Los payasos #5
Me temblaban las manos y me latía con fuerza el corazón. Me aferré a la camisa de Manson, intentando hacer compatible la repulsión que sentía mi cerebro al ver a los payasos con la realidad lógica de que solo eran hombres bajo ese maquillaje. Hombres que conocía. Hombres que deseaba.
—¿Quieres irte? —me susurró Manson con ternura en el oído—. ¿O quieres enfrentarte a tu miedo y ser una buena chica para mí?
Me obligué a calmar mi respiración. Levanté la cabeza despacio y los miré.
Su aspecto solo empeoraba con la oscuridad de la habitación: la luz titilante de las velas hacía que sus rasgos cambiaran y se transformaran con cada parpadeo.
Lucas estaba agachado en el suelo, con los ojos clavados en mí.
Detrás de él, Vincent hacía girar algo alrededor de su dedo, algo metálico que reflejaba la luz de las velas y brillaba.
¿Esposas?
«A Vincent le gusta atar a la gente».
La adrenalina que me había inundado al verlos comenzó a calmarse. Con el terror desapareciendo, llegó una euforia extraña, un placer envuelto en incomodidad. Despacio, volví la mirada hacia Manson.
—Eres un puto demonio, Manson —maldije en voz baja; luego, aún más bajo, añadí—: Me gusta.
Sonrió orgulloso.
—Querías bailar con el diablo, Jess. Pues ahora tienes cuatro. —Me dio un beso en la frente y dijo—: Si tienes alguna duda, si es demasiado, todos conocen tu palabra de seguridad. Jamás dejaría que te tocara alguien que no la respetara. ¿Entendido?
Asentí.
—Entendido.
—Entonces sé un buen ángel: arrástrate hasta ellos y ofréceles tu boca.
Dio un paso atrás y, sin la barrera de su cuerpo entre los payasos y yo, sentí como si los estuviera mirando desde un túnel largo y estrecho.
Me arrodillé y arrastré una mano delante de la otra mientras avanzaba despacio hacia ellos, dividida entre no querer apartar la mirada y el deseo desesperado de mirar hacia otro lado.
«Solo son humanos, solo son humanos».
Se alzaban imponentes sobre mí. Me obligué a levantar la cabeza y mirarlos a los ojos mientras me observaban desde los agujeros negros que se habían pintado en la cara. Me temblaron los brazos cuando los extendí frente a mí, con las muñecas juntas, como una ofrenda.
—Más vale que me las pongas —dije con voz tensa, mirando las esposas que Vincent sostenía.
El impulso de luchar y huir era fuerte, me hacía temblar. Obligarme a someterme, ignorando el instinto que me impulsaba a correr o a empezar a dar puñetazos, llenaba mi cuerpo de tal torrente de sustancias químicas que parecía un subidón producto de las drogas.
—Qué buena chica —dijo Vincent mientras me esposaba, el frío metal me provocó un escalofrío en los brazos.
Una vez que estuvieron bien puestas, levantó la pequeña llave plateada frente a mi cara y, con una sonrisa sádica, la frotó entre sus manos. Fruncí el ceño, confundida, pero cuando separó las manos, la llave había desaparecido. Se había esfumado.
—Ahora eres nuestra, Jess —dijo Jason, rodeándome.
Miré hacia atrás y vi a Manson recostado sobre el baúl al pie de su cama, apoyado hacia atrás, con los codos sobre el colchón.
—Si tienes la boca llena, da tres golpecitos en sus piernas y pararán de inmediato —dijo, los dientes le brillaban en la oscuridad.
Lucas me agarró la cara, obligándome a mirar hacia ellos.
—Así estás aún más guapa —dijo con la voz ronca, intentando hablar en voz baja.
Me giró la cara de un lado a otro y entonces sentí unas manos en mi pelo, acariciándomelo… Unas manos que me tocaban la espalda…, el cuello.
Me habían reducido a una muñequita indefensa, esposada y obediente, asustada pero lista para ser utilizada.
—¿Qué solíamos decirte, Jess? Si te metes con uno de nosotros, te metes con todos. —La voz de Manson retumbó con entusiasmo detrás de mí, su excitación haciéndola aún más grave—. Y si quieres follarte a uno de nosotros, nos follas a todos.
Recordaba que me lo decían, pero probablemente me reí de ellos y les hice algún gesto obsceno.
Estaba tan contenta con mi popularidad, con mi estatus, que cualquier deseo que hubiera sentido por ellos lo habría enterrado enseguida.
Las chicas populares no salían con bichos raros, a menos que quisieran jugar con ellos.
Cuanto más jugaba con ellos, más jugaba con Manson, más tiempo les robaba.
Había sido un ciclo enfermizo y retorcido.
Las consecuencias no iban a tardar mucho en llegar.
Lucas me dio una patadita en las rodillas con sus Converse, separándomelas, y Jason se inclinó a mi lado, con sus brillantes ojos azules inquietantemente cerca de mi cara. Despacio, me levantó la falda antes de mirar a su alrededor con una exagerada expresión de sorpresa.
—Qué angelito más travieso. ¿No llevas bragas?
—El miedo pone cachondo al angelito —comentó Manson—. Tengo la teoría de que cuanto más grita y se resiste, más se excita.
