El cuchillo #3
—Solo si tú crees que me lo merezco —susurré—. Soy… soy tu esclava, ¿verdad? Hago lo que tú me digas, así que… —Lo miré a los ojos, con los míos llenos de lágrimas, riéndome un poco por las sensaciones tan intensas y abrumadoras que sentía—. Solo si tú quieres que me corra.
Sus ojos se abrieron de par en par, con evidente sorpresa.
Esperé, temblando, buscando su misericordia con desesperación. No tuve que esperar mucho.
—Buena chica. Qué chica más buena.
Se echó un poco hacia atrás, agarrándome las piernas mientras se colocaba entre ellas. Me besó los muslos salpicados de cera, deteniéndose en los lugares donde notaba que se me aceleraba la respiración. Cuando permaneció allí, con los labios a pocos centímetros de mi coño, me miró y sonrió.
—Di por favor.
No tenía que pedírmelo dos veces.
—Por favor, amo, por favor me…
Empezó despacio, pero aun así me cortó las palabras con la misma eficacia que un azote.
Al principio solo fue su aliento: una exhalación sobre mi piel húmeda y sensible.
Luego, deslizó la punta de la lengua sobre mi clítoris.
Contuve el aliento cuando movió la lengua de un lado a otro sobre el botón hinchado, despacio.
Cada movimiento hacía que mi cuerpo se estremeciera, el placer era tan intenso y repentino que casi resultaba doloroso.
Jadeé, gimiendo mientras lo observaba.
Volvió a mirarme y luego cerró la boca sobre mí por completo. El calor me envolvió, lamió mi excitación, exploró mi agujero, jugó alrededor de mi entrada, acarició cada parte de mí mientras yo me retorcía, impotente.
Me miraba mientras me complacía y sonreía al ver cómo mi rostro se contraía por el placer.
Apreté las piernas alrededor de su cabeza, temblando mientras su lengua giraba sobre mi clítoris y sus dedos se clavaban en mis caderas.
Chupaba y lamía una y otra vez, llevándome al límite hasta que me encontraba a punto de alcanzar el orgasmo con el que había estado provocándome durante horas.
—Eso va a hacer que me corra, amo —avisé, temblorosa—. P-por favor, por favor, deja que me corra…
Tenía miedo de que se detuviera, temía que volviera a negarse, pero en lugar de hacer eso deslizó dos dedos en mi interior, acariciándome las paredes internas mientras me succionaba el clítoris.
No solo me llevó al límite, sino que me provocó sin piedad, haciéndome gritar de placer hasta llegar al orgasmo.
Me temblaba todo el cuerpo y las esposas hacían ruido contra el cabecero de la cama.
Cada vez que introducía sus dedos en mi interior prolongaba el orgasmo, hasta que apenas podía respirar, hasta que se me pusieron los ojos en blanco.
Levantó la cabeza, con la barbilla húmeda y los ojos brillantes. Yo yacía exhausta contra las almohadas, jadeando, con la mirada perdida.
—Yo… Dios mío… —Tomé aire como si me estuviera ahogando—. Manson… Eso ha sido…
—Oh, aún no he terminado, ángel.
Volvió a agarrar el cuchillo. Lo vi captar la luz de la vela y destellar.
Lo acercó a mí, entre mis piernas abiertas.
La punta afilada se acercó, se acercó… Y contuve la respiración cuando la deslizó con cuidado por mi monte de Venus depilado hasta que me tocó el clítoris: el metal frío e implacable contra piel cálida y sobreestimulada.
Empecé a gemir, observando con miedo cómo acariciaba con la parte plana de la hoja mi piel sensible, que palpitaba tras el orgasmo.
Aquello me gustaba… Me gustaba mucho… Aunque solo fuera una estimulación mínima.
La textura suave y fría del metal hacía que me retorciera, con los nervios a flor de piel después de haber alcanzado tal clímax.
—Manson, por favor… —Mi voz era un gemido, cargada de lujuria.
Él puso una expresión burlona y compasiva.
—Ay, ¿no es suficiente para el angelito? ¿Necesitas un poco más? ¿Necesitas algo que te llene? Parecía que te gustaba mucho tener mis dedos dentro de ti.
Le dio la vuelta al cuchillo de modo que la hoja apuntaba hacia él y el mango seguía extendido.
Con cuidado, con el filo del cuchillo escondido en la curva de su mano, empezó a tantear mi entrada con el mango.
Era algo duro, pero cálido por el contacto con su piel.
