El cuchillo
Manson me levantó del suelo, acunándome como si fuera un bebé. Me llevó hasta la cama y me tumbó sobre las suaves sábanas negras, frescas contra mi espalda. Se colocó sobre mi cuerpo, con los brazos y las piernas a mi alrededor, como una bestia sobre su presa, y se inclinó para volver a besarme.
Ahora era voraz, apresurado, como si de repente hubiera perdido ese control cuidadoso y paciente. Me echó la cabeza hacia atrás, dejando mi garganta al descubierto, y paseó los labios por mi cuello. Me mordisqueó entre beso y beso, cada vez más fuerte, como si fuera a comerme viva.
Seguía esposada y deseaba con todas mis fuerzas tocarlo, abrazarlo, arañarlo. Quería hacerle sangrar otra vez.
Pero lo único que mis manos pudieron alcanzar fue la entrepierna de sus vaqueros.
Estaba empalmado, presionando contra la tela cuando mis dedos lo tocaron.
Lo acaricié, esperando que eso lo hiciera desvestirse más rápido.
Él respondió frotándose contra mí durante unos instantes y mordiéndome justo en la curva entre el cuello y el hombro, y yo gemí fuerte por el dolor, retorciéndome en la cama debajo de él.
—Manson, por favor… —Apenas podía hablar—. Por favor… quiero…
—Shh, shh, angelito. —Se apartó de mí, aunque parecía que le costaba mucho hacerlo.
Se había despeinado y se echó el pelo hacia atrás, respirando hondo—.
Obtendrás tu recompensa. —Me recorrió el pecho y el canalillo con los dedos, enganchando un dedo bajo el fino tirante de mi sujetador antes de soltarlo y dejar que golpeara mi piel—.
Serás recompensada… despacio… y dolorosamente.
Gruñí con entusiasmo, restregándome contra él.
Se levantó de un salto de la cama y se adentró en las sombras, por lo que apenas pude verlo durante unos segundos. Cuando regresó, tenía la navaja en la mano. La abría y la cerraba con destellos metálicos, como por arte de magia, entre sus dedos ágiles.
Los sonidos de la fiesta en el exterior parecían muy lejanos, como si fueran de otro mundo.
La música se oía muy poco a través de las paredes, sonaba Huggin and Kissin , de Big Black Delta.
La oscuridad que nos rodeaba parecía extenderse hasta el infinito, un vacío en el que todo lo que creía saber se había puesto patas arriba.
Estábamos en otro mundo, un mundo en el que el placer y el dolor, el miedo y la emoción eran lo mismo.
No estaba haciendo esto solo por cumplir un reto; incluso mi desesperado deseo de liberarme palidecía en comparación con el simple deseo de complacer. Experimentar lo desconocido, lo aterrador, lo prohibido.
Y, ahora mismo, lo prohibido era una reluciente navaja en la mano de Manson, que se acercaba cada vez más a mí.
Todo mi cuerpo vibraba con los latidos de mi corazón, la adrenalina me inundaba el cerebro.
Manson extendió la mano y me acarició con delicadeza el pelo, por un momento, antes de agarrármelo. El tirón de mi cuero cabelludo me hizo echar la cabeza hacia atrás, lo suficiente para dejar al descubierto mi garganta una vez más, que aún me escocía por sus mordiscos.
—Me encanta lo excitada que estás —comentó—. Te brillan los ojos. Te tiembla todo el cuerpo. Puedo oír cómo se te acelera la respiración. —Se rio entre dientes—. Eso es lo que me gusta ver.
Se inclinó sobre mí. Bajo la luz titilante de las velas, su rostro era una máscara de sombras en movimiento y formas extrañas, un Picasso oscuro.
—Cuando apunté con esta navaja a esos cabrones, se quedaron muy sorprendidos, joder —me contó en voz baja—. No paraban de decir que había intentado matarlos. Ni siquiera intenté hacerles daño, Jess. No me gusta hacer daño a la gente… No… No así.
Presionó la parte plana de la hoja contra mi mejilla.
El metal estaba sorprendentemente frío y yo me estremecí, pero no tenía a dónde ir.
Su agarre me mantenía inmóvil. La hoja me tentaba, suave y peligrosa.
Intentaba respirar con calma, para mantenerme completamente quieta.
Ese momento lento y prolongado era como meditar.
Estaba tan quieta que podía notar cada sensación de mi cuerpo: el cosquilleo por tener la piel de gallina, el temblor de mis piernas que se negaba a detenerse, el calor y la tensión en la zona baja del vientre y la hinchazón en mi clítoris, que ansiaba ser tocado.
Colocó la rodilla entre mis piernas y las movió, separándolas a la fuerza. Tenía el cuchillo apoyado contra mi mandíbula, pero luego lo bajó hasta presionar la parte plana de la hoja contra mi garganta.
Gimiendo, cerré los ojos con fuerza.
—No, no, no, Jess —dijo con suavidad, apenas por encima de un susurro—. Mírame. Necesito ver tus ojos.
Hizo una pausa cuando volví a abrirlos, estudiando mi expresión con atención antes de sonreír.
—Buena chica. Qué valiente eres.
Presionó la rodilla hacia mí, justo contra mi clítoris sensible e hinchado. Se me escapó un grito ahogado por el contacto y un estremecimiento fuerte me recorrió el cuerpo. Gemí y mis caderas comenzaron a moverse otra vez, frotándome contra él.
