El reto (Losers 0.5) El reto #4
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El reto #4

—Obedéceme, Jessica. Agacha la cabeza y déjame ver esas bonitas alas que tienes.

Un gemido real salió de mi garganta. Bajé la mirada hacia las botas que me había ordenado volver a besar. Podía ver el rosa pálido de mi brillo de labios sobre el cuero y aún podía recordar su olor, ese aroma intenso y dulce. El extraño deseo de pasar mi lengua por ellas volvió con fuerza.

Me atreví a mirar una última vez a Manson, que sonreía mientras me observaba.

—Hazlo —ordenó—. Esto es lo que pasa por ser una chica mala. Pero ya aprenderás.

Se me hizo un nudo en el estómago mientras bajaba la cabeza.

Allí, agachada en posición fetal, acaricié con la nariz el cuero arrugado y desgastado del tobillo. Dejé que la aspereza de los cordones tirantes me rozara los labios. Respiré hondo y el aroma embriagador me inundó el cerebro.

Casi gemí solo con el olor.

¿Qué demonios me pasaba? ¿Desde cuándo me ponían unas botas? Nunca se me había pasado por la cabeza, nunca había formado parte de ninguna fantasía con la que me hubiera masturbado.

Puse mis labios contra el cuero, quedándome allí ahora que ya no tenía todas las miradas de la multitud puestas en mí.

El calor se apoderó de mi entrepierna y mi excitación se intensificó a medida que bajaba con mis besos hacia la suela polvorienta de la bota.

El sabor de la suciedad invadió mis labios, pero ni siquiera eso me disuadió.

Presioné mi frente contra su tobillo mientras le daba besos, completamente perdida en ese extraño mundo de cuero y cordones y mi propia degradación.

Sentí un golpecito en la cabeza, algo que me empujaba hacia abajo y me mantenía allí. En cuestión de segundos reconocí la textura de la suela de una bota y me di cuenta de que Manson había apoyado su otro pie sobre mi cabeza.

Sentí que se movía y supe que se había inclinado hacia delante otra vez por la cercanía de su voz.

—Usa la lengua. Límpiamela.

Quería suplicarle: «Por favor, por favor, no me obligues, por favor, no me obligues a hacerlo, me portaré bien, por favor…

». El corazón me latía con fuerza, tenía la respiración acelerada, mi excitación era un dolor que se extendía por todo mi cuerpo y me ponía todos los nervios a flor de piel.

No quería negarme, solo quería suplicar.

Pero no podía articular palabra con la bota presionada contra mi cabeza.

Obediente, saqué la lengua y la deslicé por el cuero. Suave, agradable y casi insípido, excepto por ese aroma embriagador que ahora inhalaba por la boca. Lamí alrededor de la punta, justo por encima de la suela, sobre las marcas de mi pintalabios, junto a los cordones… Saboreé cada centímetro.

Me sentía sucia, vil, completamente repugnante…

Me sentí como si estuviera ardiendo, viva, completamente consumida por la euforia. Me reí por el vértigo. Lamí y reí, luego reí más fuerte.

Tenía tantas ganas de tocarme…

—Levanta la cabeza.

Su otro pie ya no me sujetaba. Poco a poco, salí del extraño estado mental en el que había caído y levanté la cabeza. Todavía de rodillas, lo miré fijamente y esperé.

—¿Tienes sed? —dijo ofreciéndome el botellín de cerveza.

Tenía la boca seca y alargué una mano con entusiasmo, pero él la alejó.

—No, no, sin manos. —Bajé la mano, despacio, con incertidumbre—. Abre la boca, ángel.

No dudé en obedecer. Era como si el mundo se hubiera desvanecido y solo quedaran su mirada y el sonido de su voz. Le dio un sorbo a la cerveza y se llenó la boca, pero no tragó. Se inclinó hacia adelante…

Sabía exactamente lo que iba a hacer.

No me estremecí. No retrocedí.

No cerré la boca.

Se inclinó hacia mí, tan cerca que nuestros labios casi se tocaban.

Escupió la cerveza en mi boca, toda, sin derramar ni una gota.

Todavía estaba fría, fresca en mi lengua, pero sabía a él.

Sabía que era su sabor, lo recordaba, y me provocó un escalofrío de placer por todo el cuerpo.

Estaba muy mojada, chorreando, mientras tragaba.

En la pantalla, una adolescente desafortunada le rogaba al asesino que no la apuñalara y sus gritos resonaban en los altavoces.

—Así está mucho mejor, ángel —dijo Manson—. Si hubieras sido tan obediente desde el principio, ahora no tendría que castigarte.

Me daba miedo dejar una mancha húmeda en la alfombra. Cada vez que mencionaba lo de castigarme, se volvía peor. Ya no podía soportarlo. Estaba demasiado excitada, demasiado humillada, demasiado desesperada.

—Devuélveme el tanga —pedí a toda prisa—. Por favor.

Frunció el ceño, todavía inclinado hacia mí.

—¿Por qué?

—¡Devuélvemelo! —siseé, cambiando de posición, incómoda.

—Voy a necesitar una razón, Jess —insistió Manson con calma.

Apreté los puños. Quería pegarle una hostia, lloriquear, derrumbarme en más súplicas inútiles y patéticas.

¿Qué me había hecho? ¿Cómo había conseguido reducirme a esto?

