El retorno de Astaroth SEGUNDA PARTE #2
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SEGUNDA PARTE #2

—Buenos días, vengo a informaros de que hemos desarticulado definitivamente la secta de seguidores de Astaroth.

Al saber que se habían destruido los cartuchos que los protegían y que el sumo sacerdote había sido asesinado por el demonio, algunos se han entregado, otros se han suicidado y a los que pretendían escapar los hemos detenido. Se acabó la secta. ¿Qué tal vosotros?

—Hemos hecho grandes descubrimientos. Tenemos que reunir dos collares Usej, uno para mí y otro para Mercedes, el anillo Shen-Ring para ella y el anillo Ojo de Horus para mí. También necesitamos la daga extraterrestre.

—¿Ha habido más ataques?

—No.

—¿Sabemos dónde localizarlos?

—Tampoco.

—Cuando tengáis todo, iremos en su búsqueda, los cazaremos allí donde se escondan o si atacan nos enfrentaremos a ellos.

—De acuerdo, ve investigando. Nosotros vamos al almacén donde se guarda lo no expuesto a recoger lo que necesitamos. Así lo tendremos a mano cuando nos avises.

—Rastra, tú, como arqueólogo, ¿sospechas dónde pueden esconderse?

—Diría que en un templo, pero tendrá que ser poco turístico, alejado del bullicio de la gente.

Otro lugar con posibilidades es la Ciudad de los Muertos, aunque allí convive gente entre los muertos, se cree que casi un millón de personas, pero es tan extenso que podemos encontrar mausoleos en zonas totalmente vacías, abandonadas hace años.

—Voy a organizar la batida, en el cementerio y en los templos que me has mencionado, estad atentos.

Pasan varios días durante los cuales la policía y el ejército buscan en mausoleos, tumbas, panteones, templos y pozos de Saqqara, poco relevantes, pero en los que se han encontrado numerosos sarcófagos.

Como no se encuentra nada, la policía decide realizar vuelos de reconocimiento con cámaras térmicas, pero la cantidad de vivos que habitan entre los muertos falsea los resultados.

Naser se reúne de nuevo con Rastra y Ulloa en el museo.

—Hemos buscado por todas partes y sin resultados. ¿Puede ser que hayan regresado al inframundo?

—No, seguro que no, están en algún sitio.

Unos golpes en la puerta del despacho del doctor sorprenden, pero invitan a entrar al visitante.

—Pase.

Una mujer no muy alta, vestida con el tradicional Kalasiris en color amarillo y un pequeño tocado en la cabeza en forma de trono, entra y, con ella, tres mujeres con un atuendo parecido. Se presenta.

—Soy la reencarnación de la diosa Isis, esposa de Osiris y madre de Horus.

Estas son mis fieles compañeras, Neith, Neftis y Selket.

Vivíamos en el Templo de File; ahora vivimos en el Aauru, pero podemos regresar al mundo de los vivos en ocasiones especiales.

Ahora es importante, pues estáis en peligro.

Los collares Usej, los anillos y la daga os ayudarán, pero mi magia es más poderosa.

Os protegerá y os dará el poder de ver lo que el ojo no ve.

También puedo deciros dónde encontrar al demonio y su mascota para que los devolváis al Duat.

—A ver, ¿es esto posible? ¿Que aparezca una diosa de cinco mil años y sus amigas en pleno siglo XXI?

El arqueólogo y el policía egipcio asientan con la cabeza y encogen los hombros.

—En Egipto pasan cosas imposibles de comprender para los simples humanos, pero pasan, Isis en una de las diosas más poderosas por su magia, es inmortal, domina la vida, la muerte y el destino.

—¿Sabes dónde está Astaroth?

—El demonio y su serpiente han abandonado Egipto, los humanos no lo sabéis pero el Rey Salomón, tenía un gran poder esotérico, dominaba con sus hechizos las fuerzas del bien y del mal, encerró en una vasija de cobre a setenta y dos demonios que usaba para sus fines de gobernante, es lo que en los escritos se conoce como «Llave menor de Salomón», Astaroth ha ido a buscarlo para liberar a los demonios por todo el mundo, si lo consigue la humanidad desaparecerá.

—¿Tú sabes dónde está el recipiente de cobre?

—El rey lo tenía en el Templo de Jerusalén, cuando se destruyó, se perdió, podéis empezar a buscar en los aledaños del Muro de las Lamentaciones, debéis encontrarlo antes que él.

Os entrego un colgante, el Tyet es mi amuleto de jaspe rojo, os protegerá y aumentara la fuerza del collar, los anillos y la daga, yo seguiré vuestros pasos, si es necesario regresaré.

—Gracias.

Las mujeres salen del despacho y desaparecen.

—Al parecer tendremos que viajar.

—No podemos ir a Israel, sin más, hay que pedir permisos y será mejor que los pida la teniente Ulloa a través del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, pues a nosotros, los egipcios es posible que no nos los den. Además hay que declarar las joyas, como patrimonio egipcio.

—De acuerdo yo los pido.

