Los payasos #2
—Parece que estás un poco distraída —comentó Jason, apareciendo de repente tras mi otro hombro.
La repentina cercanía de su sonrisa burlona me hizo soltar un grito y saltar contra Manson.
El chico de pelo azul sonrió.
—Oh, no te asustes. No mordemos.
—No le mientas —rio Lucas—. Claro que mordemos.
—No os preocupéis por asustarla, chicos —dijo Manson, dándome un apretoncito—. Es un buen entrenamiento para ella.
Manson sonrió cuando vio que lo fulminaba con la mirada. Quería pegarle: por negarme el orgasmo, por darme azotes, por hacerme esperar, por obligarme a quedarme allí de pie y enfrentarme a ellos.
Conseguí contener los puños, pero no la lengua.
—Manson… No podemos… No podemos…
—¿No sabes que es de mala educación cuchichear cuando hay amigos cerca? —me reprendió Manson, con un tono de voz que me dejó claro lo mucho que disfrutaba regañándome delante de ellos—. ¿No podemos qué? ¿Entrar para que por fin te folle?
Tuve que ponerme roja de la cabeza a los pies.
Mis ojos se movían rápidamente de un payaso a otro mientras se reían.
Solo unas pocas personas del instituto se habían enterado de mi asuntillo con Manson, pero estos tres payasos estaban entre ellos. Estaban allí cuando intenté advertirle que se mantuviera alejado del instituto, que se mantuviera alejado de Kyle.
—Volvamos dentro —le supliqué—. Por favor, Manson…, ya me has hecho esperar bastante…
Deslicé una mano por su pecho y por encima de sus vaqueros. Sentí su erección y la apreté, mirándolo con ojos grandes y suplicantes.
Ni siquiera se inmutó.
—Ya lo sabes, ángel —me advirtió—. Esto es a mi ritmo, no al tuyo. Y no te estás dirigiendo a mí como es debido.
No podía decirlo delante de sus amigos, no podía.
Intenté no mirarlos, pero mis ojos se desviaron hacia ellos.
Lucas me observaba con ansia, era como un lobo que había visto al conejo que más odiaba.
La mirada tranquila y desconcertantemente brillante de Jason captó la mía cuando la pasé sobre él y me retuvo mucho más tiempo del que yo quería.
Y Vincent seguía sonriendo y se le veía muy complacido, balanceándose sobre los pies, como si fuera un monstruo al estilo Stephen King que hubiera cobrado vida.
Les encantaba ver cómo me retorcía.
—No puedo decir eso aquí —susurré, deseando que solo Manson me oyera—. Quiero entrar. Vamos.
Mi voz sonaba caprichosa y totalmente de niñata malcriada, incluso para mis propios oídos.
—¿Te preocupa más lo que piensen de ti que complacerme, Jess? —preguntó Manson, y chasqueó la lengua—. Así no es cómo se comportan las chicas buenas.
Podía sentir que se avecinaba un castigo, y la mocosa que había en mí comenzó a hacer un berrinche. Furiosa, me aparté de él, crucé los brazos y resoplé.
No podía soportarlo más. Tenía que irme. Ya.
—Tengo que ir al baño —murmuré, antes de que Manson pudiera continuar con su regañina—. Ahora vuelvo.
Esperaba que intentara detenerme, pero en cambio me dijo que no tardara.
—Es una niñata malcriada, chicos. Solo hay una manera de domarla. —Pude oírle decir en voz baja mientras me alejaba a toda prisa.
Si a la vuelta me esperaba otra azotaina, al menos primero iba a correrme.
El baño estaba ocupado, por supuesto, y esperé impaciente delante de la puerta hasta que finalmente salió una chica borracha tambaleándose.
Se había formado una cola detrás de mí, así que sabía que tenía que darme prisa.
Allí, sola en el silencioso baño, por fin pude mirarme bien en el espejo.
Mi pelo seguía estando peinado y tenía el maquillaje intacto, aunque era solo cuestión de tiempo que eso cambiara.
Curiosa, me giré y me subí la falda para poder verme el culo. Estaba rojo, todavía caliente y ardiendo por la mano de Manson. Solo recordar mi posición, tan firmemente sujeta y sin poder escapar, me hizo morderme el labio inferior y apretar los dedos de los pies.
Dios, quería que volviera a hacerlo. Quería que me hiciera daño, que me follara, que me hiciera gritar.
Lo había molestado, lo sabía, así que al menos existía la posibilidad de que me esperara otra azotaina despiadada cuando saliera.
¿Y si lo hacía delante de sus amigos? ¿Y si esta vez no había intimidad?
Sin dejar de mirar mi culo enrojecido en el espejo, me apoyé contra la pared frente a mí y metí la mano por debajo de la falda.
Mis dedos se deslizaron sobre mi clítoris y lo froté con rapidez, con furia.
No podía tardar mucho, había gente esperando.
Me mordí el labio para no hacer ruido, pensando en la mano de Manson golpeando mi piel enrojecida.
Un golpe seco resonó en la puerta.
—Es-espera… un momento… —dije entre jadeos.
Estaba muy cerca. Llevaba tanto tiempo excitada que no me costaría mucho llegar. Tenía los dedos resbaladizos. Cerré los ojos.
Más golpes en la puerta, joder.
Imaginé a Manson inclinándome, sujetándome con fuerza bajo su brazo, regañándome mientras los payasos miraban, dándome azotes hasta que lloraba desconsoladamente, sin poder controlarme…
Más golpes. Ahora eran furiosos, insistentes.
