El reto (Losers 0.5) Los payasos #3
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Los payasos #3

—El orgullo no tiene cabida cuando me sirves. —Acercó el tanga a mi cara, acariciando mi mejilla con la tela de encaje—. No puedo dejar pasar ese reto, Jess. Tenía muchas ganas de verte con él en la boca.

Tragué saliva.

—Manson… Por favor…

—Métetelo en la boca —habló con suavidad—. Métetelo en la boca, ponte de cara a la pared e inclínate.

La cabeza me iba a mil por hora.

Inclinarme… Estaría completamente expuesta. Lo vería todo: cada trocito de piel empapada. Por supuesto, ya me había visto todo cuando me azotó sobre su regazo, pero cada exposición se sentía igual de íntima, igual de degradante… igual de excitante.

Fantasías inconfesables se me pasaron por la cabeza. Pensé en sus dedos acariciándome, separándome, presionando dentro de mí…

Abrí la boca, esperando mi mordaza. Hubo un destello de sorpresa en su rostro ante mi conformidad, antes de que el fuego se encendiera en sus ojos.

Me metió el tanga en la boca, no lo suficiente como para llenármela, pero sí para ahogar cualquier sonido que pudiera intentar emitir.

Podría haberlo escupido con facilidad, pero cerré la boca lo justo para mantenerlo ahí.

Lo miré a los ojos por un momento, largo y tenso, antes de girarme despacio, doblarme por la cintura y agarrarme los tobillos.

Mis tacones hacían que la postura fuera particularmente difícil. Tenía todo el culo al aire, mi falda corta era inútil. Las botas de Manson estaban justo detrás de mí, cubiertas de los besos que había dejado con mi brillo de labios.

No dijo nada mientras pasaban los segundos, segundos que parecían una eternidad.

—Abre las piernas —dijo al fin—. Quiero verte. Entera.

Separé los pies y el aire fresco me acarició la piel. Esperé y empezaron a temblarme las piernas. La dificultad de la postura y mi excitación cada vez mayor iban a hacer que me resultara imposible mantenerme así durante mucho tiempo.

Una vez más, Manson guardó silencio.

Intenté controlarme, respirando despacio por la boca y exhalando por la nariz.

—Ábrete para mí.

Se me escapó un gemido.

Cada orden llegaba muy despacio, muy metódica. Me estaba dando tiempo para demorarme, para que sintiera de verdad hasta dónde llegaba la degradación. Lo odiaba por eso.

Lo odiaba, lo amaba, quería más…

Extendí la mano hacia atrás, intentando agarrarme la zona sensible. Tenía los dedos resbaladizos y apenas podía abrir los labios, no conseguía agarrarme bien.

Dios, me sentía muy sucia. Me sentía muy expuesta. Él no me tocó, ni siquiera se acercó a mí. Pero deseaba que lo hiciera. Quería su contacto con desesperación.

—Pasé los años más hormonales de mi vida deseando tocarte, Jess.

Deseándolo… sin atreverme a hacerlo nunca.

Aprendí a ni siquiera mirarte —dijo como si pudiera sentir mi frustración y confusión por la distancia que mantenía; después, se rio con amargura—.

Mientras tanto, tú me tocabas, me provocabas y te reías en mi cara.

Lo sabías. Sabías lo mucho que te deseaba.

—Soltó el aire: pesado, tenso—. Así que, si crees que no voy a saborear cada segundo de esto, si crees que no tengo la disciplina necesaria para esperar ni siquiera por mi propia satisfacción, estás muy equivocada.

Se me acumulaba la saliva en la boca. Era incapaz de tragar, pronto empezaría a babear. Humillación tras humillación. Se me resbalaron los dedos y tuve que recolocarlos, separando los labios.

Su respiración volvió a cambiar, tal vez fue un jadeo o una risa suave.

—Dios, es patético lo necesitada que estás. —Su voz no era cruel, ni burlona. Lo dijo como si fuera un simple hecho, y yo asentí con un gemido entre el tanga—. Huyendo al baño para tocarte…, qué chica más traviesa. Hace tiempo que no te corres, ¿eh?

Si hubiera sido capaz de articular palabras coherentes, habría estado de acuerdo.

Había estado con otros chicos desde que rompí con Kyle; el sexo casual era mi forma favorita de aliviar el estrés.

Pero esto era más que sexo. Había despertado otro deseo en mí, un ansia de algo cruel e inusual que nunca había satisfecho.

Era un monstruo deslumbrante, que rugía y exigía ser saciado.

Manson se agachó y se quedó mirándome fijamente, la cabeza me colgaba entre las piernas. Sonrió, era una sonrisa totalmente sádica, lobuna.

—¿O es que eres tan pervertida que el hecho de que te ordenen lamer las botas de un chico raro te excita y te pone cachonda? ¿Basta con que te den unos azotes y te hagan suplicar clemencia para que te corras? Joder, qué pervertida.

Su mirada se desplazó y supe que estaba mirando directamente a mi coño.

«Dios, por favor, tócame, tócame, ¡lléname!».

