El reto (Losers 0.5) Los payasos #4
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Los payasos #4

No dejó de agarrarme la garganta mientras reclamaba mi boca, su cuerpo presionado contra el mío.

Las correas metálicas de su arnés se me clavaron en el pecho y el dolor me hizo querer aferrarme a él con más fuerza.

Mis manos agarraron sus caderas, luego arañaron su espalda, se enroscaron alrededor de sus hombros y lo atrajeron hacia mí mientras nuestras lenguas se entrelazaban.

Sabía a menta, tabaco y cerveza. Me mordió el labio, se rio del sonido que salió de mis labios y luego volvió a besarme.

Era una lucha por ver quién podía ser más duro, quién podía exigir más, como si intentáramos fundir nuestros cuerpos.

Le arañé el cuello, decidida a marcarle la piel y él se estremeció.

De repente, me levantó y me empujó contra la pared, reteniéndome ahí mientras nos besábamos.

Enrosqué las piernas a su alrededor y le acaricié el pelo, tirando al suelo su gorra de policía.

Le agarré sin piedad el pelo de la nuca, esperando sentir cómo se retorcía de dolor.

Le mordí el labio hasta que gimió en mi boca y sentí un sabor metálico.

Lamí la sangre que caía, deslizando la lengua por su barbilla y su boca, saboreando ese sabor violento.

Respondió enredando una mano en mi pelo y tirando tan fuerte que me dolió el cuero cabelludo, con la otra mano me apretaba el culo dolorido por debajo de la falda.

Sentí algo duro en sus vaqueros presionarse contra mí, esa deliciosa polla esperándome.

Nos detuvimos, sin aliento.

Gotas de sangre brotaban de mis arañazos en su cuello, una imagen satisfactoria, aunque aún me agarraba del pelo con crueldad.

Con la respiración agitada, sentí el calor que irradiaba su cuerpo mientras me bajaba despacio hasta ponerme de pie, pero sin permitir que se creara ni la más mínima distancia entre nosotros. Levantó la mano y se limpió el labio ensangrentado con el dorso. Miró la mancha roja con una sonrisita.

—Me has hecho sangrar —dijo.

—Y tú a mí no.

Levantó las cejas.

—¿Eso es un problema?

Me encogí de hombros, intentando mostrar indiferencia a pesar de estar completamente sin aliento y mareada por el deseo.

—Esperaba más. Joder, cuando me encontraste aquí, pensé que me harías llorar.

Se rio, un sonido peligroso, y negó con la cabeza.

—¿Eso es lo que quieres, Jess?

—Quiero abofetearte —dije, en lugar de decir «sí».

Se inclinó hacia mí.

—¿De verdad? ¿Por qué? —susurró—. ¿Te gusta verme sufrir? Adelante. —Giró ligeramente la mejilla—. Dame una bofetada. Atrévete. A ver qué pasa.

No hizo falta que me lo dijera dos veces.

El sonido de mi mano golpeando su cara fue tan fuerte que no me sorprendería que se hubiera escuchado desde fuera, incluso por encima de la música. Había puesto toda mi fuerza en el golpe, toda mi frustración y confusión por lo mucho que me excitaba, pero él apenas se inmutó.

—Ahora tengo que hacerte llorar, Jessica —dijo.

Salimos juntos del baño, sin aliento y con las manos entrelazadas. Mi lado más paranoico esperaba que hubiera una multitud reunida al otro lado de la puerta, pero solo había un tipo irritado y medio dormido.

—Arriba —susurró Manson, y me condujo por el pasillo, entre la multitud de gente borracha y alegre.

Subimos corriendo las escaleras, la moqueta que cubría los peldaños amortiguaba el ruido de nuestros zapatos.

El corazón me latía con fuerza y la euforia mantenía una amplia sonrisa en mi rostro.

Arriba, volvió a agarrarme y me besó con pasión, enredando sus manos en mi pelo.

Cada vez que nos separábamos, era como si estuviera saliendo a la superficie de una piscina: jadeaba en busca de aire, tenía la visión nublada y notaba el cuerpo ligero.

Al final del pasillo había una puerta que escondía un dormitorio con las luces apagadas. Manson sacó un mechero del bolsillo y, mientras yo me quedaba en el umbral, encendió velas por toda la habitación, llenándola de un resplandor naranja parpadeante.

—Una iluminación muy adecuada —comenté mientras regresaba a mí—. Qué suerte.

Sonrió. A la luz de las velas, su rostro se veía envuelto en sombras extrañas y parecía aún más oscuro y misterioso.

—Tengo cierta debilidad por las velas. La señora Peters dice que la aromaterapia me ayuda con la ansiedad.

Fruncí el ceño.

—Un momento… ¿Esta es…?

—Esta es mi habitación. No nos molestará nadie.

Me llevó unos segundos asimilar lo que había dicho.

No podía ver mucho de la habitación, incluso con las velas encendidas. La cama tenía un cabecero que recordaba a una verja de hierro, imponente y oscuro. Un gran cráneo de toro, pintado de negro y con detalles dorados, me miraba fijamente desde la pared.

—Espera… Espera… Es-esta es… —tartamudeé—. ¿Has dicho que esta es tu habitación?

—Sí… —Miró a su alrededor, como si estuviera volviendo a familiarizarse con la estancia y se encogió de hombros—. Empecé a vivir aquí al cumplir los dieciocho.

Me costaba creerlo. ¿Manson Reed? ¿Viviendo con la familia Peters? ¿Una de las más ricas del pueblo?