Me estremecí, esas palabras aterradoras tuvieron exactamente el efecto que él esperaba: me palpitaba el clítoris, mi interior latía y se contraía por el deseo de que me penetraran.
Una mano me agarró por el cuello y la cara de Vincent se acercó a la mía mientras inhalaba con fuerza a lo largo de mi cabello, riéndose en mi oído.
Me rozó la mejilla con sus labios pintados de negro y luego bajó por mi cuello, provocándome escalofríos en la piel.
Jason se colocó delante de mí y Lucas se apartó, fuera de mi vista.
De alguna manera, no poder verlo era incluso peor que tener que mirar su espeluznante cara de payaso.
Jason se desabrochó la cremallera delantera de su mono negro, dejando al descubierto su pecho, hasta llegar a su polla gruesa y dura.
Unos tatuajes coloridos y atrevidos lo cubrían como un lienzo.
Se agarró el miembro con sus dedos llenos de anillos y se lo acarició despacio, me quedé hipnotizada por la imagen.
Este era el chico del que solía burlarme por su complexión delgada y su timidez, el chico de manos delicadas que acabó cubriéndolas de metal para poder defenderse.
—¿Puedo…? —Me temblaba la voz, me resultaba casi imposible articular las palabras—. ¿Puedo probar…, por favor?
Los tres se echaron a reír de nuevo, una risa que parecía resonar a mi alrededor en la oscuridad. Vincent me sujetó la cara con las manos y me presionó la mandíbula con los dedos, inclinándome la cabeza hacia atrás y manteniéndome en esa posición.
—Abre la boca —me susurró Vincent al oído, mientras otra mano me agarraba del pelo; por el rabillo del ojo, vi a Lucas inclinándose hacia mí.
—Ábrela bien —dijo, riendo.
Obedecí, con la boca salivando por probar aquel falo aterrador y grueso. Jason entró en mi boca, deslizándose sobre mi lengua y llenándome la garganta poco a poco mientras yo, obedientemente, mantenía la boca abierta.
—Hazle sentir bien —ordenó Manson, y yo cerré los labios alrededor del pene de Jason, chupándolo con delicadeza y enrollando la lengua alrededor de la punta.
Jason gimió y empezó a mover las caderas, golpeando la parte posterior de mi garganta. Vincent me agarró la cara con más fuerza, manteniéndome quieta mientras Jason usaba mi boca.
—Míralo, ángel —susurró Vincent.
Hice todo lo posible por obedecer, con los ojos muy abiertos mientras miraba a Jason, que mostraba los dientes con ferocidad mientras su respiración comenzaba a entrecortarse por el placer.
De repente, Lucas me soltó el pelo y se colocó a su lado, desabrochándose el traje y apartándose los calzoncillos negros.
Mis ojos se abrieron de par en par al verlo: tenía un piercing en el pene, una barra plateada curva que atravesaba la parte inferior del glande.
Nunca había visto algo así, ni siquiera había pensado que fuera posible y apenas podía imaginar cómo sería tener eso dentro de mi garganta.
Jason enredó una mano en mi pelo y me folló con tanta fuerza que se me llenaron los ojos de lágrimas.
La excitación se apoderó de mí mientras su polla palpitaba y las manos de Vincent se alejaron de mi cara para arañarme la espalda, dejando a su paso marcas dolorosas con las uñas.
Llegó a mis caderas, me agarró con fuerza y apretó la carne hasta que me dolió y gemí.
El sonido llevó a Jason al límite, que se introdujo hasta el fondo de mi garganta, maldiciendo mientras se corría, llenándome la boca de su semen.
—Buena chica, Jess.
Escuché a Manson levantarse de la cama y acercarse a mí, con sus botas golpeando el suelo, y un escalofrío me recorrió la espalda al sentir cómo me acariciaba un lado del cuello. No estaba segura de cómo sabía que era Manson, simplemente lo sabía.
Jason dio un paso atrás, recuperándose, y Lucas no perdió tiempo en ocupar su lugar.
Fue brusco desde el principio, presionando con fuerza y hasta el fondo.
Las dos bolas lisas de su piercing hacían presión contra mi lengua y, cuando llegó a la parte posterior de mi garganta, me entraron arcadas, ya que no estaba acostumbrada a la sensación del metal.
—Tranquila, ángel —dijo Vincent, y sus manos se deslizaron por mis caderas y bajaron y bajaron entre mis piernas mientras acariciaba mis muslos y me provocaba escalofríos en la espalda—. Lucas no es muy educado, ¿verdad?
—Lucas debería tener más cuidado.
La voz de Manson era una orden, al igual que el agarre que ejerció sobre el brazo de Lucas mientras lo rodeaba. Este gruñó furioso, pero aflojó la presión en la parte posterior de mi garganta, moviéndose más despacio, dándome tiempo para acostumbrarme a su tamaño y a la novedad del metal.
Intenté mantener la mirada clavada en Manson, cuya presencia calmaba mis nervios y fortalecía mi determinación, esa que me hacía participar sin inhibiciones, sumergirme en este mundo oscuro y retorcido de éxtasis y miedo.
El placer en el rostro de Manson era evidente: la forma en que se mordió el labio cuando me relajé lo suficiente como para dejar que Lucas me penetrara la garganta hasta el fondo, cuando este soltó un gemido ahogado, apenas contenido.
Manson maldijo en voz baja.
—Joder, qué guapa estás, Jess.