—Disciplina —murmuró—. Eso es lo que te falta. No puedes esperar que te recompensen por seguir órdenes así de simples.

La saliva se me acumuló en los labios y comenzó a chorrearme.

Las ganas de escupir el tanga eran cada vez mayores, pero la incomodidad me parecía agradable.

Cuanto más aguantaba, mejor me sentía, porque significaba que seguía obedeciendo.

Seguía cumpliendo sus órdenes. Me estaba ganando mi recompensa.

«No puedes esperar que te recompensen por seguir órdenes así de simples».

—Jessica, mírame.

Había cerrado los ojos sin darme cuenta, pero los abrí para mirarlo, boca abajo entre mis piernas abiertas.

—Tócate —dijo con suavidad—. Solo con un dedo. Despacio.

—Por favor… Por favor, fólla…

Lo que decía era incompresible por el tanga.

¿Cómo iba a atreverme a hacer eso delante de él?

Lo vería todo. Tenía la opción de decir que no.

Me había dado una palabra de seguridad y me había exigido que la usara si fuera necesario.

Pero no sentía esa necesidad. Me sentía humillada, avergonzada, excitada…

Estaba asustada, pero no de una forma mala.

No me asustaba lo que él pudiera hacerme, sino lo que yo estaba dispuesta a hacer siguiendo sus órdenes.

Con un dedo, despacio, hice presión hacia mi interior. Mi piel se abrió, suave y resbaladiza. Tenía que moverme con cuidado para no clavarme las uñas acrílicas rosas.

Un solo dedo no era suficiente, pero la sutil estimulación hizo que se me entrecortara la respiración. Volví a cerrar los ojos, incapaz de soportar su mirada.

—Fóllate el coño. Vamos, Jess. Adentro y afuera.

¿Por qué tuvo que empeorar las cosas hablándome mientras lo hacía?

Saqué el dedo y luego lo volví a introducir despacio hasta el fondo. Una y otra vez. Podía sentir el peso de su mirada sobre mí, incluso con los ojos cerrados. Con cada movimiento de mi dedo expulsaba más humedad. Tenía el clítoris hinchado por el deseo.

En lugar de seguir manteniéndome abierta, bajé la otra mano entre mis piernas y me froté el clítoris, lo que me provocó una descarga de estimulación que me recorrió las piernas temblorosas.

Apoyé la cabeza contra la pared para mantener el equilibrio.

La saliva me goteaba por la barbilla mientras gemía, luchando por mantener las rodillas rectas.

Sin pensarlo, añadí un segundo dedo en mi interior, moviéndolo hacia dentro y hacia fuera.

Gemía en voz alta, sin importarme que alguien me oyera, sin pensar en lo vergonzoso que era.

Estaba a punto… Estaba muy cerca… Dios, qué bien me sentía, se me doblaban las rodillas…

—Jessica, para. Ya.

Su voz lo atravesó todo, como si alguien hubiera encendido un interruptor en mi cerebro. El hecho de que se estuviera riendo me sacó casi al instante de mi confusión desesperada y excitada.

Retiré los dedos, maldiciendo a través de la mordaza.

Había estado muy cerca, ¡demasiado cerca!

Debería haber seguido, ¡debería haber disfrutado cuando había tenido la oportunidad!

En lugar de eso, me levanté tan rápido que me empezó a dar vueltas la cabeza.

Me quité el tanga de la boca y lo tiré al suelo, luego me volví hacia él con una mirada furiosa y la espalda pegada a la pared.

Él se agachó y me miró, mostrando sus afilados dientes en una sonrisa.

—Qué gracioso —murmuró—. Prefieres obedecerme antes que darte placer. Aunque te frustre, sigues prefiriendo obedecer. Eso está bien. Mucho mejor.

Su sonrisa se ensanchó cuando se levantó. Me agarró por el cuello, pero no apretó, al menos todavía no. Se limitó a mantenerme allí, inmovilizada contra la pared.

Respiraba con dificultad, el aire me quemaba los pulmones y temblaba.

Con la mano que tenía libre, me agarró la muñeca y me la levantó, mirando los dedos que había utilizado para darme placer.

—Eres más divertida de lo que esperaba —dijo en voz baja.

Con delicadeza, se llevó un dedo a la boca y no pude evitar soltar un suspiro al sentir el contacto.

Su lengua se deslizó sobre mi piel, saboreando cada gota de mi fluido, mientras su boca me envolvía de una forma aterradora y provocativa a la vez.

Sentí sus labios suaves y el roce de sus dientes sobre mi piel al succionar, como una ventosa que no pude evitar imaginar en otras partes de mi cuerpo.

Me agarró con más fuerza por el cuello, empujándome hacia atrás, dificultándome la respiración, pero sin llegar a impedirla.

Contuve el aire lo mejor que pude mientras se sacaba mi dedo de la boca, despacio. Se humedeció los labios y sus ojos se encontraron con los míos. Tenía una mirada feroz, hambrienta. Su mirada viajó hasta mi boca, una pregunta silenciosa, una orden que no se atrevía a dar.

Así que se la di yo.

—Hazlo —le exigí—. Bésame.