Capítulo 3
La comida llegó unos minutos después. La azafata colocó frente a mí una charola con un filete grueso que estaba demasiado sangriento para mi gusto.
—A quien en su sano juicio le gusta la carne cruda? Dije luego lo miré con una mueca de asco, así que pasé de largo la carne, tomé el tenedor y me concentré únicamente en las verduras que la acompañaban.
Después, tomé el panecillo, despegué la envoltura de la mantequilla, la unté generosamente sobre el pan, lo cubrí con una buena porción de puré de papas y me lo llevé a la boca.
¡Estoy hambrienta!, dijo una voz dentro de mí, la cual calle masticando con ganas.
Mientras como tranquilamente, siento una mirada fija sobre mí, no era una mirada dura, sino una mezcla de diversión y clara sorpresa. A mi lado, el hombre ni siquiera había tocado su comida; solo me observa con cierto agrado contenido.
Este hombre está completamente loco, dijo la voz en mi cabeza. Así que me hice la que no veía absolutamente nada y continué comiendo.
Finalmente, dejé en el plato la mitad del filete completamente intacta. El hombre rompió el silencio, mirándome de lado.
—¿No va a comer eso?
—Nooo —le dije en seco—. Es que está crudo.
—¿Y por qué no le dijo a la señorita que lo quería bien cocido? —preguntó alzando una ceja—. ¿Así es siempre usted? ¿Prefiere evitar problemas antes que explicar lo que necesita?
Lo miré con un tinte de rencor.
—Es que no se me ocurrió... disculpe. —Fruncí el ceño de inmediato, reaccionando ante mi propia respuesta—. La verdad no sé por qué me disculpo con usted. Si somos sinceros, ¿a usted qué le importa lo que yo coma o no? Usted no me conoce, no es mi amigo, no viene conmigo. Déjeme dormir.
Me volví hacia la ventanilla, indignada. Escuché una sonora y profunda carcajada a mi espalda.
—Vaya carácter que tiene la princesa —dijo con ironía—. Se nota que siempre le han cumplido todos sus caprichos...
Cuando dijo eso, no pude resistirme, me giré de golpe y lo encaré cara a cara.
—Mire usted, tipo creído: usted no me conoce, no tiene ningún derecho de hacer conjeturas sobre mi vida, porque le garantizo que ni se imagina lo que yo he vivido desde niña.
Cuando dije eso, ocurrió algo que me heló la sangre: los ojos del hombre se iluminaron con un destello amarillo dorado.
En ese preciso instante, algo dentro de mí reaccionó, probablemente mi sentido de loba, que había permanecido dormido durante tanto tiempo, mi corazón dio un vuelco salvaje, algo sumamente extraño ocurría con ese hombre, pero no era el momento de averiguarlo.
Él me sostuvo la mirada y, con una voz extrañamente grave, dijo:
—Créame que tengo una idea de cómo ha sido su vida... Pero no se preocupe, no la molestaré más, así que duérmase.
El acomodó su asiento hacia atrás y cerró los ojos. Hice exactamente lo mismo, recostándome contra el respaldo mientras maldecía en silencio a mi compañero de asiento.
Cerré los ojos intentando desconectarme, de todo lo ocurrido en días recientes, creí que me costaría trabajo dormir, pero el cansancio y la tensión me vencieron. De pronto, imágenes del pasado comenzaron a invadir mi mente, vívidas e inevitables.
Tenía catorce años, mi padre, Axel, había llegado a casa agitado, diciendo que necesitaba que me echara encima una opción anti-lobo para ocultar nuestro rastro.
Lo hice sin dudar, y él hizo lo mismo de inmediato, nos pegamos a la pared junto a la ventana y vimos pasar a dos guardianes vestidos con trajes y lentes oscuros; llevaban un artefacto extraño con el que rastreaban el ambiente. Por suerte, no notaron nada y siguieron caminando.
Mi padre se giró hacia nosotros con urgencia.
—Nos vamos ahora mismo, ha llegado el momento de cambiar de residencia así que corre y haz las maletas —le dijo a mi madre mientras corría a la cocina.
Yo era una adolescente y estaba furiosa asi que le grité
—¿Por qué tenemos que irnos otra vez? ¡Estoy harta! por primera vez en la vida tengo amigos en el colegio— dije enojada, mientras algo en mi cabeza decía y, también por primera vez, nos gusta un chico: Rafe, que es un jugador de baloncesto, muy guapo, aunque él no nos mira, podemos conquistarle.
—¡No me quiero ir! Déjame quedarme papá… —le grité llorando. Fue la primera vez que mi padre me habló con la voz de su rango.
—Ivanna, esto no es una elección, debes entender que tú no eres una humana, eres una princesa del reino de los Lobos, y aunque no te hayas transformado aún, algún día sucederá—dijo firmemente—.
El irnos de aquí, es por tu propio bien, porque si te encuentran ahora, tendrás que casarte con alguien despreciable.
— ¿Realmente quieres quedarte para que eso ocurra?
Quizá no recuerdes porque fuimos desterrados, pero te lo diré claramente, Mi enemigo Linux, quería que fueras la Luna de su hijo, a él no le importaba que fueras una niña, y por protegerte mataron a mi mejor amigo, por ese motivo, su hijo y su esposa se quedaron solos en el mundo, además tu madre y yo nos quedamos sin nuestro territorio, para algunos hubiera sido más fácil entregarte…
. Pero yo no voy a permitir que eso ocurra por lo menos mientras este con vida, pero algún día yo no estaré y tendrás que protegerte Sola.
Lo miré asustada y negué con la cabeza, el recuerdo era demasiado nítido, mi padre nunca había sido tan claro en algo, fue uno de los peores recuerdos de mi juventud, porque lloré todo el trayecto a nuestra nueva casa, me negaba a admitir que nunca tendría lo mismo que las otras chicas de mi edad, estaba condenada a una vida sin amistades o amor, y eso era tan desgarrador que empecé a hablar entre sueños en medio de la cabina del avión:
—No, papá ... no lo permitas... No quiero casarme con nadie, papá... Papá, no te vayas... Yo no quiero quedarme sola, mamá abre los ojos, no te vayas también...
De pronto, unas manos fuertes y ligeramente callosas me sujetaron suavemente de los hombros, moviéndome mientras una voz profunda resonaba muy cerca de mi oído:
—Despierte, señorita... despierte. Creo que está soñando.
Abrí los ojos de golpe, sobresaltada y con el corazón en la garganta, para encontrarme con ese par de ojos verde-dorados mirándome fijamente, a escasos centímetros de mi rostro.