿Tu sobrina?
Antes de que Caden pudiera hablar, me puse de pie sobre un solo tacón, erguida y con los puños apretados, sintiendo cómo los ojos me ardían con un calor desconocido. Mi voz salió más grave y dominante de lo que jamás había sonado en mi vida:
—Soy su prometida zorra por si no lo sabias. Y si no quieres que te enseñe modales, te sugiero que quites tu mano de su pecho antes de que te la arranque.
El silencio cayó pesado en la tienda, Brenda se quedó helada, abriendo los ojos de par en par mientras retiraba la mano lentamente, sorprendida por la ferocidad en mi mirada.
Caden, en cambio, dejó escapar un destello dorado en sus pupilas y una sonrisa abiertamente complacida se dibujó en sus labios. Su lobo estaba disfrutando cada segundo del espectáculo.
—Ya la escuchaste, Brenda —dijo Caden con voz pausada y cargada de satisfacción—. Mi mujer es un poco celosa... y no le gusta compartir.