El reto #3
—Este comportamiento de niñata malcriada por cada pequeña orden que te doy no puede continuar.
Créeme, es muy divertido verte luchar contigo misma e intentar proteger tu orgullo maldiciendo y actuando toda enfadada, pero…
—Se encogió de hombros—. Pero la verdad es que invalida el propósito del juego.
Necesito más obediencia por tu parte y, bueno…
creo que solo hay una forma de conseguirlo.
Moví los pies con nerviosismo.
¿Alguien más podía oír la conversación? ¿Había alguien viendo cómo me regañaban como a una niña traviesa? Me dije a mí misma que no, pero la idea seguía ahí, carcomiéndome el orgullo.
Bajé la voz, repentinamente cohibida.
—Mira, lo… siento… ¿vale? Lo siento. Hacer esto es raro y…
—Lo haces por voluntad propia, Jess —dijo con dulzura—. No voy a aceptar ninguna excusa que se te ocurra para comportarte como una niñata. No toleraré ese comportamiento.
Lo dijo con tanta dulzura que el corazón empezó a latirme con fuerza.
Lo decía en serio. De verdad iba a castigarme por esto.
Miré a mi alrededor, buscando una escapatoria, hasta que me di cuenta de que no la había.
No podía escapar de mi propio deseo. Quería esto.
Había luchado voluntariamente con él en cada paso del camino y ahora…
Iba a dejar que me castigara.
—Quiero que seas una chica buena y obediente para mí —pidió mientras mis ojos se agrandaban. El corazón me latía con más fuerza y mi respiración empezaba a ser rápida y superficial—. Ese fue el reto que aceptaste. Creo que quieres ser una buena chica para mí, Jess.
Extendió la mano y me rozó la barbilla suave y despacio. El roce era frío y se me puso la piel de gallina. Aquí estaba, lo que había deseado, temido, esperado…
No estaba lo suficientemente borracha para esto. Las inhibiciones me estaban aplastando. ¿De verdad iba a dejar que el rarito de Manson Reed me castigara?
—Eso no lo sabes —susurré—. No sabes nada sobre mí… Tal vez me gusta ser una zorra contigo y ya está. Tal vez…
Su caricia se convirtió en un agarre. Me sujetó la barbilla y me levantó un poco la cara. Sentí su mirada atravesándome por completo.
—Sé lo suficiente, Jess. Sé que eres muy cuidadosa con la imagen que todo el mundo tiene de ti.
Sé que no te gusta que se te caiga ni un segundo esa máscara de «soy mejor que tú».
Sé que seguirás siendo así, aunque eso signifique negarte a ti misma algo que quieres y que no encaja con los cánones sociales.
Tragué saliva y me mordí con saña el interior de la mejilla. El hecho de que tuviera razón hacía aún más difícil no responder con un comentario despectivo. La ira y la altanería eran mis escudos. Sin ellos, mis defensas eran, en el mejor de los casos, escasas.
—Así que, por tu propio bien, tengo que arrancarte esa máscara. Y la mejor manera de hacerlo… —Se inclinó aún más, girando mi cabeza un poco hacia un lado para susurrarme al oído—: es castigarte hasta que tu estúpido orgullo deje de importar. La mejor manera… es hacer que llores.
Me crucé de brazos, la única forma que se me ocurrió para evitar que me temblaran. Me di cuenta de que estaba haciendo un mohín con el labio inferior y, cuando hablé, mi voz salió como una protesta quejumbrosa y debilucha.
—No tienes que castigarme. Eso es una gilipollez.
—Es justo lo que necesitas, Jess. Lo mejor es que, por mucho que te asuste, vas a hacerme caso. —Me soltó la barbilla, riéndose—. Vas a seguirme y aceptar tu castigo como una buena chica, ¿verdad?
No me dio la oportunidad de responder. Me dio la espalda y se alejó por el pasillo.
Me quedé allí, congelada por la duda, dividida entre las ganas de huir y las de seguirle.
Tenía razón. Ganó seguirle.
La sala de juegos ocupaba gran parte de la esquina delantera de la casa, pero esta noche las luces estaban apagadas y la puerta estaba entreabierta.
Había un enorme televisor en la pared, reproduciendo alguna película de terror clásica de los ochenta.
Una chica con el pelo largo y rubio huía de un asesino enmascarado en un barrio de los suburbios mientras chillaba en vano.