Los bordes redondeados y lisos rozaban mi piel húmeda e hinchada.
—Vas a correrte en este cuchillo, Jess —me informó—. Y yo te mantendré abierta, bien quieta, para que no te hagas daño.
Estaba gimiendo incluso antes de que me penetrara con él.
Presionó el mango hacia dentro, el objeto extraño me estiró las paredes y me hizo temblar a su alrededor.
Incliné la cabeza hacia atrás, cerré los ojos con fuerza y mi excitación chorreó con un entusiasmo renovado.
Hasta el más mínimo movimiento me hacía sentir bien, la descarga de endorfinas que me provocaba el orgasmo fluía con fuerza por mi sangre.
Manson se movía despacio mientras me follaba con el mango, cada embestida hacía que mis músculos se tensaran de placer.
—Mírame, Jess. Ahora mismo. No te atrevas a apartar la mirada. Quiero ver todas tus bonitas lágrimas mientras te corres en este cuchillo para mí, ¿queda claro?
Mirarlo a los ojos significaba sentir toda la humillación de la situación en la que me encontraba volviendo a caer sobre mí. El movimiento del cuchillo me hizo jadear, temblar y gemir cada vez más fuerte hasta que, de repente, Manson me tapó la boca con la mano.
—Grita todo lo que quieras —gruñó—. No tienes otra opción.
Mis músculos se tensaron, agarrándose al mango. Se me nubló la vista y los ojos se me pusieron en blanco mientras gritaba sin control, con su mano ahogando el ruido mientras volvía a correrme.
El primer orgasmo había sido una delicia, pero este… Dios, me sentí arrollada por su fuerza.
Mientras el éxtasis me invadía en oleadas aparentemente interminables, Manson siguió metiéndolo y sacándolo, riéndose de cada grito agudo, de cada espasmo frenético y abrumador de mi cuerpo, de la breve pero violenta oleada de excitación que me invadió antes de que pudiera detenerla.
—¿Vas a chorrear para mí? Qué buena chica. Joder, es precioso.
Yacía exhausta y agotada cuando retiró con cuidado el cuchillo y me destapó la boca.
Me temblaba el cuerpo y me estremecía por las secuelas del placer, tenía los nervios a flor de piel.
Observé en silencio cómo me quitaba las esposas, bajándome los brazos y frotándome los hombros para que la rigidez de mis músculos doloridos desapareciera bajo sus manos.
—¿Estás bien? Háblame.
—Estoy genial… Genial…
Sonreí, agotada.
Me preguntaba a dónde se había ido la Jessica orgullosa, descarada y atrevida, porque lo que quedaba de mí no era ella en absoluto.
Lo único que quedaba era mi cuerpo dolorido y lleno de placer, absolutamente enamorado del hombre que tenía delante.
Ese maldito bicho raro…, ese perdedor…, ese chico tan extraño…
, me había dado los mejores orgasmos de mi vida.
Y ni siquiera había acabado.
Se estaba desabrochando el cinturón, sacándolo de sus vaqueros y tirándolo a un lado.
Desabrochó las correas del arnés, se lo quitó y luego continuó quitándose la camiseta.
Tenía el pecho suave, esbelto, musculoso y tatuado.
Extendí los brazos hacia él, todavía temblando, y lo arañé.
Sonrió cuando dejé largas marcas rojas en su piel y sonrió aún más cuando llegué a sus vaqueros, desabroché el botón con impaciencia y luego bajé la cremallera.
Tenía la polla dura y tensa contra los calzoncillos.
Le acaricié sobre la tela, la notaba tan gruesa…
La idea de que me metiera ese monstruo me hizo gemir.
Se inclinó y me besó con intensidad mientras yo seguía acariciándolo.
—Quiero follarte, Jess —dijo con voz ronca, mirándome con ojos ardientes.
—Por favor, hazlo. —No pude decir las palabras lo suficientemente rápido—. Por favor.
Se quitó los pantalones de un tirón y los tiró al suelo de una patada.
A continuación, se quitó los calzoncillos, dejando al descubierto la polla que había estado esperando con tanta impaciencia.
Me dio la vuelta para dejarme boca abajo y me arañó la espalda hasta que me agarró por las caderas y me puso de rodillas.
Me presionó la cara contra el colchón y yo aguanté la posición mientras me apretaba el culo, reavivando el escozor de los azotes que me había dado, y me separaba las nalgas.
—Estás muy guapa —murmuró.