—¿Cómo? ¿Por qué?

Empecé a distinguir un poco las cosas que cubrían las estanterías cercanas: vinilos, cristales brillantes y dagas en vitrinas. Cosas bonitas, cosas preciadas.

—La señora Peters es trabajadora social —explicó, algo incómodo—.

Era… mi trabajadora social. Mi madre quería mi custodia, pero no tanto como quería que mi padre se quedara con nosotros.

—Se aclaró la garganta y su incomodidad se hizo aún más evidente; parecía dolorido—.

Siempre había planeado marcharme el día que cumpliera los dieciocho.

No estaba dispuesto a quedarme y seguir recibiendo palizas más tiempo del necesario.

Acudí a la señora Peters en busca de consejo, pero, en lugar de eso, obtuve un lugar donde quedarme.

No sabía qué responder. ¿Qué podía decir?

En el pueblo todo el mundo sabía que el padre de Manson era un desastre, que se marchaba cuando se peleaba con su mujer y luego volvía al cabo de unos meses.

Pero, joder, nunca había sabido que era así.

O al menos, nunca me había molestado en preguntar.

Supuse que todos sus moratones eran del instituto, que los días que no aparecía era porque se saltaba las clases, que la muñequera que llevaba de vez en cuando era por lesiones que se había hecho patinando.

—Eso es… Eso es…

Quería disculparme, pero nada me parecía adecuado. Después de todo lo que había pasado en el instituto, tenía que volver a casa y lidiar con eso. Niñatos egoístas y creídos que lo acosaban solo porque podían. Había estado tan mal… Había sido tan jodidamente cruel…

—Manson, yo… Lo siento muchísimo…

—No quiero hablar de ello —dijo, tajante.

No lo culpaba… Yo tampoco habría querido desenterrar todos los demonios de mi pasado, y menos aún con la persona que causó algunos de ellos.

—Quizá… algún día. Si de verdad quieres saberlo. Solo que… ahora no.

—Algún día —dije, dedicándole una sonrisa, una genuina.

Y lo decía en serio, quería conocerlo más a fondo, quería oírlo hablar. No sabía si eso compensaría haber sido una idiota con él, pero, tal vez, era un comienzo.

Sorpresa y luego una calma suave y gentil se apoderaron de su rostro. Me acarició la clavícula, subió por mi garganta y posó dos dedos debajo de mi barbilla.

—Algún día —repitió—. ¿Eso significa que no te estoy asustando?

—Me asustas. —Me puse de puntillas y esta vez mi beso fue casto, una seguridad en lugar de una exigencia—. Pero me gusta que me asusten.

Sacudió la cabeza con incredulidad, por un momento volvió el chico tímido de siempre.

—Joder, Jess. Te juntabas con la gente equivocada en el instituto, ¿lo sabes? Habrías encajado perfectamente con los frikis.

Resoplé burlona, incrédula.

—A mucha gente le gustan las cosas que dan miedo. A mí solo me gustan un poco… más —respondí encogiéndome de hombros, como si fuera algo perfectamente normal y, desde luego, no algo que acabara de descubrir sobre mí misma.

—Claro, por supuesto, veamos: te gustan las cosas que dan miedo, te gusta el dolor, te excita que te traten como una esclava. —Manson hizo algunos cálculos ficticios en su cabeza mientras yo ponía los ojos en blanco—. Sí, definitivamente suena a rarita.

—Ay, calla. —Le pasé los brazos alrededor del cuello—. Dijiste que me harías llorar, ¿recuerdas? Te estás distrayendo.

—¿Ah, sí? —preguntó riéndose entre dientes—. Lo único que intento decirte es que creo que encajarías con mis amigos. Aunque les tengas miedo… Vi cómo los mirabas.

Un sonido repentino me sobresaltó: un crujido en la parte de atrás de la habitación a oscuras… Un paso… Una exhalación.

Mi cuerpo se tensó. Algo se movía en la oscuridad.

—Manson… Manson, ¿qué…?

Escuché risas, unas risas inquietantemente familiares, y entonces tres rostros anormalmente pálidos aparecieron en la oscuridad.

—¿Nos has echado de menos, Jess? —murmuró Vincent justo cuando me di cuenta de que estaba encerrada en una habitación con tres putos payasos.

Puede que gritara. No estaba muy segura de qué sonido salió de mi boca cuando me tapé los ojos, sacudiendo la cabeza, decidida a imaginar que no estaban allí de verdad. Esas caras horribles y espeluznantes, esas amplias sonrisas, esos ojos cadavéricos pintados de negro.

Manson me bajó las manos y me agarró las muñecas.

—Eso no está bien, Jess —dijo con dulzura—. No podía dejar que se perdieran la diversión.

—Es lo justo —gruñó Lucas, lamiéndose el labio inferior, despacio—. Todos esos días del último año en los que te pavoneabas con tu culo de presumida, actuando como si no quisieras tener nada que ver con nosotros, pero nunca podías dejarnos en paz, ¿verdad?

—Siempre te reías cuando el gilipollas de tu ex iba a por nosotros —murmuró Jason—. Es un cambio de rol bonito verte a ti asustada.

Contuve la respiración en un intento de aguantar las lágrimas.

Sus siluetas permanecieron en la oscuridad, observándome, sonriéndose entre ellos. Payasos espantosos, monstruos… Monstruos que yo conocía, monstruos que yo había ayudado a crear.