El retorno de Astaroth CUARTA PARTE
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CUARTA PARTE

La primera luz del día ilumina el mar cuando varios coches de policía y sus efectivos inician el cierre del barrio y la calle de las Catacumbas.

—Aarón, cuando todo el mundo esté en posición, entraremos.

—De acuerdo, te aviso.

—¿Estáis preparados? Lleváis los collares, los anillos, tú, Ulloa, la pistola, sabéis perfectamente el uso de los amuletos. ¿Quién lleva la daga?

— La llevo yo, Rastra no se maneja bien con las armas.

—Naser, todo listo, los efectivos policiales en posición.

—Pues entremos.

La catacumba está vacía de cadáveres desde hace años y está iluminada para las visitas turísticas.

Comprende tres niveles, con unos treinta metros de profundidad, vestíbulo, antecámara, cámara funeraria y nichos excavados en la roca, con numerosos pasajes.

Detrás de la entrada hay una escalera redonda, en cuyas paredes hay aberturas para permitir el paso de la luz.

Abajo hay un vestíbulo con dos nichos que da paso a una sala circular, en cuyo centro hay una rotonda con pilares.

A la izquierda hay una cámara con cuatro pilares.

Al fondo de la sala circular hay otra pequeña cámara con dos estatuas.

La entrada a la cámara mortuoria está decorada con temas griegos, como Atenea y Medusa.

En su interior hay tres grandes nichos, cada uno con un sarcófago de piedra.

La cámara está decorada con dioses egipcios, Anubis y Thoth.

Su techo se apoya sobre cuatro columnas.

Rodeados de un silencio sepulcral, los tres van descendiendo y recorriendo las diferentes salas y pasillos, siempre pendientes de cualquier ruido, movimiento o sombra.

—Estoy empezando a dudar que aquí haya alguien.

—Es claustrofóbico.

—En el tercer sótano no hay luz, es un espacio que no está abierto al público, no se visita porque ha estado inundado mucho tiempo, ahora no. ¿Podemos echar un vistazo?

—Vamos.

Cuando empiezan a descender por una estrecha escalera hacia la oscuridad del tercer espacio, encienden las linternas y se adentran en el pasillo. Al iluminar el oscuro fondo del corredor, se percatan de cuatro puntos rojos.

—¡Cuidado! Están aquí. Los puntos brillantes son sus ojos.

Con gran rapidez, Astaroth y Apep se abalanzan sobre Rastra, Ulloa y Naser, que, sorprendidos, no responden a la agresión ni tienen tiempo de pronunciar los sortilegios ni usar los amuletos.

Los tres son arrollados y resultan heridos, llevándose la peor parte Naser, que en aquel momento iba al frente.

El demonio y la serpiente recorren los pasadizos a gran velocidad y salen a la superficie, enfrentándose a los efectivos, que, a pesar de que disparan sus armas, son totalmente destruidos por la violencia y el fuego de las fauces de los maléficos.

Cuando Rastra y Ulloa, con Naser a cuestas, consiguen llegar a la salida, encuentran un panorama desolador, un auténtico paisaje de guerra: casas destruidas, coches volcados y quemándose, cuerpos de policías en el suelo, unos heridos, otros sin vida.

Toda la calle y parte del barrio han quedado en ruinas después del paso de los maléficos.

Cuando llegan las ambulancias y el personal sanitario, enseguida son atendidos varios agentes; algunos han fallecido en el ataque.

La teniente y el arqueólogo tienen heridas y contusiones, pero no son de gravedad; el agente egipcio es trasladado al hospital con pronóstico reservado.

—Aarón, ¿has visto hacia dónde se marchaban?

—Con la confusión no lo sé seguro, pero si seguimos el rastro de destrucción diría que hacia el oeste y al mar.

Después de recibir atención médica, Rastra y Ulloa a pie, pues todos los vehículos están maltrechos, siguen los destrozos, hasta llegar a orillas del mar, en Abusir.

—¿Y ahora qué?

—Aquí, en época de Cleopatra, había una ciudad, Taposiris Magna, y un templo ptolemaico actualmente bajo el mar.

Teorías arqueológicas dicen que podría encontrarse la tumba de Cleopatra, difícil de hallar, pues estaría rodeada de pasadizos secretos, unos sumergidos, otros no; un auténtico laberinto.

Podría ser un buen escondite para el demonio y la serpiente.

—Vamos al hotel, nos recuperamos un poco y mañana regresamos. Iremos al hospital a ver a Naser, ¿te parece?

—Sí, pasaremos por el Museo Nacional de Alejandría, tenemos planos de las excavaciones en esta área, los revisaremos para no ir a ciegas.

De madrugada suena el teléfono de Mercedes, medio dormida aún, contesta.

—Teniente Ulloa, llamo del New Nozha Hospital, le comunico que el agente Naser ha fallecido en la mesa de quirófano cuando le estaban operando de las lesiones producidas en el ataque, lo sentimos.

—Gracias. ¿Cuándo será el entierro?

—Lo siento, ya ha sido incinerado.

Un llanto silencioso pero profundo invade a Mercedes; se recupera y llama a Rastra para darle la noticia.

—Si a mi también me han llamado. Me ha parecido un poco raro, los musulmanes no incineramos a nuestros difuntos.

