TERCERA PARTE #2
—Esto es un submarino de verdad, con capacidad para diez personas. Puede alcanzar profundidades de doscientos metros y está equipado con todo lo necesario: sonar, purificador, radar, etc.
—¿Puedes hacerte cargo de la nave sin problemas?
—Sí, pero debemos averiguar qué ruta tenían prevista o hacer que el responsable detenido hable y diga adónde iban. También si comunicaban su posición por radio cada cierto tiempo, si dan alguna contraseña, para que en destino supieran seguro que no pasaba nada, que todo iba bien.
—Registrad la nave; mientras, Naser y yo iremos a tener una charla con el supuesto capitán, pero antes tengo que averiguar una cosa.
Zaid, el profesor y los marineros egipcios se quedan en la nave y van tomando las riendas de la embarcación.
Cuando Ulloa y Naser llegan a la cárcel de Negombo, hablan con el alcaide, le explican la situación y la necesidad de información.
—Creo que tengo lo que ustedes necesitan.
El alcaide llama por el interfono a su despacho al agente Tavish. Minutos más tarde, un fornido guardia entra en el despacho y es presentado.
—El agente es un especialista en interrogatorios; le llamamos el confesor. Con él todos confiesan.
—Pues necesitamos saber el destino final, si había comunicados regulares de su situación y si tenían alguna consigna.
—Si me permiten, voy a hacer mi trabajo.
—¿Quieren tomar un té mientras esperamos?
Pasado un par de horas, Tavish regresa al despacho.
—No ha dicho nada. Si sigo igual, muere y entonces sí que no sabremos nada.
—Espera te acompaño, Naser ven.
Cuando entran en la sala de interrogatorios de la cárcel, el supuesto capitán está atado a una silla con evidentes signos de cansancio; no obstante, no ha dicho nada.
Ulloa se acerca al prisionero y le susurra al oído.
—¿Sabes quiénes son Adela y Victoria? Pues vamos a mandarlas a otro mundo si no contestas a nuestras preguntas, no lo dudes.
El rostro del prisionero se activa, sus ojos se desorbitan y, sin más, empieza a hablar.
—Nuestro destino es el puerto Noko de la isla de Nokonoshima, a la entrada de la bahía de Fukuoka, en Japón.
Allí nos estarán esperando. Reportamos cada dos días.
Hay que empezar siempre diciendo la contraseña «Orange»; a continuación, damos situación y novedades, si hay. A veces nos dan órdenes nuevas.
—Gracias, descansa en paz.
—No me gustaría tenerte de enemiga. ¿Cómo sabías estos nombres?
—Lo he buscado antes en internet. Este individuo, hace años, era un famoso regatista venido a menos.
La teniente y Naser regresan al despacho del alcaide, le dan las gracias y regresan al puerto y al navío.
—Ya tenemos destino, el puerto Noko de la isla de Nokonoshima, a la entrada de la bahía de Fukuoka en Japón, tenemos que reportar cada dos días, la contraseña es «Orange». ¿Habéis encontrado las joyas?
—En la cabina del capitán estaba el maletín. ¿Qué quieres hacer con él? ¿Regresamos a El Cairo o nos las llevamos?
—No, Rastra, tu deberías regresar con las joyas al museo, Naser te acompañara, yo llegaré hasta el final, quiero detener al cabecilla o acabar con él para siempre, es responsable de muchas muertes.
—Tu no vas a ir sola, la fuerza aérea egipcia que nos trajo, está en el aeropuerto esperando, llevaran el profesor de regreso, vuelo directo de ida y vuelta, yo te acompañaré a Japón.
Al día siguiente Rastra llega al aeropuerto y sube al avión que les había traído, despega inmediatamente rumbo a El Cairo.
En el submarino todo está a punto para zarpar.
—Zaid, ¿has trazado ya el rumbo?
—Sí, iremos al sur, pasaremos por el estrecho de Malaca y cuando superemos Malasia giraremos al norte, haremos escala en Brunei y seguiremos hasta Japón.
—Bien, tenemos que reportar; lo haremos cuando ya estemos fuera del puerto, a mar abierto.
Una hora más tarde, uno de los marineros contacta por radio, da la contraseña y la posición del navío. Sin novedad.
Los días transcurren con tranquilidad, la tripulación ocupada en sus tareas, la teniente y el policía, imaginando y haciendo planes para cuando entren en acción al llegar a su destino.
Veinte días después de partir de Colombo llegan a Kota Kinbalu en Brunei, donde hacen otro repostaje, Ulloa y Naser aprovechan para salir del navío, estirar las piernas dando un paseo y almorzando en uno de los restaurantes del puerto, después inician el tramo final que les llevará a Japón a través del mar de la China.
Mientras todo esto sucede, el profesor Rastra ha devuelto las joyas a su lugar.
En su despacho del museo, sigue profundizando en el estudio de los posibles mitos y leyendas que podrían dar vida a seres mitológicos.
La conclusión es que es posible. Los hechizos de las fuerzas del mal contemplados en el Libro de los Muertos son muy poderosos, aunque también es cierto que los sortilegios contrarios para bien, del mismo libro, pueden anular a los maléficos, lo que permite, con la daga cósmica, vencerlos y devolver a los malignos al Duat.
