TERCERA PARTE
Cuando aterrizan en El Cairo, Naser está esperándoles.
—¿Estáis bien?
—Sí, pero podríamos estar muertos.
—¿Las joyas?
—Robadas. Un atraco con mucha violencia.
—Vamos al Hotel.
—No, Naser, la teniente se quedará en mi casa; necesitamos protección. Creo que tratamos con gente profesional y sin escrúpulos. Mañana te explicamos todo.
—De acuerdo, montaré un servicio de vigilancia que además os acompañará allí donde vayáis.
—Gracias a los dos —comenta Mercedes.
A la mañana siguiente se reúnen el director del museo, el profesor, la teniente y Naser. La explicación de lo sucedido desde que llegaron a Israel hasta el atraco es larga y detallada.
—Las joyas como ya he dicho van en una valija diplomática, tanto el maletín como los dos collares, los dos anillos y la daga, se equiparon con un dispositivo de localización con alcance mundial, son diminutos e indetectables, es algo que desconocen en Israel, pues nos proporcionó la idea y los dispositivos el embajador español.
—Esto será de gran ayuda, pero deberíamos saber quién es el promotor de todo este embrollo; si conocemos al cabecilla de la trama, sabremos dónde acabarán las alhajas robadas.
—Esto será muy difícil. Te has dado cuenta de que los que participan en el robo, cuando terminan su cometido o fracasan, son eliminados. No dejan cabos sueltos en ningún caso.
—En la cárcel de Jerusalén tenemos a la mujer, Rut; podríamos hacer un trato y hacerla hablar.
—Llamaré al teniente Samuel y al inspector Levi, son los policías, uno trabajó con nosotros y detuvo a la mujer, conoce muy bien el caso, el otro es el que está investigando el atraco, a ver qué pueden hacer.
En su despacho del museo, el profesor, con un pen que le ha entregado el embajador, instala el programa que servirá para rastrear los objetos.
—Bien, ya está.
Al ponerse en marcha el programa, aparece en la pantalla la imagen de Google Maps con un punto azul que corresponde al museo y sus alrededores; en el ángulo superior derecho de la pantalla, un recuadro pide la clave para acceder a los dispositivos GPS. Rastra introduce la contraseña.
—No da señal, algo pasa.
—Tendría que aparecer un punto rojo señalando el lugar donde se hallan los objetos. Si estos se separan, aparece uno por cada objeto, pero no ha salido nada.
—Vamos a esperar. Si están en un sótano, en el interior de una cámara acorazada, la señal es débil y puede no aparecer, pero cuando lo muevan aparecerá.
El teléfono de la teniente avisa de una llamada entrante.
—Hola, Samuel, precisamente pensaba en llamarte. Necesitamos que la mujer que detuvisteis, Rut, confiese quién la contrató.
—Será difícil, la han encontrado colgada en su celda, hemos empezado a investigar, pues no creemos que ella se haya suicidado, pensamos que la colgaron, esperaremos a la autopsia.
—Vaya, dime algo cuando averigües qué ha pasado.
—Lo que os decía, otro cabo suelto que desaparece.
—Nuestra única esperanza es que los dispositivos funcionen y no los descubran.
—Dejaremos el ordenador encendido con una alarma sonora por si hay algún cambio.
—Naser, ¿sabes algo de Astaroth y Apep?
—No, desde el ataque al barrio de Abu Sir no hemos sabido nada más, aunque presiento que pronto sabremos algo.
He conectado con Khafra, un tarotista que interpreta el Tarot Egipcio.
Me aseguró que el demonio está aletargado, pero que aparecerá con todo su poder destructivo cuando la luna quede rodeada por un halo rojizo; no me supo decir cuándo sucederá.
—Tendremos que asegurarnos de tener las joyas; si no, estamos perdidos.
Pasan dos días sin noticias de Israel, ni de Naser, el dispositivo tampoco señala nada.
Al tercer día, una llamada telefónica de Samuel para Mercedes.
—Dime.
—Los resultados de la autopsia demuestran que le rompieron el cuello y después la colgaron, la cárcel está haciendo una investigación interna, pero no creo que logren averiguar quien fue, otra cosa, es que hemos seguido, junto con Levi, los pasos de los atracadores desde que alquilaron los vehículos, el atraco y la fuga, al parecer fueron hasta el puerto de Haifa, unas cámaras localizaron los coches, fuimos y los encontramos abandonados y quemados, no conseguimos ni huellas ni ADN, preguntamos a estibadores y autoridades portuarias, al parecer, esto os sorprenderá, se marcharon de Israel a bordo de un submarino, los agentes portuarios tenían conocimiento de un submarino amarrado en el puerto, una mañana que coincide con el día siguiente del atraco, había desaparecido, por eso sospechan que se marcharon con él, no se conoce su destino. Si descubrimos algo más, os lo contaré.
—Los israelitas han descubierto dos cosas: que a Rut la mataron en la cárcel y que los atracadores se marcharon de Israel con un submarino desde el puerto de Haifa.
—Claro, por esto no hay señal del GPS. Si están sumergidos, no podemos tener señal, pero en algún momento saldrán a la superficie y entonces recibiremos la localización.
