QUINTA PARTE
Un avión de EGYPTAIR aterriza en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Una pasajera sale de la terminal, es recibida por el chófer de un coche oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores, que la lleva directamente al despacho del ministro.
—Buenos días teniente Ulloa. Quería ser el primero en felicitarla por su excelente trabajo, será usted ascendida a capitán dentro de su mismo destino, además cuente con un permiso de quince días a su disposición cuando usted quiera.
—Muchas gracias, señor ministro. Lo que quiero ahora es reincorporarme a mi puesto en la científica.
Terminada la reunión, Mercedes se va a su casa. Cuando entra, se tumba en el sofá y exhala un profundo suspiro. La tranquilidad de haber vuelto se manifiesta en todo su esplendor.
Después de una ducha y vestirse elegantemente se reúne con amigos suyos para compartir una cena con ellos.
Al día siguiente, regresa a su lugar de trabajo, donde es recibida por sus compañeros. Casi sin darse cuenta, se integra de nuevo en su quehacer cotidiano.
Pasados unos días, una noche llega a su casa, se prepara una cena ligera y se acuesta, pero a medianoche se despierta.
En el exterior se ha desatado una tormenta.
Le cuesta volver a dormirse, pues el ruido de la lluvia no se lo permite.
Estando en esta situación, le parece escuchar que alguien hurga en la cerradura de su puerta.
Presta atención y oye cómo alguien sigilosamente se acerca a su habitación.
Como vive sola, siempre tiene una pistola en el cajón de su mesita de noche.
La coge con cautela y, cuando una sombra traspasa el umbral de su cuarto, enciende la luz y dispara al intruso.
Casi al mismo tiempo, se oyen dos disparos más.
Entonces se percata de que ella ha disparado a un impostor, pero en realidad eran tres hombres los que habían entrado en su casa.
Se levanta y llama a la policía, que acude inmediatamente.
Cuando los agentes entran, el panorama es que entre la entrada de su habitación y el pasillo hay tres cadáveres.
—Soy el inspector Morales. Nos conocimos cuando empezó el caso del robo del museo.
—Me acuerdo.
—Capitana Ulloa, ¿está usted bien?
—Sí, afortunadamente la lluvia me despertó, si no estaría muerta.
Hasta media mañana, el trasiego de gente es importante: el inspector, sus agentes, la forense, el juez de guardia, los de la funeraria, sus compañeros de la científica, los de la limpieza. No obstante, al mediodía la calma regresa a la vivienda.
Por la tarde, se va a su trabajo. Quiere hacer ella misma la investigación, ver las huellas, descubrir a quién pertenecen, pero resulta que no hay nada.
Dos días más tarde, el inspector Morales la llama por teléfono para que se reúna con él y la forense en comisaría.
—Capitana Ulloa, supongo que ya vio que sus atacantes tenían rasgos orientales, no tenían ningún tipo de identificación, pero la forense saco huellas y ADN de los cadáveres, y usted misma los analizó, creo tendrá los resultados en unos días, ya que en las bases españolas no encontró ninguna coincidencia, ha pedido ayuda a agencias internacionales.
Por favor infórmeme cuando tenga resultados.
La doctora quiere contarle un misterio, haber a usted que le parece.
—Capitana, de los tres cuerpos, uno, que iba el primero, presentaba un disparo en el pecho.
Usted le disparó de frente; la bala que extraímos era, sin duda, de su arma.
Pero los otros dos tenían un disparo en la cabeza, en el occipital, o sea que les dispararon por la espalda, y las balas no son de su arma, lo que nos lleva a pensar que hubo otro tirador.
—Les puedo asegurar que estaba sola, no tengo asignada escolta, no tengo ni idea de quien pudo disparar, quizás un cuarto que fuera con ellos y los traicionó o era un pardillo que se le escaparon dos tiros.
—No, era alguien que sabía lo que hacía. Fueron hechos desde muy cerca y con seguridad. Los agresores no llevaban pistolas, solo cuchillos, supongo que para no hacer ruido.
—Cuando buscamos huellas en la puerta y en casa, solo había las mías; en la escalera y el ascensor eran de algunos vecinos. Ninguna más.
—¿Tienes idea o sospechas de alguien que quiera matarte? ¿Alguien relacionado con el caso del canopo con el que has estado trabajando?
—Las joyas que nos robaron y después recuperamos implicaron eliminar un clan mafioso japonés. No sé si habrá alguna conexión.
— Los que te atacaron eran orientales, posiblemente japoneses. Cuando los identifiquemos, lo sabremos seguro.
—Pues esperaremos los resultados.
—Te asignaré vigilancia, hasta que esto se aclare.
—No quiero guardaespaldas, sé cuidarme.
—No necesito tu permiso, te pondré escolta continua, día y noche, quieras o no.
Pasados tres días.
—Inspector Morales, hemos recibido los resultados de las huellas y ADN, nos ha respondido la policía japonesa, allí tienen numerosos antecedentes, al parecer eran sicarios que contratan las mafias japonesas, le mando la documentación por si quiere indagar más.
