El cuchillo #2
Mi mente se inundó de imágenes de sus dedos penetrándome, estirándome; de su boca cerrándose sobre mí, lamiéndome, con la lengua explorando mi interior. Estaba a punto de perder la cabeza.
Junto a mis fantasías, afloraban recuerdos de cómo me enfrentaba a él, cómo le daba la espalda, propagaba rumores y le sonreía con crueldad mientras lo llamaba perdedor a la cara.
Quería gritar, llorar, suplicar, cualquier cosa para convencerlo de que me diera el placer que tanto ansiaba. Pero estaba atada y, aunque tirar de las esposas aliviaba un poco la tensión, no servía para nada a la hora de convencerlo de que me diera lo que quería.
—Chica traviesa —dijo—. Estás muy mona cuando intentas escapar. Qué masoquista eres.
Bajó la mirada hacia mi coño, que empapaba las sábanas debajo de mí; era un desastre hinchado y necesitado. Luego, con un brillo malicioso en los ojos, se acercó a la mesita de noche y cogió una de las velas.
—¿Ves toda esta cera caliente y bonita? —Inclinó ligeramente la vela, de modo que la cera acumulada en su interior brilló y se movió—.
Voy a agarrarte las piernas, a mantenerte abierta y a dejar que esto gotee directamente sobre tu clítoris, ya que tienes tantas ganas de tocarlo.
—Me estremecí y gemí ante la idea. Él sonrió con compasión—.
No te culpo. Sé que es muy difícil portarse bien cuando lo deseas tanto, pero tienes que aprender a ser una buena chica.
—Sí, amo —sollocé, apretando los puños mientras me preparaba para el dolor abrasador.
—Eso está bien, aceptas tu castigo con mucha dulzura.
Me tocó la cara con delicadeza y yo me incliné hacia su tacto.
Pero la delicadeza no duró mucho. Apartó la mano de mi cara y la deslizó por mi pecho y mi vientre, dejando un rastro de escalofríos a su paso.
Me subió un poco la falda y la metió por la cinturilla.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos mientras sus dedos bajaban, cada vez más abajo, hasta llegar a posarse entre mis labios.
Me acarició el clítoris ligeramente, apenas tocándolo, fue un roce tan suave que me entraron ganas de gritar.
—Por favor, amo, por favor… —gemí, jadeando.
Él ignoró mis súplicas y separó los dedos, dejándome al descubierto. Acercó la vela y sonrió cuando mi expresión pasó de la frustración al terror.
—¡Joder! Por favor… Por favor… Joder…
Tomé aire, sin saber cuánto dolor esperar, pero preparando todo mi cuerpo para ello.
—Estás monísima cuando tienes miedo —murmuró—. Intenta no gritar demasiado fuerte, ángel. Aunque, de todos modos, no creo que nadie te oiga.
Inclinó la vela y cayeron dos gotitas de cera. Se pegaron a mi piel y, por un momento, fue como fuego: una fracción de segundo de quemazón, aterradora, suficiente para hacerme gritar. Luego desapareció y solo quedaron las gotas de cera que se endurecieron a toda velocidad, negras contra mi piel.
Manson volvió a inclinar la vela y cayeron más gotas.
Gemí, apretando los dientes. Estaba tan tensa que, cuando sentí el ardor, tuve que hacer un esfuerzo enorme para no gritar.
Tras unos instantes de tortura lenta y metódica, Manson apartó la vela y frotó sus dedos sobre mi clítoris.
Esta vez su tacto fue más brusco y la cera se deslizó por mi piel mientras me acariciaba con movimientos circulares.
El placer me invadió, tan intenso que intenté apretar las piernas, pero él me dio otra palmada en los muslos.
—No intentes escapar, Jess —me regañó—. Acepta tu castigo como una buena chica.
Temblaba mientras me obligaba a mantener las piernas abiertas.
Manson sostuvo la vela sobre mi muslo y dejó caer la cera caliente sobre mi piel enrojecida.
Gemí con cada gota de cera que pintaba mi cuerpo de salpicaduras.
Por fin, dejó a un lado la vela y observó su obra como un artista que examina un lienzo.
Sus dedos recorrieron la parte interna de mis muslos y se me cortó la respiración.
—Recuerda esto de ahora en adelante: nada de tocar sin mi permiso.
—Lo recordaré, amo —dije.
Luego contuve la respiración mientras él volvía a abrirme, utilizando su dedo corazón para acariciarme, centrándose en mi clítoris.
—¿Cómo estás, ángel? ¿Quieres que vaya más rápido? ¿Lo quieres más duro?
—¡Sí, por favor! —jadeé.
Aumentó la velocidad y mi placer se convirtió en un nudo en mi interior, cada vez más apretado, cada vez más grande. Cerré los ojos con fuerza, dejándome sumergir en el éxtasis, dejando que me consumiera. Me correría si seguía así solo un minuto más… Solo unos segundos más…
Me retorcí contra su mano, gimiendo con desesperación.
Estaba muy cerca… Demasiado cerca…
—Aún no.
Apartó la mano y grité con furia.
—¡Qué te jodan! No, Manson, ¡por favor!
Me retorcí contra las esposas y un gruñido completamente inhumano salió de mi pecho. La mano de Manson se movió con rapidez, agarrándome con brusquedad de la barbilla mientras le gruñía.
