El reto #5
Tuve que cambiar de posición para hacer lo que me pedía.
Con el torso y la cara colgando del sofá, boca abajo, me obligó a subir las piernas para que mis muslos quedaran a horcajadas sobre su regazo.
Mientras me recolocaba, me di cuenta de que iba a verme toda.
Desnuda y abierta, chorreando para él. Chorreando por sus sucias palabras y su juego sádico.
Aun así, lo hice.
Me agaché y él movió mis pies detrás de él, cruzando mis tobillos a su espalda e inclinándose hacia atrás, atrapándome en esa posición.
—Oh, ángel, estás muy mojada.
Me apretó los muslos con las manos y sus ásperas palmas subieron hasta que sus pulgares quedaron justo debajo de la curva de mi culo.
Abrí la boca y solté un grito silencioso, agradecida por la oscuridad y por tener la cara agachada; el pelo me ayudaba a ocultar el fuego de las mejillas.
Después de toda la mierda que le había echado a Manson, después de todas las cosas desagradables que había dicho sobre él a sus espaldas, incluso a la cara…
Me estaba derritiendo por completo entre sus manos.
Estaba deseando sus caricias, su agarre.
Empecé a temblar mientras me sujetaba allí, inclinada, indefensa excepto por la palabra de seguridad que esperaba escondida en el fondo de mi mente y que no quería decir.
—Preciosa —su voz apenas era un murmullo.
Quizá ni siquiera había querido decirlo en voz alta, esa única palabra que cayó como una plegaria.
Era una maldición que mi descaro estuviera tan arraigado en mí que fuera habitual.
—¿Te gusta lo que ves, Manson? —Incluso con la cara ardiendo en el suelo, mi voz salió con un tono burlón.
Sentí que se ponía tenso; todo él, no solo su polla. Y, entonces…
¡Zas!
La palma de su mano me golpeó el culo con un escozor que reverberó en mí y se prolongó con unas chispas diminutas que me hormiguearon por la piel.
Me sobresalté por el impacto, pero estaba demasiado conmocionada para emitir sonido alguno; demasiado sorprendida para hacer otra cosa que no fuera jadear sin decir nada mientras la mano que me había golpeado volvía a agarrarme el muslo.
—Mucho mejor ahora —comentó mientras me temblaban las piernas—. Tu coño está más bonito cuando tienes el culo rojo, es curioso cómo funciona esto.
No parecía que le hiciera gracia. Sus palabras se habían acelerado, al igual que su respiración. Se movió en su asiento y sus dedos se clavaron con fuerza en mis muslos, con una tensión satisfactoria.
—¿Tienes un poco de miedo ahora? No pasa nada, la puerta está cerrada y la música está tan alta que puedes gritar y llorar todo lo que quieras, no molestarás a nadie.
—Vete a la mierda —espeté entre dientes—. Que te jodan, que te jodan, que te jodan. —Las palabras no eran de enfado, eran desesperadas, necesitadas, cargadas de deseo—. Por favor, Manson, no… No…
—Que no, ¿qué? —preguntó—. ¿Que no te castigue? ¿Eh? ¿Es eso? ¿Mi ángel travieso no quiere que lo castiguen? —Su voz, de repente, era seria—. Si de verdad no quieres esto, dilo ahora. Ahora mismo. Estás a salvo, puedes pararlo, te lo prometo.
—Quiero esto. —Se me quebró la voz, pero tenía que ser sincera, tenía que decirle la verdad—. Usaré mi palabra de seguridad si es necesario, pero yo… quiero esto.
Me apretó el culo, amasando y agarrando mi carne entre sus manos.
—Qué culito tan bonito, Jess. Se verá aún más bonito con moratones.
La escena de persecución final de la película había comenzado. Una mujer corría por los pasillos vacíos de un hospital, cojeando, mirando detrás de ella con los ojos muy abiertos y aterrorizados, mientras el asesino la perseguía a grandes zancadas. Al final la atraparía. Siempre lo hacían.