Joder, no podía correrme así.
Con un fuerte gruñido de frustración, me bajé la falda y abrí la puerta de golpe.
—Por Dios, ya he terminado, ¿vale? —espeté—. No hace falta que seas tan gilipollas…
Manson me empujó de nuevo al interior del baño y cerró la puerta de un portazo. Me agarró, sujetándome por los brazos, y me empujó contra la pared. Me sentí culpable al notar la humedad de mi excitación en los dedos, una prueba irrefutable de mi desobediencia.
—Mi-mierda… Manson…
Se cernía sobre mí, mirándome como si quisiera comerme viva.
—¿Qué crees que estás haciendo, ángel? —preguntó agarrándome la muñeca y levantándome la mano—. ¿Qué es todo esto que tienes en los dedos, eh? ¿Creías que podías escabullirte y hacer algo así de atrevido?
Se me aceleró la respiración mientras lo miraba.
—Yo… Eh… Había gente esperando ahí fuera…
—Ya no. —Sonrió—. Es una casa grande, pueden usar otros baños. Les indiqué dónde estaban. Necesitamos un poco de tiempo a solas.
—¿Vas a hacerme daño? —susurré.
—Más de lo que te puedas imaginar. ¿Recuerdas tu palabra de seguridad?
—Sí.
Debería estar aterrorizada, pero me vibraba todo el cuerpo. Mis fantasías de castigo no eran nada comparadas con la realidad.
—Si me paso, más vale que la uses. ¿Lo entiendes?
Volví a asentir.
Mi coño se tensó y jadeé, temblando entre sus brazos. Si me hubiera visto hace un par de años tal y como estaba ahora, gimiendo y chorreando delante del chico del que me había reído, me habría horrorizado. No me lo habría creído.
Todavía me costaba creerlo.
—Es hora de otra lección, Jess —indicó Manson, mirándome de arriba abajo—. Hace solo un par de horas estabas recibiendo azotes en ese culito tan bonito que tienes. ¿Ya has olvidado lo que se siente?
Me soltó los brazos y deslizó las manos hasta apretarme el culo, que me ardía. Grité y me derrumbé entre gemidos de dolor que se intensificaron hasta convertirse en un gruñido cuando me agarró con más fuerza. Su tacto era electrizante. Quería que volviera a empujarme contra la pared.
—¡No lo he olvidado! —Me atrajo hacia él con la mano que tenía sobre mi culo y yo me acerqué más—. ¡Haces que sea jodidamente difícil obedecer! ¡Y no me dijiste que no me tocara!
—Niñata malcriada —dijo apretando los dientes y mostrando por un instante sus afilados colmillos—.
Te dije que quería verte sufrir. Que quería ver cómo te retorcías.
No vas a quitarme ese placer. —Sacudió la cabeza en señal de desaprobación—.
Ojalá tuviera mi paleta aquí. Dios, dejarte el culo negro y azul con esa cosita haría que obedecieras como debes.
Estaba temblando. No sabía si quería enmascarar mi miedo con ira, o mi excitación con descaro, o si sus amenazas iban a quebrarme y hacerme suplicar otra vez. Tenía una paleta, literalmente poseía instrumentos para infligir dolor y humillación.
Era un monstruo.
Y, Dios, me encantaba. Yo también deseaba que tuviera su paleta aquí.
En lugar de responder con descaro, opté por una táctica diferente: la dulzura.
—¡Estoy esforzándome mucho por portarme bien! —me quejé—. Vamos, Manson… Eh, amo… Por favor…, si me dejaras acabar…
—No negocio a cambio de buen comportamiento, ángel.
Dios, ¿no sabes cuánto tiempo he deseado hacer esto?
¿Tienes idea de lo bien que sienta castigar a la chica que siempre se reía de mí?
—Me acarició la cara con ternura mientras me mantenía pegada a la pared—.
¿Ver cómo gimoteas y te quejas y te pones roja, pero sigues haciendo todo lo que te digo? Es demasiado placentero.
—Eres un idiota —gemí—. Lo deseo mucho, Manson.
—¿El qué? —preguntó en voz baja—. ¿Qué deseas?
—¡A ti! Solo quiero follar, por favor, me tienes tan cachonda que no puedo soportarlo, ¡voy a volverme loca! —jadeé con desesperación, a punto de estallar—. Por favor, no me hagas esperar más, por favor, solo… solo… ¡ponme a cuatro patas y fóllame!
Por dentro me moría de vergüenza, pero no podía evitarlo. Si suplicar era lo único que pondría fin a esta tortuosa espera, entonces eso es lo que haría.
Manson se rio entre dientes, y luego se echó a reír a carcajadas.
—Oh, Jess. Pobrecita —dijo al final, cuando se calmó—.
Te voy a follar, créeme. Muy pronto te follaré tan duro que no podrás caminar derecha durante una semana.
Pero primero… —Sacó algo de su bolsillo: ese trozo fino de algodón y elástico que me había quitado antes, mi tanga, y lo balanceó delante de mi cara—. ¿Todavía quieres recuperarlo?
—Sí, por favor —dije con voz débil y derrotada.
Si me estaba ofreciendo mi tanga, eso significaba más espera. Sentí que podía llorar de puro deseo.
—No puedo creer que te negaras a metértelo en la boca —dijo—. Piensa en lo diferente que podría haber sido todo si hubieras aceptado el reto.
—¡No podía! ¡No delante de todos…!