—Qué ángel más sucio. Mírate. ¿Tanto lo necesitas? ¿Frotándote contra mí como una cachorrita?
Presionó su rodilla contra mí con más fuerza, de modo que la intensidad de la presión sobre mi clítoris se volvió dolorosa.
Pero yo seguía frotándome, gimiendo desde lo más profundo de mi garganta.
El miedo añadido de que demasiado movimiento pudiera hacer que el cuchillo me cortara solo lo volvía más excitante.
La aspereza de sus vaqueros contra mi piel sensible hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas, pero no me detuve. Incluso en la penumbra, podía ver la humedad que mi excitación dejaba en su rodilla, la tela brillaba.
Se inclinó, con la boca a pocos centímetros de mí, pero fuera de mi alcance. No podía salvar la pequeña distancia que nos separaba con el cuchillo sobre la garganta.
—¿Recuerdas tu palabra de seguridad? —preguntó.
Su voz sonó tensa, ronca. Su autocontrol se tambaleaba ante el esfuerzo que hacía para tomarse su tiempo. Desde la última vez que me lo había preguntado solo habían pasado unos minutos… ¿Segundos? ¿Horas? ¿Una eternidad? Pero ahora comprendía que mi confirmación lo tranquilizaba.
—Sí…, la recuerdo… —Mi respuesta fue suave, mi voz cargada de lujuria.
De repente, ya no tenía el cuchillo presionado contra mi garganta. Me soltó el pelo y me rodeó el cuello con la mano, apretándomelo. La sensación de luchar por respirar me provocó un escalofrío de placer y tiré de las esposas, que se me clavaban en la piel.
Manson apartó la rodilla de mi coño y yo grité frustrada.
—¡No! Tócame, por favor… No… No… —Él sonrió mientras yo forcejeaba, moviendo las caderas, buscando cualquier tipo de contacto—. Por favor, Manson, lo necesito…, por favor…
Jadeé cuando me agarró con más fuerza, apretándome el cuello hasta que, tras un mareo breve, aflojó el agarre y yo luché por coger aire. Sentía un cosquilleo en la piel, tenía todos los nervios encendidos. Quería sentir su cuerpo apretado contra el mío, lo quería dentro de mí.
Me tenía totalmente a su merced. Me sentía pequeña y patética, tan carente de orgullo que estaba a punto de empezar a rogarle que me follara.
Pero las palabras se resistían y encadenarlas en frases coherentes me costaba aún más.
El resultado eran gemidos y palabras inconexas, que brotaban de mi boca en un torrente inútil mientras intentaba transmitir lo mucho que necesitaba su contacto.
—Ay, mi pobre Jess —se rio de mí, de mi impotencia—. ¿Qué pasa? ¿Qué quieres?
Gemí aún más fuerte, forcejeando contra su mano, retorciéndome. Si él no me tocaba, entonces me tocaría yo misma. Con desesperación, deslicé las manos esposadas bajo la falda, gimiendo hasta que mis dedos se deslizaron entre los pliegues húmedos de mis labios.
Dios, sí…
El placer recorrió todo mi cuerpo…
—Oh, no, no, no podemos permitir eso.
Se sentó a horcajadas sobre mí y me sacó las manos de entre las piernas. Yo forcejeé contra él todo el tiempo.
—¡Joder, no! Idiota, puto idiota, no…
Me sorprendió tanto que me quedé en silencio cuando se sacó una pequeña llave del bolsillo y me dejó libre una de las muñecas, pero mi sorpresa se convirtió en horror cuando, en lugar de liberarme, utilizó las esposas para sujetarme el brazo al cabecero de la cama.
—¡No, no, no, Manson, por favor, por favor, por favor!
Me sujetó una muñeca y luego la otra, sacando otro par de esposas de la mesita de noche.
Tenía los brazos estirados, lo que me impedía tocarme.
Solo quería tocarlo, tocarme, ¡cualquier cosa!
Era una auténtica tortura no poder hacerlo.
Mi frustración llena de lujuria era una alarma vibrante y estridente en mi pecho.
No podía soportar las provocaciones, la espera, el tormento, ¡no podía!
—Te dije que te haría llorar —dijo Manson, recostándose para mirarme mientras sacudía la cabeza—.
Los angelitos tienen que aprender a no tocarse sin permiso, ¿no?
—Me volvió a separar las piernas y me dio una palmada en los muslos, dejando la marca rojiza de su mano—.
Nunca imaginé que te oiría suplicarme. ¿Tienes idea de lo dulce que es ese sonido?
Sus dedos juguetearon con las marcas rojas que había dejado en mi piel. Me miró con la intensidad de alguien que intenta memorizar cada detalle, como si solo con sus ojos pudiera grabar para siempre en su cabeza la imagen de mí allí tumbada.
—Jessica Martin suplica al monstruo…, pero supongo que, en cierto modo, siempre has estado suplicando, ¿no es así? —Se inclinó hacia mí, muy cerca, con los ojos ardientes y una sonrisa burlona—. Suplicabas mi atención de la única forma que sabías hacerlo: siendo una zorra abusona.
—Por favor, Manson, por favor, lo siento, por favor solo… solo…
Se me escapó un sollozo, aunque las lágrimas aún no habían caído, e impulsé las caderas hacia arriba con exigencia.
Tenía razón. Tenía tanta razón que me aterrorizaba.