El rey Alfa y su Luna desterrada (Hombres Lobos el poder de la sangre nº 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

Habían pasado más de seis horas de vuelo, y el cansancio acumulado junto con el hastío empezaron a hacer estragos en mi cuerpo. Sentía la espalda rígida y la necesidad urgente de moverme.

—¿Me permite pasar? —le dije al extraño, intentando usar un tono neutro.

Él se levantó de inmediato, cediéndome el paso en silencio, me alejé de la fila y caminé por el pasillo central en dirección al baño. En el camino, un hombre de mediana edad que me vio pasar me llamó la atención con una sonrisa amable.

—¡Hey, preciosa! ¿Estás aburrida? ¿No quieres jugar póker conmigo?

Se veía agradable, un tipo simpático, aunque era evidente que era bastante más grande que yo, asentí sin pensarlo mucho; cualquier cosa era mejor que volver a mi asiento a lidiar con la tensión.

Me senté a su lado, en el lugar vacío del pasillo, Él desplegó la mesa del respaldo, sacó una baraja y me repartió cinco cartas.

—La verdad es que no sé jugar póker —admití mientras las recogía—, pero estoy algo aburrida.

El hombre sonrió con paciencia y se inclinó un poco.

—Mira, hermosa, te explico: el chiste del póker es formar pares, tercias, póker o corridas, mientras más altas son las cartas, mejor es tu jugada. Ves las cartas que te tocaron y puedes cambiarlas por otras de la baraja. Se supone que apuestas de acuerdo con la mano que te toque. ¿Quedó claro?

—Entendido —asentí.

Miré mis cartas con interés, todas eran de figuras totalmente diferentes.

—Creo que no tengo nada... —murmuré.

De pronto, sentí una presencia imponente justo detrás de mí, un aliento cálido resonaba en mi nuca, sentí un escalofrío recorrer mi espalda cuando una sombra alta se proyectó sobre la mesita y esa voz profunda resonó sobre mi cabeza:

—Espera, no cambies esas cartas, es una buena mano— giré el rostro y vi al extraño de ojos verdes parado a mi espalda, observando mis cartas.

El hombre amable del póker lo miró con el ceño fruncido, claramente molesto por la interrupción —¿Y usted es...? —preguntó el jugador.

El extraño que acababa de conocer en el avión respondió sin titubear, con una firmeza que helaba la sangre: —Soy su compañero.

Abrí la boca para protestar de inmediato, estaba a punto de decirle que se fuera por donde había venido y que no era nadie para atribuirse ese título, pero el hombre de las cartas suspiró y asintió.

—Lo entiendo... Ya se me hacía demasiado bueno para ser verdad.

El extraño dio un paso al frente y le dijo en tono cortante:

—Sí, es mejor que veas hacia otra parte, esta chica es mi mujer.

—¡Oye! —le dije al extraño, poniéndome de pie de un brinco y encarándolo—. ¿Tú qué te crees? ¡Yo no vengo contigo! Ni siquiera te conozco.

En ese segundo, la mirada del extraño volvió a encenderse con ese destello dorado irrefutable, su tono se volvió helado, categórico:

—Si vienes conmigo… aunque no lo sepas, fui quien pagó tu boleto, te sentó junto a mí, y estoy aquí para cuidarte, así que camina de una buena vez.

Me tomó firmemente del brazo y me hizo levantarme. Lo seguí de mala gana, moviéndome excesivamente para liberarme de su agarre mientras caminábamos por el pasillo.

—¡Oye! ¡Suéltame, eres un aprovechado, además quiero ir al baño, por eso me levanté del asiento en primer lugar! Se detuvo en seco frente a las puertas de los sanitarios, soltó mi brazo y señaló la puerta con un gesto seco.

—Entra de una vez, y más vale que sea rápido porque no tengo paciencia para tus jueguitos de seducción con el primer tipo que se te cruce.

Otra vez quise protestar, dispuesta a gritarle cuatro cosas en la cara, pero él no me dio tiempo. Se acercó a mí rápidamente, acortando cualquier distancia hasta quedar a escasos milímetros de mi oído. Sentí su aliento tibio y su aroma intenso rozándome la piel mientras susurraba:

—No quería tener que hacer esto de esta manera, pero te lo diré fácil: yo soy Caden.

Y soy precisamente la persona que vienes a buscar, soy el protector que asignó tu familia para cuidarte, y aunque no te guste la idea, tendrás que acostumbrarte porque estarás muy cerca de mí, y soy el único capaz de defenderte ante los enemigos de tu legado.

Dicho esto, dio un paso atrás y me hizo una seña firme hacia el interior del baño, entré como un autómata, cerré el pestillo y me apoyé contra la puerta con el corazón palpitando a mil por hora, sentía los latidos retumbando directamente en mis oídos, me acerqué al lavabo y observé mi reflejo en el espejo, mientras las mejillas me ardían y las manos me temblaban.

Dios mío... ¿en qué diablos me he metido?, Ese tipo es un mandón, controlador, y desagradable entrometido pensé con pánico. Si es el hombre de confianza de mis padres, el chico al que mi padre protegió... ¿por qué no me lo dijo desde el principio? ¿Por qué ocultarme su identidad todo este tiempo?