El retorno de Astaroth PRIMERA PARTE
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PRIMERA PARTE

Son las ocho de la mañana de un martes, momento en que los empleados de mantenimiento y guardas del Museo Arqueológico Nacional de Madrid se apresuran a comprobar que todo esté correcto en el edificio antes de que a las nueve y treinta minutos abran las puertas al público.

Son un total de ocho personas que en pareja recorren las instalaciones, desde las salas de exposición hasta los sótanos.

Una de estas parejas coge el montacargas que llega hasta los pisos subterráneos, donde habitáculos en condiciones especiales almacenan parte del patrimonio del museo que no se expone; los empleados recorren los pasillos y se aseguran de que todo esté en orden, pero…

—¿Notas una corriente de aire?

—Sí, parece que viene del fondo del pasillo que está a la derecha, vamos a ver, aquí en esta parte del edificio no hay ventanas que se puedan abrir, estamos en el sótano.

La pareja de guardas sigue por el pasillo y gira a la derecha, donde la corriente de aire se intensifica.

—¿Por qué está tan oscuro?

—Parece que se han fundido las luces de esta parte, ilumina con la linterna.

Cuando la luz de la lámpara enfoca la pared del fondo del pasillo, descubren un enorme butrón. Recuperados de su asombro, se ponen en contacto con el jefe de seguridad del museo mediante el intercomunicador.

—Jefe, tendría que bajar aquí. Estamos en el segundo sótano, en la esquina oeste del edificio.

—Ahora bajo, ¿qué pasa?

Cuando el jefe de seguridad, acompañado de otro guarda, llega al lugar:

—Madre mía, ¿esto qué es?

—Alguien ha entrado, seguramente ayer cuando el museo estaba cerrado.

—Pero no se dispararon las alarmas, yo mismo las he desconectado hoy cuando he llegado. Ricardo, ve arriba; con los demás, con el inventario, repasad las salas de todo el museo por si falta algo y llamad a la policía y al director.

—¿Quiere que entremos en el agujero para saber adónde conduce?

—No, esperaremos a la policía. Id a mirar las estancias de almacenamiento; deben estar cerradas todas con los cerrojos de seguridad. Poned los códigos y revisad el interior; id al taller de restauración.

Pasado un rato, reunidos frente al butrón están el jefe de seguridad, el director del museo y los dos guardas que han descubierto el posible robo. Entonces llega la policía con varios efectivos.

—Buenos días, soy el inspector Morales. Ya veo, ¿saben si les han robado algo?

—Aún no, estamos haciendo inventario, los guardas y dos técnicos de la casa.

—Seguro que han robado; nadie se toma tantas molestias para nada. Mientras ustedes revisan el catálogo, nosotros veremos adónde conduce esto. Traed linternas.

El inspector y dos policías entran en el agujero.

Después de cruzar el muro perforado, se dan cuenta de que son dos las paredes agujereadas: una de grosor considerable y de piedra, que pertenece al museo, y otra, pegada a la primera, de ladrillos, que pertenece a la alcantarilla, un colector importante que transcurre por debajo de la calle Villanueva.

—Está claro, han entrado en las cloacas, no sabemos por dónde y al llegar a este punto han perforado, es un trabajo de precisión, sabían lo que hacían, necesitamos más efectivos, hay que saber por dónde accedieron a las alcantarillas, que vengan trabajadores del ayuntamiento que recorran los túneles hasta encontrar la entrada.

—Soy Estrada, el director. Al parecer, las salas del museo están intactas; las cerraduras de los almacenes de aquí abajo también. Solo está forzada la puerta del taller de restauración; están comprobando si falta algo.

—Hay que reconocer que ha sido un trabajo limpio, aquí abajo no hay cámaras ni sensores de alarma.

—No, la escalera y los ascensores para llegar aquí sí tienen, pero las salas y pasillos de lo que es la zona de almacén no. Pensamos que, al no haber ventanas ni accesos que no sean los mencionados, no sería necesario.

—Por esto han hecho el butrón, directamente al lugar del robo sin temor a que saltaran las alarmas, han tenido dos noches y un día para trabajar y entrar.

—Inspector, han llegado los del ayuntamiento para revisar las cloacas.

—Buenos días, inspector. Mientras veníamos hacia aquí, hemos revisado los planos.

Creemos que solo pueden haber entrado en la red de túneles, teniendo en cuenta dónde han hecho el agujero, por una trampilla que está en el parking público de la calle Villanueva, a unos cien metros de aquí. Vamos a comprobarlo.

Mientras los trabajadores recorren el posible camino seguido por los ladrones por el interior del colector, el director trae los resultados de la revisión de los objetos de la estancia que han forzado y abierto.

—Al parecer, se han llevado un vaso Canopo egipcio que estaba en mantenimiento.

El recipiente contiene restos del toro sagrado Mnevis; es una vasija funeraria de alabastro de la dinastía XXVI, aproximadamente del 650 aC.

