Capítulo 10
La llegada al refugio
El polvo de la carretera terminó de asentarse mientras yo miraba por la ventana, tratando de calmar los latidos desbocados de mi corazón tras las palabras de Caden.
—Llegamos, bienvenida a tu reino, princesa… —anunció él, bajando del vehículo con la elegancia despreocupada que lo caracterizaba.
Rodeó la camioneta y me abrió la puerta. Antes de que intentara saltar para evitar que me tocara, Caden se adelantó y me sujetó de la cintura para bajarme suavemente. Un grupo de vaqueros que trabajaban cerca de la entrada principal detuvo sus labores al vernos.
—¡Vaya, vaya! ¡Miren lo que trajo el jefe! —exclamó uno de los hombres más jóvenes, secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa y soltando un silbido alto—. ¡Con razón desaparecía tanto tiempo! si yo tuviera ese bizcocho esperándome, tampoco saldría de la cama en un mes.
—¡Cállate, Peter! —se burló otro de los vaqueros, soltando una carcajada sonora mientras apoyaba los brazos en la cerca—.
Con un cuerpo así, dudó mucho que el jefe haya podido pegar un ojo en todo el viaje.
¡Dinos la verdad, Caden! ¿Te la trajiste para que te caliente las noches en este desierto helado o nomás para darnos envidia a los solterones?
Sentí cómo las mejillas me ardían al instante. Apreté los puños y estuve a punto de responderles con toda la furia que llevaba acumulada, pero la voz helada de Caden resonó antes de que pudiera articular palabra.
—Un comentario más fuera de lugar y los pongo a limpiar los establos a cepillo de dientes durante un mes —sentenció Caden, dando un paso al frente con una postura tan imponente que los vaqueros cerraron la boca de inmediato, aunque no sin antes intercambiar miradas pícaras y risitas entre dientes.
—¡Ya estuvo bueno, muchachos! Muéstrenle algo de respeto a la señorita y al patrón —intervino una voz firme y profunda.
Un hombre mayor, de cabello canoso, pero de contextura fuerte y rostro curtido por el sol del desierto, caminó hacia nosotros a pasos tranquilos.
Era el capataz, le dio una mirada de advertencia a los vaqueros y luego se quitó el sombrero de ala ancha, inclinando la cabeza con impecable educación.
—Disculpe a estos bárbaros, señorita, pasamos tanto tiempo viendo nada más que tierra y ganado que se les olvidan los modales —dijo el hombre con una sonrisa amable—. Soy Dilan, el capataz de este lugar. Sea usted muy bienvenida al rancho. Es un verdadero placer conocerla.
—Muchas gracias, Dilan. Soy Ivanna —respondí, respirando aliviada por encontrar un poco de cordura entre tanto hombre salvaje.
En ese momento, la puerta principal de la casa de madera se abrió de par en par, de ahí salió una mujer madura de rostro cálido y rechoncho, limpiándose las manos con prisa en el delantal de cocina que llevaba puesto.
—¡Pero ¡qué ven mis ojos! —exclamó Doris, saludando con entusiasmo contenida y una enorme sonrisa dibujada en el rostro—.
¡Por fin! ¡Ya era hora de que este hombre trajera una mujer a esta casa!
vaya que le hacía falta un toque femenino a esta cueva de solterones, Doris se acercó a mí sin dudarlo y me tomó afectuosamente de las manos, examinándome con ojos llenos de ternura.
—Mírate nada más, ¡qué muchacha tan hermosa!
Debes estar exhausta después de ese viaje tan largo y caluroso —dijo la buena mujer, ignorando olímpicamente la postura rígida de Caden—.
Deja que este muchacho baje tus maletas.
Ven conmigo, mi niña, te llevaré a tu habitación para que puedas refrescarte y descansar un poco.
—Te lo agradecería muchísimo, Doris —dije, regalándole una sonrisa sincera, feliz de alejarme de Caden y de los vaqueros burlones por un momento.
Eché una última mirada de reojo a Caden, quien simplemente se limitó a asentir con la cabeza en mi dirección mientras tomaba mi equipaje.
Seguí a Doris hacia el interior de la casa, sintiendo cómo la calidez de la madera y el aroma a comida casera me envolvían, alejándome por fin de la tensión de la carretera.
—Por aquí, Ivanna —me guio Doris subiendo unas escaleras de madera firme—.
Su habitación esta arriba subiendo al fondo.
Está recién preparada y es la más cómoda de la casa, Caden necesita mucho espacio para dormir...
ahora si me disculpan un momento tengo que ir a la cocina a voltear la comida antes de que se queme, me gire de inmediato observando a Caden que sonreía con cara de satisfacción observando mi reacción ante el descubrimiento de que era el lugar habitual donde él dormía.