Capítulo 1
El último aliento
Tuve que buscar una alternativa para sus restos, lo cual fue sumamente doloroso; en ese instante. Pienso que quizá sería más fácil si tuviera a una persona en quien confiar, pero no es así, porque estoy completamente sola.
El funeral fue sencillo, me entregaron sus cenizas en una urna pequeña dentro de la capilla del mismo hospital, mientras una enfermera trataba de consolar mis lágrimas con frases de ánimo gastadas.
—Sé que estás sufriendo, pero te prometo que todo pasará —me dijo con voz suave—. Ahora debes seguir adelante, estoy segura de que tu madre lo desearía.
Miré a la enfermera, asentí en silencio y apenas pude articular un:
—Gracias...
Con lo que quedaba de mi familia entre las manos, tomé el autobús de regreso a mi pequeño apartamento, el lugar era realmente triste, carente de calidez; no había muchos recuerdos personales en él.
Miré alrededor y mi vista se enfocó en la mesa del escritorio. Ahí brillaba la espada de mi padre, bajo ella, descasaba una caja con el dije de mariposa con luna perteneciente a mi abuela, y a un lado, un unicornio de peluche: el único objeto que guardaba de mi antigua vida.
Lo había conservado porque era pequeño, del tamaño de la mitad de la palma de mi mano, un fragmento de mi infancia intacto.
Me senté mirando al vacío mientras una lágrima se derramaba por mi mejilla. Me pregunté a mí misma: ¿Y ahora qué sigue?
Luego recordé la promesa.
—Bueno, mamá... —murmuré al aire—, puede que sea un error buscar a tu guerrero. La verdad no creo que quiera ayudarme porque ni me conoce siquiera, pero cuando me rechace, yo habré cumplido mi promesa.
Decidida, tomé algunas cosas y saqué mi maleta. Empecé a llenarla con lo poco que tenía, abrí el tercer cajón del escritorio y ahí estaba: una libreta negra con letras doradas en la portada que decía El Rey Lobo.
Nunca había visto ese libro, en la primera página observé la fecha era de hace casi cuarenta años, decía «DÍA 1» reconocí de inmediato la letra de mi madre, y empecé a leer el contenido.
«Hoy ha sido un día grandioso, estamos llegando a nuestra casa nueva. Axel me giró en sus brazos cuando supo que estaba embarazada, me siento mareada y hambrienta, sé que esto es bueno, pero las responsabilidades de él son demasiadas.»
Pasé la página al «DÍA 2».
«Hoy fui de nuevo con la sanadora y me hizo la prueba del péndulo; dice que será una niña.
Le dije a Axel y estaba feliz, pero todo se interrumpió cuando se enteró de que uno de sus guerreros, Linus, atacó un pueblo humano. Él está furioso...»
Suspiré hondo. Era el diario de mi madre. No me sentía con ánimos para continuar leyendo su pasado, así que simplemente lo hojeé. De pronto, entre las páginas, encontré un pequeño documento suelto. Decía: «Caden, el nuevo rey».
Me reí amargamente para mis adentros; él no era un rey, era solo un omega cuando lo vi por última vez, abajo había una nota manuscrita: «Solo llamar a este número en una emergencia», seguida de un número con prefijo de Inglaterra.
Tomé el teléfono con manos temblorosas y lo marqué. Esperé en la línea mientras la llamada enlazaba. Sonó tres veces, luego, una voz ronca y profundamente masculina resonó al otro lado.
—¿Diga?
Titubeé, sintiendo que el aliento se me escapaba.
—H-Hola... Soy Ivanna Kingston, no sé si me recuerdes... solo te llamo porque estoy cumpliendo una promesa que le hice a mi madre en su lecho de muerte, me dijo que quizá tú podrías ayudarme a irme de este lugar...
El silencio prevaleció al otro lado de la línea. Un silencio denso, pesado. Luego, escuché un suspiro prolongado.
