El retorno de Astaroth PRIMERA PARTE #3
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PRIMERA PARTE #3

—En la antigüedad, Heliópolis era la tercera ciudad de Egipto, estaba a la altura de Tebas o Memphis, se adoraba a Ra como único dios, también al toro sagrado Mnevis, el lugar tenía templos solares, al dios sol y a Amón, la urbe alcanzó su cénit en el 1.

300 aC, como referencia de eruditos y estudiosos, Platón, Pitágoras y Solón visitaban con frecuencia a los sacerdotes de sus templos, pero entre el 525 aC y el 343 aC, con la invasión persa, la ciudad fue perdiendo esplendor hasta quedar deshabitada y se convirtió en una cantera para nuevas construcciones en El Cairo de la edad media, a consecuencia de esto, prácticamente no se han encontrado restos arqueológicos.

—¿Y el vaso canopo de dónde sale?

—Se encontró en un descampado donde estaban construyendo, a finales del siglo XIX, se supone que debía estar al lado del sarcófago donde estaba momificado el toro, en el interior del Serapeum de Heliópolis, se sabe a quién pertenecía porque la vasija estaba dentro de un cajón de madera, que además contenía un papiro que explicaba lo que había dentro y a quién pertenecía.

Se buscó el Serapeum, pero nunca se halló.

—¿Y lo que puede despertar a un ser maligno?

—Es un relato que está escrito en el papiro: «Si depositas los testículos incorruptos del dios-toro encima de un cuerpo humano muerto y de una imagen de Astaroth, darás vida al diablo y a su serpiente Apep; entonces el mal dominará el mundo de los vivos».

Es un fragmento extraído, lo he comprobado, de un párrafo del Libro de los Muertos.

—¿Pero esto puede ser verdad o es una leyenda sin más?

—Puede ser, pero deben cumplirse unos requisitos, la acción debe realizarse en un altar sagrado del Serapeum, por un sacerdote del dios Ra y se necesita un cuerpo humano, un cadáver reciente.

—No sabemos dónde está el Serapeum y, sacerdotes de Ra, ¿queda alguno? El muerto es fácil; basta con robarlo de alguna morgue o matar a alguien.

—Los seguidores de Astaroth son la clave; ellos deben tener la solución a todo. Si no, no hubieran robado la vasija.

—¿Cómo localizamos la secta?

—No lo sé, se supone que es secreta. La verdad es que sabemos que existe, pero nada más; nunca hemos localizado a uno de sus seguidores.

—Quizás mañana el móvil encontrado de la mujer nos dé alguna pista y, doctor, creo que tendremos que encontrar el Serapeum.

—Ya me gustaría, ¿puedo contar con su ayuda?

—Por supuesto, estoy a su disposición, pero no tengo ni idea de qué puedo hacer.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, la teniente y el arqueólogo entran en las dependencias policiales y se reúnen con Naser.

—Hemos logrado desencriptar el móvil de la mujer, es su teléfono privado, creemos que lo único relacionado con el caso es una conversación con un inglés afincado aquí en El Cairo que le pedía si podía robar la vasija y traerla aquí, el individuo en cuestión es James Cougar, tenemos su dirección.

—Vamos a ver que nos cuenta.

Cuando llegan a casa del personaje, llaman insistentemente a la puerta del apartamento. Como no responde, fuerzan la entrada, desenfundan sus armas y entran en el inmueble. Encuentran tirado en el suelo al inglés con una herida en el estómago; no obstante, aún está vivo. Naser se le acerca.

—James, ¿quién te ha hecho esto?

Con un susurro casi imperceptible, el moribundo contesta.

—Omar Manzur.

Después de pronunciar el nombre, el herido exhala su último suspiro.

—¿Sabemos quién es el tal Manzur?

—Lo sabremos; iremos a verlo. Mientras, ¿tú y el doctor qué vais a hacer?

—Vamos a localizar el Serapeum de Heliópolis. Por cierto también necesitan un cadáver fresco, vigila los depósitos de cadáveres y atento a las desapariciones y a los asesinatos.

—Estamos en contacto.