La palma de la mano de Manson me golpeó el culo con un chasquido lo bastante fuerte como para que se oyera por encima de los horripilantes gritos que salían de la pantalla.
Respiré hondo y aguanté el siguiente golpe, y el siguiente, y el siguiente…
, pero el quinto… ¡Joder! Manson estaba decidido a destrozarme.
Lo notaba en la fuerza que ponía en cada azote.
La piel me hormigueaba, luego me escocía, luego me quemaba.
Nunca me habían azotado así. Unas palmaditas en el culo durante el sexo, eso claro, ¿pero tener que agacharme y recibir golpes repetidos, intencionados, dolorosos?
Jamás. Su sexto azote me hizo chillar y mover los pies, un intento inútil de zafarme del dolor.
—Está bien que te retuerzas, ángel. —La voz de Manson era suave, tranquilizadora—. Lucha todo lo que quieras, no escaparás. Te quedarás aquí y recibirás tu castigo hasta que aprendas la lección.
¡Zas, zas, zas!
Ahora me movía en serio, retorciéndome en su regazo. Mi clítoris seguía frotándose contra sus vaqueros y la mezcla de dolor y placer me hizo gemir.
Manson movió las piernas y volví a sentir la presión en la nuca: había deslizado una pierna sobre mi espalda y me había puesto la bota encima, empujándome contra la alfombra y sujetándome.
—¿No te sientes mejor estando sujeta? —me preguntó por encima del sonido brutalmente alto de los golpes que seguía dándome—. ¿No te sientes bien sabiendo que estás recibiendo lo que es mejor para ti? Estás aprendiendo a ser una buena chica.
Solté un buen grito, el dolor y la casi insoportable humillación vencieron a mi orgullo.
«Solo unos cuantos azotes más. Solo unos pocos más», me dije. Pero siempre había más, y más, el dolor empeoraba a medida que mi culo se iba calentando.
Manson tenía razón: de alguna retorcida manera, luchar con toda mi fuerza y descubrir que no me llevaba a ninguna parte era un alivio. No podía mover las piernas, ni retorcerme, ni siquiera podía levantar la cabeza del suelo. No tenía más remedio que someterme, ceder al castigo y aceptar el dolor.
Cada vez estaba más mojada. Mi interior se contraía, pero con la pierna de Manson encima de mí, ya no podía empujar mi entrepierna contra él, y esa negación era un tormento totalmente nuevo.
Estaba tan tensa que estaba segura de que el más leve roce de su mano me haría correrme al instante.
El clítoris me palpitaba por la necesidad, los nervios me ardían.
Quería que me tocara, con desesperación. Pero, en lugar de hacerlo, alternó los azotes en una nalga y luego en la otra, con un ardor tan intenso que se me llenaron los ojos de lágrimas. Me retorcía y aullaba con cada golpe.
—¡Por favor, para, para, para, lo siento, por favor, Manson, lo siento! —empecé a suplicar al final, cuando supe que no podría aguantar más sin llorar por el horrible escozor.
—¿Lo sientes de verdad?
Hubo una pausa en los azotes. En la pantalla, la chica había sido acorralada por el asesino en el bosque. Gritaba, lloraba, suplicaba por su vida.
—¡Sí! —Me revolví bajo su bota, intentando mover la cara lo suficiente como para poder mirarlo y que viera lo sincera que estaba siendo—. ¡Lo siento! No contestaré más.
—¿Te portarás bien? ¿Obedecerás?
—Sí —gemí, y recordé algo que me había dicho antes—. Sí, amo. Obedeceré.
—Eso está mejor.
Despacio, apartó la bota de mi cabeza.
Habían atrapado a la chica de la pantalla. Cada puñalada que asestaban en su pecho iba acompañada por el chirrido de las cuerdas de un violín.
—Dale un beso a las botas mientras estás ahí abajo. Demuéstrame lo agradecida que estás por tu educación, ángel.
Besé una bota y luego la otra, dejando más marcas de brillo de labios sobre el brillante cuero negro.