Los payasos #6
La mano de Vincent se deslizó bajo mi falda, acariciándome el clítoris, y casi convulsioné por la estimulación.
Gemí, pasando la lengua por la punta del pene de Lucas con obediencia, saboreando el sabor de la piel y el metal.
Los dedos de Vincent se deslizaron más abajo y se introdujeron en mi interior.
—Oh, qué mojada estás, angelito —murmuró.
Movió los dedos dentro de mí y, cuando los retiró, estaban cubiertos de mi excitación.
Observó cómo unos hilos brillantes se extendían entre sus dedos separados antes de lamerlos hasta dejarlos limpios.
Luego volvió a tocarme, dibujando círculos en mi clítoris a un ritmo lento y firme, hasta que mis piernas dobladas empezaron a temblar.
—Haz que se corra, Jess —ordenó Manson, desapareciendo de mi campo de visión otra vez, rodeando la escena.
Ansiosa por obedecer, moví la cabeza para acoger a Lucas más hondo, más rápido. El cuerpo de Lucas se tensó, sus movimientos se volvieron bruscos. Mi entusiasmo renovado lo hizo gemir.
—Qué putita más buena —gruñó.
Su mano entró en contacto con mi cara, fue un cosquilleo suave, y sonreí con todo el entusiasmo que pude con la boca llenísima. Volvió a darme una bofetada, más fuerte, pero sin perder el control para asegurarse de que no le mordiera sin querer.
La estimulación de Vincent sobre mi clítoris me hizo temblar, tensar los músculos y llevarme al borde del orgasmo.
—No puede correrse —ordenó Manson.
Vincent ralentizó sus caricias hasta que no fueron más que una provocación y yo casi grité de frustración.
Habría gritado, si Lucas no hubiera tomado aire de repente, temblando al correrse y llenándome la boca.
Me lo tragué, jadeando, con la cabeza en blanco, mientras por fin tenía un momento para respirar con normalidad.
Todos los nervios de mi cuerpo estaban en llamas, sensibles al más mínimo roce, y la euforia de mis hormonas desbordadas era surrealista.
Todo mi mundo era esa habitación oscura, esos tres payasos riéndose, el sabor de su sexo en mi boca…
, y Manson, observándolo todo como un dios diabólico.
Tiré de las esposas durante un segundo, solo para sentir cómo el metal se me clavaba en la piel.
Nunca antes me habían atado así, nunca antes había tenido que confiar completamente en otros mientras me permitía quedar indefensa.
Ahora solo quedaba complacer a Vincent y, poco a poco, él sacó sus dedos de mí y los llevó a mis labios.
—Sé una buena chica —me instó, y yo chupé sus dedos obedientemente, saboreando mi propio sabor, salado y suave. Le chupé los dedos como si quisiera chuparle la polla, y él se rio mientras lo hacía—. Joder. ¿Cómo podría resistirme a eso?
Lo miré con una sonrisa aturdida mientras se ponía de pie y se inclinaba sobre mí. Los demás observaban en silencio, con el sonido de su respiración entrecortada. Se oyeron pasos detrás de mí y Manson me dio un suave beso en la coronilla.
—¿Estoy haciéndolo bien? —pregunté, con las palabras entrecortadas y saliendo despacio de mi boca mientras lo miraba.
Incluso bajo la luz tenue, me fijé en muchos detalles sobre él: tenía perforaciones en las orejas, pero no llevaba pendientes; tenía la nariz torcida, como si se la hubieran roto antes, y unas pequeñas cicatrices se dejaban ver alrededor de los labios y los pómulos.
Era atractivo, casi guapo. Tenía los ojos hundidos y oscuros, pero sus rasgos eran suaves, endurecidos solo por la tensión de su mandíbula.
—Muy bien, ángel. Tan bien que tengo una sorpresa para ti.
La emoción floreció en mí.
Entonces se oyó un clic y algo brilló a la luz del fuego. Algo metálico, en la mano de Manson.
—Antes me has preguntado por esto —comentó, haciendo girar el cuchillo en su mano para que cada movimiento captara la luz y brillara como el sol—.
Me preguntaste si todavía lo llevaba. Lo llevo.
Es el mismo, el que utilicé para asustar a tu ex.
Lo llevo conmigo a todas partes y siempre lo tengo afilado.
Sentí un escalofrío en el pecho mientras observaba el cuchillo. La emoción de aquel peligro tan cercano me hizo querer reír y llorar a la vez.
Las llamas de las velas se reflejaban en los ojos de Manson, eran como un fuego infernal que ardía en su mirada.
Me di cuenta de que se había quitado la lentilla blanca, pero no por eso me intimidaba menos.
Aunque el corazón hubiera empezado a latirme con fuerza contra el pecho, no podía apartar la mirada.
—Esto es una navaja mariposa.
Se oyó otro clic, un destello, y la hoja desapareció, plegándose hacia el mango curvo que sostenía en la mano. Entonces, con la misma rapidez, tras un clic y un destello, volvió a salir, girando entre sus dedos como por arte de magia.