El profesor y la teniente se concentran en el estudio de antiguos escritos para localizar el Serapeum, también repasan el libro de los muertos en un intento de encontrar pistas que hablen de la resurrección del demonio, por fin en un párrafo del papiro hallado junto con el vaso canopo, éste hace referencia a que la ceremonia puede ser en cualquier lugar donde estén enterrados toros sagrados, enseguida a la mente del doctor se afianza la idea del Serapeum de Saqqara, muy bien conservado, donde están enterrados los toros Apis, el escrito da importancia al carácter sagrado del lugar, no a su localización geográfica.

—Creo que la ceremonia podría realizarse en Saqqara.

—Vamos a ver a Naser, le contamos esto y a ver si él ha localizado a la secta.

Cuando se reúnen con el policía, este les cuenta que Manzur es un comerciante que tiene varias tiendas en el Jal Al-Khalili, el gran bazar del Cairo, no tiene antecedentes delictivos.

—Parece limpio. Tenemos intención de seguirle y saber qué actividades tiene. Una de sus tiendas está frente al bar Fishawi; nos sentaremos allí y, cuando aparezca, lo seguiremos vaya donde vaya.

—¿Habéis encontrado algo en la casa de James Cougar?

—Nada, solo había huellas del inglés, el cadáver tenía una herida mortal en el estómago, de una daga, ni bala, ni casquillo, menos mal que murió después de dar el nombre, no sabemos si de su asesino o el cabeza de la secta. ¿Vosotros qué tal?

—El doctor está seguro de que la ceremonia solo puede llevarse a cabo en un lugar sagrado y el ejecutor debe ser un descendiente de un sacerdote de Ra. El Serapeum de Saqqara podría servir, pero quiere buscar el de Heliópolis.

—¿Tenéis posibilidades?

—La caja con la vasija y el papiro se encontró en las obras del Merry Land Park. Quizás, al remover la tierra, afloró a la superficie. Es de suponer que los restos arqueológicos de donde salió no pueden estar muy lejos; empezaremos buscando con un georradar por todo el parque.

—Perdonad, el sujeto acaba de salir de la tienda. Atención el investigado se mueve. Debo irme.

Mohamed Rastra y la teniente Ulloa regresan al museo. Allí ya los está esperando un equipo de seis personas que manejarán el aparato localizador e interpretarán los posibles resultados.

Después de cerrar y acordonar el parque al público, los técnicos empiezan a recorrer todo el terreno, al tiempo que revisan las propias instalaciones y diferentes edificios allí ubicados.

Pasan dos días explorando el terreno, recogiendo datos, ya de regreso al museo, los especialistas comentan al profesor y a Mercedes los resultados.

—En todo el terreno hay indicios de tierra removida, suponemos que por las obras, pero, si profundizamos más la lectura, aparecen lo que podrían ser muros, calles o caminos y columnas caídas; sin duda, restos con evidentes signos de la mano del hombre.

Pero donde se observa una construcción circular descendente, que podría ser una escalera de caracol, es en el ángulo nordeste del parque.

Exteriormente, es una caseta de piedra con una puerta metálica de uso desconocido, pues dentro no hay nada y el suelo es de tierra.

—¿Qué profundidad tiene la supuesta escalera?

—Creemos que más de veinte metros, pues a partir de aquí se pierde la lectura.

—Está claro, tenemos que excavar y ver adónde se supone que conduce esta supuesta construcción.

—¿Te darán permiso para ello?

—Seguro, cercaremos el lugar para que nadie ajeno tenga acceso y trabajaremos. Mañana empezamos.

Cuando amanece, una brigada de trabajadores coloca mamparos en la zona donde se realizará la cata arqueológica. También colocan una alarma de obra y habrá un retén de policía día y noche.

Cuando todas estas medidas están terminadas, el doctor da la orden de empezar.

Pero una sorpresa les espera: al primer golpe de pico, un ruido metálico asombra a todos los presentes.

Inmediatamente, sustituyen los picos por palas y cepillos de púas metálicas.

Poco a poco va apareciendo una trampilla de hierro parecida a la de las alcantarillas, pero más grande.

Curiosamente, la tapa se puede levantar fácilmente, sin un gran esfuerzo, quedando al descubierto una escalera de caracol de piedra de grandes dimensiones.