Veinte días más de navegación. Cuando están en alta mar, navegan en superficie y salen a cubierta a tomar el aire, pero cuando se acercan a las costas de China se sumergen para no ser detectados.
—Mañana llegaremos a la isla de Nokonoshima.
Es pequeña, con pocos habitantes y pocas construcciones, todas de alto standing.
Está en el centro de la bahía de Fukuoka, tiene un pequeño puerto; allí amarraremos y esperaremos a ver qué pasa.
Cuando nos acerquemos, navegaremos en superficie.
¿La policía japonesa está avisada de nuestra intervención?
—Sí, Zaid, quiero a todos armados, tú llevarás el fusil de francotirador con silenciador, si tienes ocasión úsalo, Naser y yo llevaremos un localizador y el falso maletín, no llevaremos armas pues seguro que nos llevan a algún sitio para hacer la entrega y nos cachearán.
Zaid, tú avisa a la policía japonesa de que hemos llegado y nos seguís, acabaremos con todos.
Tiene que ser una acción rápida; si descubren que no llevamos las joyas estamos perdidos, actuaremos según veamos, sobre la marcha, realmente no sabemos lo que nos encontraremos.
A media mañana rodean la isla y se sitúan para entrar en el puerto, al que acceden despacio. Se percatan de que, justo pasada la bocana, un hombre en el muelle les hace señas y les indica dónde amarrar, y así lo hacen.
Naser y Ulloa desembarcan portando el maletín, mientras la tripulación ya armada vigila los movimientos en tierra.
El hombre que les estaba esperando les saluda y les invita a subir a un vehículo estacionado al final del dique.
—Bienvenidos a Noko, el señor Hikaru les está esperando.
El automóvil sale del fondeadero y enfila una de las calles que se adentran en el bosque que cubre toda la isla, hasta llegar a una entrada cerrada con una valla metálica que a la izquierda tiene un interfono, el hombre aprieta un botón, da su nombre y la valla se abre, aparcan frente una gran mansión con seguridad privada.
Al llegar a la puerta son recibidos por una sirvienta que los acompaña a un salón.
Mientras, los cinco marineros y Zaid piden prestado un todoterreno a los agentes del puerto y siguen el camino que ha realizado el vehículo que les ha venido a buscar. El localizador les guía hasta la reja.
Allí esconden el auto, buscan por donde saltar al interior del recinto y sigilosamente se acercan a la casa, en su avance eliminan con cuchillos a tres vigilantes que rondaban la mansión.
El grupo se agazapa, desde su escondite ven el interior de un amplia estancia, donde de pie están esperando Ulloa con el maletín y Naser.
La puerta del salón se abre, un sirviente sujeta la puerta y detrás entra un hombre de cierta edad, cabellos blancos, tez morena, no muy alto, elegantemente vestido con un traje tradicional o montsuki. Dos guardaespaldas le acompañan.
—Buenos días, por favor, sentémonos y muéstrenme lo que me han traído.
Al sentarse dejan al descubierto al recién llegado.
Un ligero silbido rompe el silencio de la estancia, el señor Hikaru cae muerto con un tiro en la cabeza, la sorpresa es tal que ni el sirviente ni los acompañantes reaccionan a tiempo, también reciben sendos disparos.
Zaid y sus marineros entran en la casa y recorren las estancias para asegurar que no hay nadie más, pero en un momento determinado se oye el motor de una moto y alguien que huye a toda velocidad hacia la reja, Zaid desde una de las terrazas dispara su arma y el fugitivo cae, pero está herido, por lo que sigue a pie y escapa hacia el espesor del bosque que rodea la casa.
La teniente y Naser, ya armados, recorren todas las habitaciones. En la cocina encuentran a una señora de edad, muy asustada, en un rincón.
—¿Quién eres?
—Soy la cocinera.
—¿Quién se ha ido?
—El señor Hikaru hijo. Él es el auténtico señor de la casa. Habéis matado a su padre, que es quien siempre da la cara, pero el cabecilla es el hijo.
—Vaya, pues habrá que encontrarlo y terminar el trabajo.
—Está herido, estoy seguro de que le hemos dado.
—Pues vamos a buscarlo.
La teniente y el policía salen de la casa y siguen al fugitivo por el bosque, es fácil, pues va dejando un rastro de sangre.
—Espera, allí enfrente algo se mueve; acerquémonos con cautela.
Apoyado en un árbol encuentran al prófugo. La Ulloa, sin mediar palabra, lo apunta con su pistola y le dispara.
Naser la mira un tanto perplejo.
—Era responsable de muchas muertes.
A lo lejos se oyen sirenas que se van acercando.
Cuando Naser y Ulloa regresan a la casa, se encuentran con un gran despliegue policial.
Se reúnen con el capitán de la policía japonesa que dirige la operación y le informan de lo sucedido.
Él ya había sido informado por la policía española y egipcia de los actos delictivos cometidos por el personaje ahora eliminado.
A partir de este momento son los japoneses los que se cuidarán de seguir la investigación, aunque ya tenían conocimiento de que el clan Hikaru, un multimillonario tecnológico, estaba involucrado en delitos internacionales.