—Sí... —dijo la voz—. Te recuerdo, Ivanna. ¿Dónde estás?
—En Knoxville —respondí rápido.
—Muy bien. Necesito que me envíes un correo a [email protected] Te enviaré unos boletos de avión, es más fácil. Si no te han encontrado ahí todavía, significa que no hay rastreadores cerca.
—Muy bien —dije, tratando de procesar todo—. Te escribo en un momento.
—Ivanna... —la voz hizo una pausa gravitacional—. Si no me escribes en cinco minutos, iré a buscarte... así que apresúrate.
—Entendido —dije.
Colgué la llamada inmediatamente. Abrí mi laptop con torpeza y envié un correo relámpago, solo puse: «Hola...».
No pasó ni un minuto cuando la respuesta llegó a mi bandeja de entrada:
«Ya reservé el vuelo. Sales en 2 horas, no llegues tarde.»
Abrí el archivo anexo, era un boleto de avión con destino a... Australia.
Me extrañé por completo. ¿No estaba en Inglaterra?, pensé. Bueno, supongo que está bien; en este punto, cualquier lugar lejos de aquí es perfecto.
Miré el reloj de la pared. Solicité la aplicación de Uber en mi teléfono y, en cuestión de minutos, el auto tocó el claxon afuera, tomé mi maleta, me subí al coche y, en poco tiempo, ya estaba en la terminal aérea lista para dejar mi vida atrás.
El eco del juramento
Caden
Estaba en las afueras de Tennessee, rodeado por la inmensidad del Parque Nacional de las Grandes Montañas Humeantes, donde se celebraba una convención de Alfas. Mi presencia allí era obligada: desde la muerte del Rey Lobo, Axel, me habían encomendado las funciones del reinado.
A pesar de ser desterrado de la mayor parte de su territorio, las posesiones del rey eran inmensas, y en los últimos años yo había conseguido nuevas negociaciones con el consorcio.
Después de lo que había ocurrido cuando era un muchacho, el Rey demostró que me cuidaría tal como prometió el día en que mi padre fue asesinado frente a mis ojos.
Me envió a estudiar a un internado inglés, un lugar donde la cultura mística de los hombres lobo era una de las más importantes y respetadas del mundo. Ahí mi vida cambió radicalmente.
Mi madre me acompañó inicialmente y se estableció a las afueras del pueblo de Winchester, en Hampshire, donde se encuentra el Winchester College, al que asistí hasta terminar mi formación profesional.
Después de la persecución que sufrió la familia del Rey Axel, él vino a visitarme un día al salir de la escuela. Me explicó todo lo que había sucedido en América y me pidió que cuidara lo que más preciaba en la vida: su familia.
En ese momento acababa de descubrir que estaba gravemente enfermo y necesitaba delegar sus funciones como Alfa de la manada y como Rey.
Para mi sorpresa, me nombró su sucesor, pero con una condición innegociable: la Luna de mi manada debía ser su única hija, Ivanna.
Yo no la veía desde que tenía quince años en aquel momento, ella era solo una niña que jugaba con muñecas, aunque sumamente hermosa con su cabello rubio alborotado y sus ojos color aquí.
No estaba seguro de que fuera a gustarme de grande; sin embargo, no podía negarle mi apoyo a quien en ese momento consideraba mi padre adoptivo, así que acepté.
Permití que me marcara como parte de su familia, convirtiéndome en Alfa heredero, después de todo yo era descendiente de un Alfa de sangre pura.
Mi rango ascendió de guerrero a Líder de la manada automáticamente, sabía que lo había hecho principalmente porque mi deseo de venganza contra Linus era casi tan grande como el suyo.
Desde ese momento me inmiscuí en sus negocios legales, esperando pacientemente el momento para todo lo que debía venir después.
La enfermedad consumió al Rey en dos años. Cuando falleció, aún no era mi momento de aparecer en el radar de su familia.