Esto está relacionado con la familia Hikaru, tendré que hablar con Japón, me huele a venganza.
—Siga informándome.
Cuando termina su trabajo, se va a su casa. A pesar de que son discretos, nota la presencia de sus escoltas. Reconoce que le da cierta tranquilidad.
Entra en su casa, que está ligeramente en penumbra. Va al salón, abre las cortinas y se sobresalta: en uno de los sillones hay un hombre sentado. Enciende una luz y se miran fijamente.
—¿Naser?
— Si, soy yo.
—¿Pero no estabas muerto?
—Te cuento, cuando fui al hospital para que me curaran las heridas que nos causo el ataque de Astaroth, recibí un soplo anónimo, un clan muy afín a la familia Hikaru, quería eliminarte como venganza a que tu mataste al cabecilla y desmantelaste su organización, entonces simule mi muerte y así actuar y vigilar desde la sombra sus movimientos, como se que sus actuaciones son internacionales, cuando regresaste a Madrid yo también vine, todos estos días siempre he estado cerca de ti, vigilándote, cuando el otro día entraron en tu casa yo entre detrás suyo, fui yo quien disparó a los otros dos, después desaparecí, veo que te han puesto escolta, pero tranquila yo seguiré vigilando.
—Estoy tan contenta de verte, pero no podemos estar siempre así, esta gente no parará de intentarlo hasta que consigan matarme. ¿Qué has pensado? Explícamelo mientras cenamos.
—Está claro que lo volverán a intentar, te propongo que me instale aquí en tu casa, dormiré en el sofá, cuando vayas a trabajar o por la calle estaré siempre contigo, pero creo deberíamos tomarnos en serio la amenaza, deberíamos ir al Japón y eliminar el peligro en su origen.
—Tengo un permiso de quince días, pero informaré a mis superiores, sin nombrarte, de que tengo que eliminar la amenaza.
—Estoy esperando que un confidente mío de El Cairo contacte con gente que conoce en Tokio y me diga quién o quiénes quieren atentar contra ti.
—Mañana planearemos el viaje y pasado mañana nos vamos.
—No corras tanto.
Mientras Mercedes trabaja, Naser planea el viaje.
Cree que lo mejor será ir a Rusia y de allí al Japón, pero de forma clandestina, pues los clanes controlan, cuando les interesa, quién llega y quién se va.
Tienen delatores en todas partes: estaciones de tren, aeropuertos, muelles, agencias de viaje.
Por la noche, cuando regresan a casa, Naser plantea el viaje definitivo.
—Iremos en avión de Madrid a Vladivostok, en Rusia, sin escalas, he contactado con gente egipcia con amigos rusos y nos conseguirán un pesquero que nos llevará, de forma clandestina, por mar a Itoigawa un pequeño puerto pesquero, allí nos esperará un coche que nos llevará a Tokio, nadie se enterará por donde y cuando llegamos, los del coche nos proporcionaran alojamiento seguro, armas, información de quien quiere matarte, también nos ayudaran si es necesario.
—Todo esto está muy bien, pero ¿son de fiar tus amigos?
—Totalmente, son gente que me deben muchos favores y alguno de ellos son familia.
—¿Estás muy seguro?
—Sí.
—Pues mañana pediré los visados para Rusia y los billetes para Vladivostok. ¿Nuestra tapadera?
—El puerto de Vladivostok es un gran centro de transporte marítimo, somos directivos de una empresa española, ContenSea, que vamos a comprar contenedores marítimos.
—Esperemos que tu plan resulte.
—Resultará.
Una semana más tarde, con pasaportes emitidos por el ministerio del interior, pero con nombres falsos y visados, despegan en vuelo regular del aeropuerto de Madrid rumbo a Vladivostok, donde llegarán pasadas veinte horas.
Ya es casi de noche cuando aterrizan en el aeropuerto de Vladivostok Knevichi, pasan los controles y al salir de la terminal, se les acerca una chica no muy alta morena con pantalones de cuero negro, jersey casero de lana con cuello alto, un abrigo de piel, un zurrón colgado del hombro y en la cabeza un gorro de lana también casero.
—Bienvenidos.
Sin mediar más palabras, la siguen hasta el aparcamiento, allí entran en un coche y se dirigen a un muelle, apartado del gran puerto comercial, un fondeadero para barcos de pesca, la chica se para frente a una embarcación amarrada y les presenta al patrón y al marinero, sin hablar suben a bordo e inmediatamente se hacen a la mar.
Cuando ya salen de la bocana, el patrón se dirige a ellos en perfecto árabe.
— Pueden ir a descansar, abajo hay camarotes, tardaremos tres días en llegar a Japón.
La travesía es aburrida: descansar, tomar el sol, comida enlatada y charlas intentando conocerse un poco más Naser y Mercedes.
Al tercer día, el pesquero disminuye la velocidad para llegar al pequeño puerto de Itoigawa entrada la noche, ya que es más fácil pasar desapercibidos en la oscuridad. Cuando amarran, les está esperando una pareja, una chica y un chico japoneses.