—Me visto y nos encontramos en el despacho de Aarón, esto tiene que acabar.

Una hora más tarde, Ulloa entra en comisaría y va al despacho. El arqueólogo ya está revisando los planos de las excavaciones realizadas en la zona de Taposiris Magna, en la actual ciudad de Abusir, a cuarenta kilómetros de Alejandría.

—Buenos días, Mohamed. Un día triste, pero debemos vencer al demonio y devolverlo al Duat. Ya ha causado demasiadas muertes; se lo debemos a Naser.

—Me ha comentado el jefe de policía que nos asignan otro agente.

He estado pensando que siempre nos sorprende y nos vence y he llegado a la conclusión de que nos faltan conocimientos.

Llamaré a mi colega, el profesor Tarek de la Universidad de El Cairo.

Es un erudito de textos antiguos y de la edad media escritos en latín, auténticos tratados demoníacos como el «Ars Goética», que, junto con la «Llave menor de Salomón», son grimorios que nos dan las claves para dominar y vencer a cualquier ser infernal.

—Creo que tienes razón.

—Mi colega llegará en un par de horas; mientras, veamos los planos.

Pasadas dos horas, entran en el despacho del jefe Aarón el profesor Tarek y le acompaña el nuevo agente Akil.

Ambos se presentan y empiezan a trabajar, Rastra les explica que probablemente Astaroth y la serpiente se esconden en el laberinto de túneles no sumergidos, que conectan la antigua y ahora sumergida ciudad de Taposiris Magna con el mediterráneo y la posible tumba de Cleopatra no encontrada aún.

—Tenemos los collares, los anillos y la daga; conocemos los sortilegios del Libro de los Muertos, pero no hemos podido usarlos, pues siempre nos coge por sorpresa.

—Esto que me comentáis es efectivo pero necesitamos acorralarlos y paralizarlos, entonces la acción de los amuletos será definitiva.

—¿Qué nos falta?

—Agua bendita y sal.

—Vaya, esto es todo.

—Sí, los demonios no pueden ser tocados ni pisar agua bendita, si les salpica se paralizan, la sal tampoco pueden pisarla ni les puede tocar, sobre todo si es sal bendita.

Entonces lo que haremos será esparcir sal en las posibles salidas de los túneles que me has comentado, esto les obligará a salir por donde queramos o quedarse en un determinado lugar, cuando estén retenidos será el momento de los conjuros y la daga.

—Pues a trabajar, donde conseguimos el agua bendita.

—El agua debe ser del pozo de las Termas de Moises en Gabal Musa al este de El Cairo, es un agua sagrada con grandes propiedades curativas, iremos a buscarla en bidones y la traeremos en camión hasta la catedral de San Marcos, allí la bendecirá el Patriarca de Alejandría, Teodoro II.

—Os recuerdo que según la vidente, nos quedan solo seis días para que se forme el halo lunar.

—Iremos al manantial llenaremos seis barriles, los llevaremos a la Catedral, la ceremonia de bendición es corta, después lo llevaremos a Abusir, toda la acción nos llevara un día. La sal dos o tres días.

—Ulloa, llama al embajador español en Israel. Irás a buscar por vía aérea un cargamento de sal del Mar Muerto.

—Tarek y Akil, mientras nosotros conseguimos la sal y el agua, señalad los puntos donde lo colocaremos, para cuando regresemos que estén los obreros preparados, vamos cortos de tiempo.

—De acuerdo.

Cuando Rastra llega a Gabal, están ya dispuestas unas bombas para achicar el agua del pozo que sale de los siete caños de la fuente.

Cuando están llenos los bidones, se cargan y emprenden viaje a la Catedral de San Marcos.

Una vez allí, destapan los recipientes. Entonces Teodoro II inicia la ceremonia, primero bendiciendo el agua de un acetre con la oración «Señor, Dios Todopoderoso, que eres la fuente y el principio de la vida del cuerpo y del espíritu, dígnate bendecir esta agua que vamos a utilizar, con fe, para vencer a nuestros enemigos y a las fuerzas del mal»; después se acerca a los barriles y los bendice con la misma fórmula; por último, esparce con el hisopo el agua ya bendecida del acetre sobre los recipientes y los asistentes al rito.

Finalizado el servicio religioso, los camiones se dirigen a Abusir.

La teniente Ulloa es recibida por el embajador al pie de la escalerilla del avión, la acompaña a un almacén donde le enseña varios sacos que en total contienen mil kilos de sal. Los recipientes son colocados en el avión, que también parte rumbo al aeródromo de Borg El Arab.

Cuando Ulloa aterriza, es recibida por Akil.

Es de madrugada. Dos camiones que estaban ya preparados recogen la mercancía, esperan la salida de las primeras luces y se dirigen a la catedral de San Marcos.

Allí, el patriarca, somnoliento, bendice la carga y la trasladan a la ciudad costera de Abusir, donde se encuentra la entrada al templo de Taposiris Magna.

Akil les comenta que está todo a punto, han localizado las salidas y tienen los hombres coordinados.

—Mañana debemos empezar a cerrar escapatorias, solo faltan tres días para el halo lunar, no podemos fallar.