—Yo… Yo…

Las palabras se me atragantaron. No podía decírselo, ¡me daba mucha vergüenza! Pero ahí estaba otra vez esa vocecita malvada, susurrando, incitándome: «Vamos, dilo, suéltalo todo. Hazle saber la putita patética y desesperada en la que te has convertido».

Los dedos de Manson me rodearon la barbilla y me obligaron a levantar la mirada. No pude ocultar el rubor ni la desesperación de mi expresión. Pero no dijo nada, solo me miró con esa mirada oscura y espeluznante.

Ni siquiera tuvo que ordenarme que hablara, salió sin más.

—Estoy empapada y me da miedo mojar la alfombra, ¿vale?

Mi propio jadeo me interrumpió, fue un sonido ahogado. Me sorprendió mi propio atrevimiento.

Excepto que no estaba siendo atrevida, no de verdad. Estaba retorciéndome, acalorada y humillada.

—¿Ah, sí?

La sonrisa que se extendió por su rostro no hizo más que empeorar la situación. No me había dado cuenta antes de lo afilados que eran sus colmillos, como si pudieran perforarme la piel.

—Ay, Jess. Pobre angelito. Te he convertido en una pecadora. Disfrutas tanto de tu castigo que te estás poniendo cachonda. Qué mona.

Quería apartar la mirada. Pero, en lugar de eso, empecé a gemir otra vez, mirándolo, impotente, y apretando las piernas.

—Ahora tengo que hacer que tu castigo sea aún peor —dijo, con una voz burlona a la vez que triste—. No puedo permitir que disfrutes tanto. —Se palmeó el regazo—. Ven aquí. Siéntate.

Se me abrieron los ojos de par en par.

Aquí estaba, el momento que había temido y deseado. Esa vocecita dentro de mi cabeza me estaba animando con crueldad, burlándose de mí: «¡Te va a castigar, te va a castigar!».

Todas mis protestas descaradas murieron en mi garganta.

Todos mis pensamientos de salir de esta con el orgullo intacto quedaron apartados por las vívidas fantasías de Manson azotándome, su palma haciendo contacto con mi culo desnudo una y otra vez, hasta hacerme llorar sin control mientras él se reía.

No tenía ninguna duda de que ese sería mi castigo. No podía ser otra cosa, y eso le daba a Manson la oportunidad de herirme, humillarme y empeorar mi excitación, todo a la vez.

Tenía los ojos muy abiertos, brillantes bajo la tenue luz del televisor intermitente. Su ojo blanco parecía brillar. Por los altavoces sonaba una música inquietante y me senté en su regazo, dándole la espalda.

Me agarró las caderas y se inclinó hacia delante, apretándose contra mi espalda.

—¿Sabes lo que es una palabra de seguridad? —me preguntó en un susurro al oído.

Tragué saliva.

—Sí.

—La tuya es «rojo». Dila si lo necesitas. Aunque, ahora que estoy viendo lo masoquista que eres, no creo que la uses. Ya sabes lo que te mereces.

—¡No soy masoquista! —siseé.

Pero tuve la sensación de estar mintiendo.

La humedad entre mis piernas empeoraba a medida que se intensificaba el miedo por mi castigo.

Si no me movía pronto, le dejaría una mancha en los pantalones, y sabía que no tenía intención de dejarme ir a ninguna parte.

Intenté juntar las piernas, pero no sirvió de nada, ya que estaba a horcajadas sobre su regazo.

Al moverme, sentí la dureza de su entrepierna y me quedé helada.

Estaba disfrutando de esto, estaba disfrutando de verdad… Dios, era grande.

—Has sido una chica mala, Jessica —susurró con voz ronca—. Una chica muy mala. Mereces que te castiguen.

Contuve la respiración para no empezar a jadear. Sus palabras se retorcían en mi cerebro y bajaban directamente a cualquier nervio que controlara mi coño. Sentí un calor irreal entre las piernas, demasiado intenso para ser una reacción normal al simple hecho de oír hablar a alguien.

Desesperada por moverme para ocultar mi nerviosismo, me apreté contra su entrepierna, de modo que su dura polla entró en contacto con mi dolorido clítoris.

Me moví contra él, reclamando la única estimulación física que había tenido en toda la noche.

Estuve a punto de gemir solo por ese momentito de placer, el contacto fue tan placentero que me provocó un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral.

Era el contacto más cercano que habíamos tenido desde aquel día en los baños. El deseo reprimido se había acumulado desde hacía tanto tiempo que gritaba por explotar.

La mano de Manson se aferró a mi pelo, justo a la altura de la nuca.

—Ángel travieso. Muy travieso. ¿De verdad te crees que eso es lo que te mereces ahora?

—Tiró de mí hacia atrás, acercó su boca a mi oreja y susurró—: Te mereces que te duela el clítoris toda la noche.

Te mereces que te ponga cinta adhesiva para que no puedas tocártelo mientras aplasto tu precioso coño con mi bota.

El sonido que salió de mí fue algo entre un sollozo y un gemido.

Joder, eso era asqueroso y estaba mal y me parecía tan… tan excitante. Era aterrador y cruel y… Joder… ¿Cómo podía querer eso? ¿Cómo podía ponerme ese pensamiento?

—Pero ya llegaremos a eso, ¿verdad, ángel? —Me empujó hacia adelante; luego más… y más—. Inclínate. La cabeza hacia el suelo.