Unas horas más tarde, un pitido constante del ordenador avisa de que se recibe la situación de las joyas. El arqueólogo observa en la pantalla el punto rojo.
—Mira Ulloa, están en el canal de Suez, por el canal no se puede navegar sumergido, ha tenido que salir a la superficie, entonces hemos captado su posición, se está moviendo podremos intuir hacia dónde se dirigen, se sumergirán más veces si intuyen algún peligro y volverán a aparecer, los podremos seguir y ver adónde van.
—Si están en el canal de Suez, quizás el ejército egipcio los pueda interceptar. Voy a llamar a Naser.
La teniente le explica al policía egipcio que han localizado el submarino en el canal.
—Mándame la ubicación; enviaré un par de helicópteros.
—De acuerdo, dime algo.
Pasadas unas horas, Naser informa de que no han localizado el submarino.
Al parecer, se había sumergido, algo prohibido, pues la profundidad es en algunos puntos de entre veinte y treinta metros, pero han llegado al mar Rojo y allí los han perdido.
La marina egipcia piensa que no volverán a la superficie hasta superar las costas del Yemen, donde hay piratas, y no se arriesgarán a ser atacados.
—Al menos ahora sabemos que los dispositivos GPS funcionan; estaremos pendientes para cuando vuelvan a emerger.
Al día siguiente Naser se persona en el museo.
—Hola, conmigo viene un experto, el capitán de navío Zaid, ayer estuvo pendiente de la acción de los helicópteros que enviamos, ha estado estudiando y me cuenta que la ruta que sigue y el tipo de nave, que será un submarino privado, tendrá que repostar, a no ser que vayan a la India, si van más lejos, el lugar donde se suele repostar es en Colombo, capital de Sri Lanka, podríamos ir a esperarlos allí.
—Tenemos que esperar a que suban de nuevo a la superficie y ver qué rumbo llevan.
—Me gustaría recuperar la joyas y atrapar al cabecilla.
Tengo una idea pero es algo descabellada, si amarra en Colombo o donde sea, detenemos a la tripulación y nosotros con un equipo los sustituimos, vamos a entregar las alhajas al ladrón o las devolvemos al museo y detenemos al que ha dirigido toda la trama, os parece bien.
—Mercedes, tienes ideas fantásticamente locas, pero yo me apunto.
—Así me gusta, Naser —comenta la teniente.
—Voy a hablar con mis superiores y a preparar el viaje.
—El museo está de acuerdo y yo también me apunto —comenta Rastra.
Casi un día después, la señal vuelve a aparecer en el monitor, el sumergible se encuentra ahora a unos quinientos kilómetros de las costas del Yemen, ha pasado la isla de Socotra y se dirige a la India, pero según el capitán de navío navega muy al sur para llegar a un puerto indio, es casi seguro que repostará en Colombo, dentro de veinticinco o treinta horas podría llegar.
—Perfecto, ya tenemos los permisos de las autoridades egipcias y de Sri Lanka, su policía nos ayudará.
Al final del día un avión de la fuerza aérea egipcia despega de la base adjunta al aeropuerto de El Cairo, en él viajan, el capitán de navío Zaid, que se hará cargo de comandar el submarino, La teniente Ulloa, el oficial de policía Naser, el profesor Rastra y cinco tripulantes de la marina egipcia.
Casi diez horas más tarde, el avión aterriza en Bandaranaike, el aeropuerto de Colombo, donde son recibidos por la policía, que los acompaña a una residencia militar, y tienen la primera reunión.
—Bienvenidos, les apoyaremos. ¿Cómo tenemos la situación?
—El submarino, la señal, lo sitúa a unas ciento cincuenta millas náuticas de la costa de Sri Lanka, llegará en unas horas.
—Ya lo tenemos en el radar náutico, lo podemos seguir.
—La ruta que siguen los lleva a Negombo, una ciudad más al norte, más discreta. Seguramente amarrarán antes de la entrada del lago del mismo nombre; si entran en la laguna serían más vulnerables, no creo que entren. Podéis ir a Negombo en coche, no hay que hacer demasiado ruido.
El sumergible se acerca a la costa, navega en superficie y pide permiso para amarrar en uno de los pantalanes que hay en la entrada al lago y que dan a mar abierto.
Después de la maniobra, abren la escotilla y dos marineros aseguran los cabos.
Salen cuatro miembros más de la tripulación y abandonan el recinto portuario en busca de avituallamiento; un camión cisterna, con la ayuda de otro tripulante, llena de combustible la nave.
Los seis son detenidos, discretamente, en el pueblo, por la policía de Sri Lanka.
Otro grupo de agentes está escondido. Una vez finalizado el repostaje, antes de que el marinero entre de nuevo en el submarino y cierre la escotilla, le disparan, lo que les da tiempo a llegar y tirar un bote de humo en el interior.
Antes de que cierren de nuevo la escotilla, entran en la nave con máscaras y reducen a dos marineros más y al que se supone que es el capitán.
Una vez trasladados todos los detenidos a la cárcel y despejado el humo del interior del sumergible, entra el equipo egipcio.