Los payasos
Sabía que sería una tortura. Pero, Dios mío, no estaba preparada para lo horrible que era estar cachonda sin ninguna esperanza de liberación.
No dejé de hacer pucheros mientras seguía a Manson por la fiesta.
Se me hacía muy incómodo caminar entre el escozor en el culo y la excitación abrumadora, y sin el cómodo refugio de unas bragas, vivía con el miedo constante de que alguien pudiera ver algo bajo mi falda.
Por supuesto que me tenía que poner una minifalda para la fiesta, pero tampoco es que hubiese planeado perder mi ropa interior y mi orgullo esa noche.
A pesar de la incomodidad, me mantuve cerca de Manson e intenté ser obediente… al principio.
Le había advertido que ser una buena chica era muy, muy difícil.
Quería que sintiera la misma tortura que yo.
¿Cómo podía soportar la espera? Le había puesto darme azotes, y podía ver ese mismo placer en su rostro cada vez que me daba una orden.
Pero eso significaba que su deseo de hacerme sufrir, de desesperarme, de mantenerme al borde, era incluso más intenso que su deseo sexual. Y eso era aterrador.
Intenté portarme bien, pero mis humillantes tareas me mantenían mojada y, cuanto más tiempo pasaba, más crecía mi frustración. Empecé a planear una escapada desesperada al baño, donde podría masturbarme deprisa y quizá él no se daría cuenta.
Se acercaba la medianoche. Habían sacado barriles de cerveza, la gente se tiraba a la piscina y se quitaba los disfraces en el agua. Manson y yo éramos, sin duda, los más sobrios de la fiesta, aunque a nadie parecía importarle.
Manson no dejaba de encontrarse con gente que conocía, se paraba a charlar con ellos, reía y bromeaba.
Parecía conocer a todo el mundo, incluso a los que no habían ido a nuestro instituto.
Y no solo eso, a todos parecía caerle muy bien.
Las caras de la gente se iluminaban cuando lo veían, hablaban más rápido cuando le respondían.
Ver su entusiasmo me hizo estar orgullosa.
Yo era la que estaba a su lado, la que les traía bebidas a sus amigos.
Pero también era la que se retorcía de lo cachonda que estaba, con el culo aún rojo y ardiendo, mientras intentaba resistir con desesperación el impulso de frotarme contra la pierna de Manson como un perro.
Me sentía orgullosa cuando salía con Kyle: disfrutaba de la envidia de la gente, me deleitaba con sus celos. Kyle y yo éramos el símbolo del estatus del otro, aunque fuéramos unos cabrones. Era lo único a lo que realmente podía aferrarme del instituto y eso… eso era bastante patético.
A diferencia de Manson, que aparentemente no solo tenía amistades, sino también admiradores.
Alguien convenció al DJ borracho para que pusiera una canción espeluznante y evocadora para crear ambiente, así que, en lugar de música dance animada, de repente el patio se llenó del lento rasgueo de las cuerdas de un violín y el retumbar de una batería.
El aire fresco se había vuelto absolutamente glacial, y me abracé a mí misma mientras Manson hablaba sobre sistemas operativos informáticos y Javanosequé con una pareja con gafas.
Mirando a mi alrededor, con la esperanza de encontrar algún lugar cercano donde poder entrar en calor, me di cuenta de que otro grupo acababa de llegar a la fiesta.
Se me revolvió el estómago. Un escalofrío me recorrió las venas.
Sin darme cuenta, me pegué contra el costado de Manson.
—¿Qué pasa? —preguntó, mirando hacia atrás en la dirección en la que yo estaba mirando—. ¿Qué…?
—Payasos —siseé—. Hay putos payasos.
Tres hombres cruzaban el patio desde la puerta de entrada lateral, con cervezas en la mano, riéndose y dándose empujones unos a otros.
Llevaban monos negros a juego y tenían la cara pintada de blanco, con formas negras alrededor de los ojos y la boca, lo que transformaba sus labios en amplias sonrisas irregulares.
No eran los típicos payasos alegres de circo, eran los bufones del infierno.
Y lo que era peor: los conocía.
Los conocía porque, al igual que había hecho con Manson, había pasado mi último año de instituto atormentándolos, viendo cómo Kyle los acosaba y haciendo alarde de mi estatus intocable delante de ellos solo para ver el anhelo y la frustración en sus ojos.
Eran Vincent, Jason y Lucas. Los mejores amigos de Manson.
Dejé de mirarlos y me abracé a mí misma. Me había ganado muchos enemigos en el instituto, pero estos chicos sin duda encabezaban la lista.
—Vámonos dentro —pedí con rapidez—. ¡Manson!
Pero él ya se estaba alejando. No hacia la casa, joder, sino hacia los payasos que venían hacia aquí.
—¿Qué tal, chicos?
Se dieron la mano, sonriendo y abrazándose.
Incluso bajo el maquillaje, reconocí sus caras.
Vincent, con su largo cabello castaño suelto y despeinado alrededor del rostro.
Jason, con esos brillantes ojos azules y su cabello de un azul aún más brillante.
Y Lucas… Lucas, que nunca sonreía, que parecía que te iba a comer viva, con su diminuto tatuaje de una cara sonriente hecho con punzón debajo de su ojo derecho que todavía se podía ver un poco a través del maquillaje.