Todo un relato de los hechos llega al ministerio de asuntos exteriores de Israel a través del embajador de España y de la propia teniente que viaja a Tel Aviv, en viaje relámpago, para ratificar los hechos.

Cuando Mercedes regresa al Cairo ya tiene el permiso para viajar a Israel, pero solo el profesor Rastra y ella, el policía egipcio no puede ir, cualquier acción realizada en suelo israelí será supervisada por un arqueólogo y por la policía israelita.

—Lo siento Naser.

—No os preocupéis yo seguiré investigando aquí, os tendré informados.

Dos días más tarde, la teniente y el profesor Rastra aterrizan en el aeropuerto Ben Gurión, en Israel, con un avión de las fuerzas aéreas españolas que ha hecho escala en El Cairo para recogerlos.

Al bajar de la aeronave, pasan serios controles aduaneros y son recibidos por Yosef, arqueólogo, y por Mateo, policía del estado.

En un tono altivo y despreciativo:

—Sean bienvenidos a Tel Aviv. Iremos en coche a Jerusalén. Se hospedarán en una residencia del estado. En ningún caso deben salir o trabajar sin que nosotros les acompañemos.

—Yosef, ¿te han informado de por qué hemos venido aquí?

El peligro para todos es evidente, al menos esto parece.

Te ruego que te tomes el asunto en serio y déjate de susceptibilidades.

El profesor es un arqueólogo reconocido y yo soy teniente de la policía española.

Estamos aquí para trabajar, no venimos ni de vacaciones ni a provocar ningún conflicto, ten esto muy presente.

El viaje hasta Jerusalén se realiza en el más estricto silencio. Cuando llegan a la residencia, está esperándoles el embajador español, que les da la bienvenida y se pone a su disposición.

—Soy Francisco Estany, embajador de España en Israel.

—Señor Estany, quiero que me cambien a estos estirados, no pienso trabajar con ellos, estoy de acuerdo que me supervisen pero no que dificulten nuestro trabajo.

Otra cosa, traemos joyas muy valiosas para el patrimonio cultural egipcio, que nos servirán para vencer a los demonios, deben estar muy protegidas.

¿La embajada tiene caja fuerte y sistemas de seguridad para asegurar que no se roben?

¡Ah!, y no pienso quedarme en esta residencia cutre, nos alojaremos en la embajada.

—No hay inconveniente, les prepararán dos habitaciones.

Por los dos acompañantes, no se preocupe, teniente.

Hablaré con sus superiores y le cambiaremos a los dos colaboradores.

Respecto a la seguridad de la embajada, puede estar tranquila: tenemos una cámara acorazada, cámaras de vigilancia y policía española.

—Hágalo rápido. Esta tarde quiero estar trabajando con gente eficiente y colaboradora. Ahora vamos a la embajada a dejar las joyas, después a comer y a las cuatro quiero estar ya sobre el terreno.

—Les acompaño a la embajada, se instalan y les invito a comer.

Lo primero es dejar las joyas en la cámara acorazada de la embajada. Antes del almuerzo en la propia sede diplomática, bajan al sótano y el embajador les enseña la cámara con una descripción de los elementos de seguridad.

— Parece una buena instalación.

—Aquí estarán seguras, no lo dude.

—Depositan el maletín con las alhajas. Perfecto vamos a comer.

A las cuatro de la tarde se reúnen con el embajador, el director de trabajos arqueológicos y antigüedades israelí y los nuevos colaboradores.

—Teniente, profesor, el doctor Simón es el máximo responsable de los trabajos arqueológicos en la ciudad y estos son Noa, arqueóloga, y Samuel, teniente de la policía de Jerusalén.

—¿Tienen claro para qué estamos aquí?

—Señorita Ulloa, doctor Rastra, como responsable jefe de las excavaciones, puedo asegurarles que tienen todo nuestro apoyo. Ruego que acepten mis disculpas.

—Vamos a trabajar.

—Acabo de descubrir por qué eres teniente. Vaya genio.

—¿Por dónde quieren empezar?

—Noa, si has leído el informe que presentamos, sabrás que buscamos una vasija de cobre donde se supone que el Rey Salomón encerró a setenta y dos demonios en los sótanos del templo de Jerusalén, los usaba para gobernar, a través del Grimorio, libro de conocimientos mágicos.

Creemos que Astaroth ha venido aquí para encontrarlos y liberarlos causando así el caos en todo el mundo.

—Creo que deberíamos hacer un primer recorrido por las excavaciones realizadas debajo y en las cercanías del Muro de las Lamentaciones. Así, el profesor Rastra tendrá una idea de lo que hay para, a partir de aquí, irse centrando donde él considere.

—De acuerdo.

En uno de los extremos del muro hay un pozo cerrado con una trampilla metálica que da acceso a una serie de túneles que transcurren por debajo de la explanada donde en su momento había el templo.

Después de equiparse y con la ayuda de unos trabajadores, los cuatro descienden mediante una polea por el estrecho pozo, hasta llegar a un pasadizo que discurre en dirección oeste, el espacio es muy estrecho, hasta llegar a un punto que se ensancha y termina en una sala relativamente amplia, que les da un respiro.