—Qué niñata más malcriada. No deberías insultarme, Jess. —Sacudió la cabeza—. No deberías haber hecho eso. Ha estado muy mal. ¿Sabes qué les pasa a las chicas malas?
Mi temperamento seguía siendo fuerte. Quería morderle la mano, pero no podía zafarme de su agarre.
—¡Deja de burlarte de mí! —gruñí, ignorando su pregunta—. ¡Por favor! Solo quiero correrme, joder, ¡por favor!
—Parece que tienes la impresión de que te lo mereces, como si no fuera algo que podría negarte en cualquier momento si sigues portándote mal. —Sonrió burlón—. Las chicas malas reciben azotes, Jess.
Me quedé blanca.
Ya me había azotado y el dolor había sido tan intenso que no tenía muchas ganas de volver a experimentarlo. Quizá una pequeña parte masoquista de mí sí lo deseaba, pero era una parte que estaba intentando ignorar con todas mis fuerzas.
—Lo siento —me disculpé, tensa. Luego, un poco más arrepentida, añadí—: Lo siento, amo. Es que… no se me da bien esperar.
—Ya lo sé —dijo—. Y no lo sientes, todavía no. Pero lo sentirás.
Nunca hubiera imaginado que podría estar tan excitada durante tanto tiempo. ¿Acaso podía recordar cómo era no estar cachonda? ¿No tener todo mi cuerpo tan al límite que el más mínimo roce parecía estimularme por completo?
Manson cambió de posición y presionó una rodilla sobre mi muslo para mantenerlo abierto, luego usó su mano izquierda para ejercer presión contra mi otra pierna; ya no tenía opción de intentar cerrarlas.
Se me aceleró la respiración y sentí un estremecimiento en el pecho cuando de repente me di cuenta de que no se refería a darme azotes en el culo.
Iba a azotarme el coño.
Lo miré con los ojos muy abiertos.
—Yo… no creo que pueda soportarlo…
—Sí supone un límite para ti, no lo haré —dijo con firmeza.
Por un momento, desapareció la neblina de placer que me nublaba el juicio y pude ver con claridad la realidad: no estaba a su merced. Podía hacer que parara. Una sola palabra bastaría para poner fin a todo.
Le di vueltas durante un momento mientras él esperaba mi respuesta.
Por muy asustada que estuviera, quería intentarlo.
Quería experimentar cada uno de esos segundos aterradores.
Quería ver hasta dónde podía llevarme mi deseo por el dolor.
El solo hecho de saber lo que él pretendía hacer me provocó una nueva oleada de excitación.
Respiré hondo.
—Hazlo —acepté—. Recuerdo mi palabra de seguridad. La diré si lo necesito.
Con los dedos bajo mi barbilla, atrapó mi mirada en la suya.
—Puedes cambiar de opinión si es demasiado. Ya sea ahora, dentro de cinco minutos o dentro de diez. ¿Entendido?
Asentí.
El hecho de que le hubiera concedido ese poder por voluntad propia solo sirvió para aumentar mi humillación y hacer más intensa la dulzura de mi éxtasis. Le estaba entregando la venganza en bandeja de plata, acompañada de un «por favor» y un «gracias».
En el momento en que su mano entró en contacto con mi piel, un dolor punzante me recorrió todo el cuerpo. Se adentró en mi interior, palpitando, e intenté cerrar las piernas, en vano.
Mi grito terminó en un jadeo desesperado por respirar.
—Mierda… Ahhh… Amo, por favor…
Otra palmada, y luego otra. El dolor me dejó mareada, embriagada por la sensación.
Mi cuerpo hormigueaba, electrificado, tenía los músculos en tensión y temblando, esperando el siguiente azote.
Me dolía el clítoris. Aunque por mucho que me doliera, también me daba placer.
El placer y el dolor se entremezclaban en un potente cóctel que me recorría las venas y me subía directo a la cabeza.
Manson era despiadado, solo dejaba unos segundos entre cada azote para que pudiera recuperar el aliento, para que pudiera gritar otra vez con el siguiente.
Solo podía pensar en si los asistentes a la fiesta, abajo, sabían lo que estaba pasando. Si supieran que aquí arriba la chica con alas de ángel se estaba convirtiendo en una auténtica zorra, gimiendo y suplicando que le hicieran más y más daño.
—¡Por favor, amo! —supliqué entre sollozos, con las lágrimas resbalando por mi rostro.
No sabía cuándo había empezado a llorar. No eran solo lágrimas de dolor, eran liberadoras, refrescantes. Llorar me hacía sentir bien. Me sentía bien por soportar el dolor, sabiendo que era por voluntad propia. Podía llorar, suplicar y luchar. Podía experimentarlo tal y como lo necesitara.
Pero me faltaba el aire. El dolor era intenso. En lugar de volver a azotarme, Manson extendió la mano, aún caliente por haberme golpeado y me acarició la mejilla, secándome las lágrimas.
—¿Sigues estando bien, Jess? —preguntó.
Me tomé un momento para sollozar antes de recomponerme.
—Estoy bien… Estoy… Joder… Necesito… Quiero…
—Ya te he castigado lo suficiente. —Su rostro estaba muy cerca y, con delicadeza, con mucha delicadeza, sus labios rozaron los míos—. ¿Te mereces correrte ahora? ¿Eh? ¿Crees que te lo mereces?
Si me lo hubiera preguntado antes, habría gritado que sí. ¡Por supuesto que me lo merecía! ¡Me lo merecía, lo quería, lo necesitaba!
Pero ahora…