Me estremecí.
Los recuerdos de haberles hecho la vida imposible se cernían sobre mí, como el espectro del karma, riéndose con malicia. Intenté mantenerme alejada de ellos, con la esperanza de que se marcharan sin reconocerme, pero esa noche la suerte no estaba de mi parte.
—Vaya, vaya, vaya —reconocí la voz grave de Lucas por la forma fría en que me recorrió la espalda—. Si es la puta Jessica Martin.
Me di la vuelta, con los brazos cruzados y cara de mala leche. Manson me observaba, con algo que era una mezcla entre advertencia y diversión que le hacía curvar las comisuras de los labios. Pero no podía esperar que no me enfadara al encontrarme con los peores frikis del instituto.
—Hola —saludé con frialdad, fingiendo desinterés.
Enfrentarme a ellos era como volver a ver a Manson después de más de un año.
Eso abrió más cajas de los recuerdos enterradas y vergüenza oculta.
Los chicos de los que me había burlado ahora eran hombres, musculosos y tatuados, con rencor sobre sus hombros.
El desdén divertido en sus ojos dejaba claro que no habían olvidado lo hija de puta que había sido con ellos.
No habían olvidado y no habían perdonado.
El karma se reía y tiraba de sus hilos mientras los payasos me rodeaban despacio, observando mi escasa ropa.
De repente, me di cuenta de lo mojada que estaba otra vez.
Joder, no podía aguantar mucho más. Debería aterrorizarme el hecho de estar rodeada por tres tíos que seguro me odiaban, pero, en vez de eso, no podía dejar de pensar en ponerme de rodillas para ellos.
—¿Dónde está Kyle, Jess? —preguntó Jason con indiferencia, examinando los relucientes anillos plateados que lucía en los dedos.
Recordaba cuándo empezó a llevar esos anillos gruesos y por qué: hacían mucho más daño en una pelea que sus dedos delgados.
—Fuera del mapa —dije, con indiferencia, y los chicos intercambiaron una mirada.
—¿Quién podría haberlo previsto? —comentó Vincent.
Lucas sonrió con aire burlón.
Esa sonrisa… Joder. Era malvada y fría, tan amarga como el chocolate negro y tan atractiva como él.
—Entonces ya no tienes a ningún idiota que te guarde las espaldas —dijo Lucas, mientras me apartaba un mechón de pelo de la cara con la mano—. ¿No te sientes un poco vulnerable, Jess?
—Tranquilos, chicos —intervino Manson, interponiéndose entre ellos y yo. Se me cortó la respiración. Me pasó un brazo por los hombros, haciéndome sentir pequeña a su lado, y me dio un beso en la sien con posesividad—. Esta noche está conmigo.
Lucas arqueó las cejas sorprendido y Jason se rio entre dientes.
—Joder, tío, ¿no vas a compartir?
Compartir .
Ay, Dios. Pensar en que los cuatro me compartieran, que me dieran órdenes, me degradaran, me castigaran…
Me provocó un nudo en el estómago, que se fue apretando poco a poco por la tensión y el deseo.
Deseaba a los mismos hombres a los que había atormentado en el instituto.
Era tan humillante como apropiado. Pero, Dios, esos maquillajes de payaso me daban escalofríos.
Podía oler el perfume de Vincent, algo vivo y cítrico que se mezclaba con el olor oscuro y especiado de Manson.
Los ojos de Jason eran como agujas que me pinchaban la piel con suavidad, buscando un punto débil.
Y Lucas, el puñetero Lucas, era el lobo que merodeaba al borde de la manada, ansioso por morder, cada vez más inquieto.
Me sentí acorralada, cazada: una coneja a punto de que se la disputaran, quedando destrozada en el proceso.
No estaba acostumbrada a ser la víctima. Siempre había sido yo quien tomaba las decisiones y contaba con el apoyo de la manada. No tenía ninguna duda de que había hecho sentir esa misma impotencia a todos los que ahora me rodeaban.
Era justicia, de alguna manera. Poética, quizá.
Me pasé la lengua por los labios, aún suaves por el sabor a fresa de mi brillo de labios, y traté de pensar en algo que responder antes de que el deseo se reflejara en mi rostro.
—No soy un trozo de carne, Jason —espeté, y sentí una risita en el pecho de Manson.
Me hice la dura, pero lo cierto es que no estaba haciendo ningún esfuerzo por alejarme de él. En lugar de sentirme aterrada, la sensación de estar acorralada por los tres me provocaba una descarga de endorfinas.
—Mmm, tiene razón —concordó Vincent pensativo, dándole un empujoncito a Jason—. Un trozo de carne estaría atado y colgado del techo, aunque, sin duda, puedo encargarme de eso.
—A Vincent le gusta atar a la gente —explicó Manson con sequedad—, como puedes ver.
Imaginarme exactamente la escena que Vincent me había descrito no ayudaba en nada a mi situación. Me moví incómoda de un pie a otro, buscando una forma de escabullirme antes de que el gemido que nacía en mi garganta lograra escapar.
¿Qué demonios me pasaba? ¿Desde cuándo gemía por hombres… por cualquier hombre?