—Hace falta mucha práctica para manejarla correctamente… y muchos cortes en los dedos.
La imagen de la hoja era hipnotizante. Estaba fascinada, incapaz de apartar la mirada, era como si estuviera contemplando una reliquia sagrada.
Serio, Manson me tocó el rostro con delicadeza, atrayendo mi atención hacia sus ojos.
—¿Quieres jugar, ángel? —preguntó en voz baja, mientras movía ligeramente el cuchillo—. ¿Con esto?
Por un momento, se me olvidó respirar.
—Sí… Sí, por favor… —asentí con entusiasmo.
—¿Confías en mí?
La hoja brilló. El corazón me latía con fuerza.
—Sí. —Tragué saliva—. Confío en ti, amo.
Acercó la navaja a mí. Me rozó la mejilla y yo solté un grito ahogado al sentir su frío contacto. Bajó despacio, rozándome la piel, hasta posarse sobre la suave y tierna carne justo debajo de mi oreja.
—No te haré daño, ángel —prometió—. Solo quiero recordarte quién manda aquí, para que sigas siendo una chica muy buena.
Miré a Vincent, que asintió sabiamente ante las palabras de Manson.
—Sé una buena chica para papi Manson, Jess —dijo con tono burlón—. Estoy seguro de que ya te ha enseñado lo que les pasa a las chicas malas, ¿verdad?
Me dolía el culo. El recuerdo del castigo de Manson no se me borraría de la cabeza en mucho tiempo.
—Me gustaría mucho enseñarte lo que les pasa a las chicas buenas —murmuró Manson con una dulzura excesiva para un hombre que empuñaba un cuchillo—. Así que quiero que hagas sentir muy bien a Vince, ¿vale? Entonces podré recompensarte. ¿Lo entiendes?
—Sí —respondí enseguida, resistiendo el impulso de asentir con entusiasmo.
Ese cuchillo debería haberme aterrorizado, debería haberme hecho gritar. Pero no había mentido: confiaba en Manson, confiaba en que no me haría daño, no de una forma que no me gustara.
Nunca pensé que podría experimentar tanto placer solo con palabras, tanto éxtasis a raíz del miedo.
Miré a Vincent, el chico al que Kyle solía chantajear para conseguir anfetaminas y que se pasaba todos los días de instituto colocado porque, de lo contrario, su ansiedad no le permitía funcionar.
Ahora parecía sobrio y tranquilo, pero seguía teniendo esa sonrisa de bufón.
—Por favor… Por favor, úsame… —supliqué en voz baja, con el cuchillo contra mi garganta.
Vincent entró en mi boca, moviéndose despacio, deslizando su miembro por mi lengua, provocándome. Cuando lo miré y vi esa cara de payaso sonriéndome, sentí que el terror me retorcía las entrañas. Pero el miedo solo aumentó mi placer e hizo que notara un cosquilleo de deseo.
Manson se colocó detrás de mí, sosteniendo el cuchillo con ternura mientras Vincent empujaba hacia dentro. Cuando comenzó a moverse, Manson también movió el cuchillo; ya no me tocaba, pero lo mantenía cerca, justo donde podía verlo por el rabillo del ojo.
—Lo estás haciendo muy bien, estoy muy orgulloso, ángel —dijo con suavidad, con voz tranquilizadora—. Estás muy guapa con la boca llena con su polla.
Sus palabras me pusieron cachonda. Me gustaba complacerlo, saber que disfrutaba con lo que veía.
Acaricié la polla de Vincent con la lengua mientras él entraba y salía de mi boca, y luego contraje la garganta con movimientos rítmicos alrededor de su cabeza.
Vincent cambió de ritmo a su antojo, utilizando mi boca como un juguete y agarrándome del pelo para mantenerse firme. Empujó con lentitud hasta el fondo de mi garganta, gimiendo cuando lo apretaba. Empezó a moverse más rápido, más duro, agarrándome con más firmeza.
Los labios de Manson me rozaron el cuello, provocándome escalofríos. Me dejó besos suaves como plumas mientras la hoja brillaba en la oscuridad, elogiándome por mi resistencia, por mi obediencia.
Gemí y Vincent jadeó, con la respiración entrecortada mientras sus movimientos se volvían más bruscos. Cuando se corrió en mi boca, me penetró hasta el fondo; estuve a punto de atragantarme cuando se introdujo en mi garganta. Pero cuando se apartó, conseguí tragármelo todo y sonreí victoriosa.
—Gracias —susurré.
Tenía la barbilla empapada de saliva, incluso había goteado hasta mis pechos y mi sujetador.
Manson me echó la cabeza hacia atrás y me besó con una amplia sonrisa en el rostro.
Su boca me consumió por completo, su lengua acarició la mía.
Me levantó hasta ponerme de rodillas y, cuando nos separamos, me cubrió de besos la mejilla y el cuello, mordisqueándome con suavidad la piel tierna antes de darme un último beso en la clavícula y apartarse.
—Ahora queremos intimidad, chicos —dijo—. Dejadnos solos.