Contiene los testículos de un toro-dios adorado en Heliópolis, relacionado con el dios Atum y la diosa Neith, responsables de la creación de seres muy poderosos y malvados, amantes de la destrucción y la guerra.

—Director, ¿quién sabía que el objeto estaba allí o está siempre?

—Está siempre expuesto, pero los objetos tienen que mantenerse y cada cierto tiempo pasan por el laboratorio. Los técnicos del museo son los encargados de realizar estos trabajos.

—No me malinterprete, director, pero corríjame si me equivoco: se trata de un pote con restos putrefactos. Para esto tanto trabajo. No me lo creo.

—Eso parece, inspector, pero llamaremos a un experto para saber exactamente qué podemos esperar del pote y sus restos. A lo mejor tiene razón usted.

—Me voy, mañana en comisaría quiero el informe de los trabajadores del ayuntamiento y de la científica, dejaré un retén.

Director, le tendré informado. Mañana volveré, quiero interrogar a los técnicos, a los guardas y a usted.

¿Cómo sabían los ladrones que el pote estaba allí y no expuesto en su pedestal en la sala?

—De acuerdo, hasta mañana, gracias. Estaré en mi despacho.

Al día siguiente, de buena mañana, el inspector regresa al museo.

—Buenos días, Estrada, ¿me deja un despacho? Quiero interrogar a sus empleados uno a uno, después comentaremos, me han llegado los informes.

El inspector Morales habla con todos los empleados. Con su experiencia, llega a la conclusión de que ninguno de ellos es el causante de la filtración necesaria para localizar el objeto.

—No parece que hayan sido ellos los que se han ido de la lengua. ¿He hablado con todos?

—Bueno, faltan los de la empresa de limpieza. Estos no están afincados aquí; vienen a días alternos. Son cinco.

—Dame el teléfono de la empresa.

Cuando el inspector llama y habla con el gerente, le explica lo sucedido. Aunque este ya había oído la noticia, de manera espontánea le dice que uno de sus empleados no ha acudido al trabajo desde el lunes; lo han llamado a su casa y no responde.

El gerente le da el nombre y la dirección del empleado. Inmediatamente, manda un coche patrulla al lugar.

El inspector se reúne con el director para comentar los informes.

—El informe del Ayuntamiento es que los ladrones entraron por la escotilla que hay en el interior del parking público de la calle Villanueva, que está en una de las plazas de aparcamiento, seguramente dejaron allí una camioneta sin suelo, levantaron la tapa y entraron en las cloacas sin levantar sospechas, si lo hubieran hecho desde uno de los accesos que están en la calle sería sospechoso, después recorrieron andando la distancia por el colector, hasta la esquina del edificio del museo y allí agujerearon las paredes, se necesitan planos y conocimientos para realizar este plan.

No se ha encontrado nada en el sumidero; sí, en ambos lados de la base del butrón, restos de la demolición.

—Cabe pensar que se trata de profesionales.

—Sin duda, la científica no ha encontrado ninguna huella ni en el interior del museo, ni en el taller, ni en la plaza de aparcamiento.

La cámara de entrada y salida del parking grabó una furgoneta entrando el domingo a las nueve de la noche y saliendo el martes a las seis de la mañana.

Su matrícula, hemos comprobado que es falsa.

—Entonces no tienen nada.

—Buscaremos al de la empresa de limpieza y al conductor de la furgoneta. Se ve su cara un instante en la grabación de salida; con reconocimiento facial tendremos algo.

—Bueno, siga con su trabajo, inspector, yo voy a llamar al Museo del Cairo, lo robado era un objeto cedido por ellos, también hablaré con un experto en arte egipcio, necesitamos saber el valor exacto de la vasija.

Pasados unos días, la normalidad ha vuelto al museo, el butrón está reparado, se han instalado más cámaras y sensores de alarma; además, se han revisado todos los protocolos de seguridad.

El teléfono suena en el despacho del director.

—Estrada, soy el inspector Morales. Tenemos que reunirnos; tengo noticias.

—Si quiere, esta tarde. Yo también quiero contarle una cosa.

A primera hora de la tarde, Morales entra en el despacho del director.

—¿Cómo está?

—Bien, hemos vuelto a la normalidad hasta cierto punto, pero tengo que contarle algo que no le gustará.

—Bueno, primero hemos identificado a uno de los ladrones, el que conducía la furgoneta, esto nos ha llevado a descubrir el resto, tres individuos, uno de ellos el que trabajaba en la empresa de limpieza, éste vigilaba la vasija, le habían informado de que cada cierto tiempo la retiraban al taller para conservación, él la veía cada día al limpiar, cuando un día no la vio, pregunto y supo donde estaba, lo que puso en marcha toda la operación, pero ellos eran simples ejecutores, el robo era un encargo, les pagaron veinte mil euros a cada uno, pero no han visto nunca al instigador del robo.

Cuando el objeto estuvo en sus manos lo enviaron por mensajero a una dirección en el mismo Madrid, hemos ido al lugar, es un piso vacío y ni rastro del paquete.

Hemos detenido a los ladrones pero hemos perdido el Canopo.