Acudí únicamente a la breve ceremonia de despedida en aquella capilla donde apenas había gente. Su esposa y su hija estaban de pie junto al féretro, ambas llorando inconsolables. Yo estaba profundamente triste, pero mi mirada no podía apartarse de ella.
Su belleza era realmente impactante. Su piel, blanca como la leche, resaltaba aún más que antes con esos ojos que nunca había podido olvidar...
los mismos ojos que vi bajo la cama aquel fatídico día y que me atormentaron durante años, haciéndome pensar que, si la hubiese descubierto, quizás mi padre estaría vivo. Pero no había vuelta atrás.
Mi lobo se deleitó al observarla y aulló en mi interior repleto de júbilo.
«Mírala, es hermosa, y es nuestra compañera, es nuestra, es mía. Debemos reclamarla», rugió con posesividad.
«No», le respondí tajante a mi lobo. «No es el momento».
«Queremos olerla», protestó él.
«¡No! No es el momento, debemos esperar».
Mi lobo aulló de frustración, pero terminó aceptando mi dominio.
Después de ese día, mi vida se convirtió en una espiral de problemas que resolver, viajaba constantemente entre las diferentes filiales del mundo, pero siempre me daba el tiempo para ir a verla, aunque fuera de lejos, en cada lugar donde ellas intentaban rehacer su vida, uno de mis hombres tenía la orden de cuidarlas de forma incógnita.
Durante ese tiempo, su madre la reina, sí mantenía contacto conmigo y con la mía, quien lamentablemente había muerto un año atrás.
La madre de Ivanna siempre le enviaba a la mía, una cantidad de dinero para salir adelante, pero todo había cambiado hacía unos días, cuando recibí aquella llamada que me desconcertó.
La Reina Aisha con voz débil, me dijo que estaba enferma en fase terminal y que su hija se quedaría sola en el mundo.
Le di el número de teléfono de emergencias y le pedí que le dijera a Ivanna que me llamara cuando llegara el momento.
—Gracias, Caden... Me deja más tranquila saber que la cuidarás —me dijo la madre de Ivanna antes de despedirse—. Ella es delicada, debes cuidarla... aunque tiene mucho carácter, debes aprender a comunicarte con ella, o te dejará a la primera oportunidad.
—Lo haré —le prometí antes de que colgara la llamada.
Tan solo tres días después, mi teléfono de emergencias sonó. Al contestar, escuché la voz de Ivanna.
—Mi madre dijo que podrías ayudarme a escapar —dijo, con un hilo de voz temblorosa.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En Knoxville.
—Bien, te enviaré unos boletos por correo —le respondí.
Abrí la laptop inmediatamente y le envié un par de boletos con destino a Australia, justo donde se encuentra mi rancho personal: mi refugio, mi escape de todo.
El único lugar en el mundo donde sabía que nada le pasaría, porque nadie en la sociedad de las manadas conocía de su existencia, además en aquel lugar los humanos me habían aceptado como uno más de su comunidad, pese a mi naturaleza.
—Sales en dos horas —le escribí.
Cerré la computadora, tomé un vehículo y me dirigí a toda prisa hacia el aeropuerto, cuando llegué, la vi desde lejos mientras documentaba un paquete. No me acerqué; simplemente me deleité con su presencia, dedicándome a observarla en silencio, así que ahí estaba.
Mi lobo volvió a hablar dentro de mi mente, ansioso:
«Por fin... ha llegado el momento. Ahí está nuestra compañera, marquémosla». «Todavía no», le advertí. «Debemos acercarnos», insistió.
«Lo haré a mi manera», le dije para calmarlo.
Abordé el avión sin dirigirle la palabra y me senté en el asiento contiguo que había reservado para ir a su lado. Ella no tenía ni la menor idea de quién era, eso era más que evidente.
Sonreí para mis adentros mientras la veía acomodarse a mi lado. Era mucho mejor así... Cuando aterrizáramos en Australia, le diría exactamente quién era yo.