En los rincones brillaban focos de luz negra y había al menos una calabaza iluminada en cada superficie libre, incluso en la mesa de billar y en la estantería sobre el largo sofá en forma de L.
La habitación estaba aislada, a oscuras y desierta. Seguramente, más tarde la ocuparían parejas en busca de intimidad y borrachos somnolientos en busca de un lugar donde poder dormir.
Pero, por ahora, teníamos la habitación para los dos solos, y Manson cerró la puerta tras nosotros.
La chica de la pantalla cayó en un charco de sangre. El cuchillo del asesino brillaba, empapándose al clavarse en ella una y otra vez. Manson se sentó en el sofá, justo en el centro, extendiendo los brazos sobre el respaldo.
—Las buenas esclavas no se sientan en los muebles, Jessica —me regañó cuando me aparté de la televisión para mirar hacia él.
Aún había una sonrisa detrás de su expresión seria.
Estaba disfrutando de cada segundo de humillarme.
No lo culpaba. ¿Cuántas veces había fantaseado con degradar a la zorra de la animadora que se burlaba de su ropa e iniciaba rumores sobre que sus amigos eran unos satanistas?
Ni siquiera Ashley sabía que la fuente de la mayoría de los sórdidos cotilleos sobre Manson y sus amigos provenía directamente de mis labios.
Lo que fuera para mantenerlo a raya. Cualquier cosa con tal de ganar el juego enfermizo que yo sola había empezado, donde yo ponía todas las reglas y las modificaba a mi antojo.
Pero tenía razón: las reglas habían cambiado y estaba perdiendo en mi propio juego.
Recogí mi orgullo, tembloroso y marchito.
—¿Dónde demonios esperas que me siente entonces?
—En el suelo, de rodillas, a mis pies. Como una buena chica.
Cerré los ojos despacio. Estaba segura de que, cada vez que lo maldecía, mi castigo empeoraba. Tenía que controlar mejor lo que decía. Al menos aquí estábamos solos, sin multitudes que vieran cómo me degradaba.
Me arrodillé y me arrastré hacia él hasta quedar de rodillas a sus pies.
Me sonrió.
—Mucho mejor, Jess. ¿No te gusta? Dejarte llevar, aceptar la vergüenza…
Es una de las cosas que más me gusta ver…
—Me observó en silencio unos segundos, probablemente esperando a ver si tenía más respuestas sarcásticas, pero me mordí la lengua—.
¿Te hago besarme las botas otra vez? Ya que estás ahí abajo…
—Por favor, no.
Las palabras escaparon de mí en un susurro, con desesperación, y el miedo salió a la luz ante la perspectiva de más humillación. Me mordí el labio, arrepintiéndome de haberle dejado oír ese tono en mi voz.
Se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, tan cerca que pude oler la menta en su aliento.
—¿ Por favor ? ¿Ya estás suplicando, Jess? —se burló.
Me miró a la cara. Me costaba mirar de cerca aquella única lente de contacto blanca. Era espeluznante, como ver una sombra que no debería estar en el fondo de una foto familiar.
—Qué chica más estúpida. ¿Por qué estás ahí, de rodillas, rogándome que no te ordene que te avergüences?
—No lo sé —dije en voz baja.
Pero lo sabía.
Con cada orden, con cada mirada condescendiente y cada palabra burlona, lo entendía cada vez mejor.
Me gustaba sentirme como si no tuviera elección.
Me gustaba tener una excusa para dejar de lado mi orgullo y hacer las cosas sucias y degradantes que hacían que me cosquillease el vientre y se me apretara el coño.
No me podía resistir a sumergirme aún más; no me podía resistir a seguir experimentando esa sensación.
Si me ordenaba hacer el acto público más degradante que se le ocurriera, lo haría.
Fuese cual fuere el castigo que se le ocurriera, dejaría que me lo impusiera.
Me enfadaría, lo maldeciría, lo insultaría…
, pero lo haría. Lo haría porque quería que ese cosquilleo en mi vientre se intensificara y que el calor de mi interior se convirtiera en una llamarada.
Lo haría porque era lo más parecido a la libertad que había sentido: sin lugar para el orgullo, ni para la risa fabricada, sin sonrisas falsas, sin fingir.
Mis intentos de mantener la máscara —el sarcasmo, las discusiones, la desobediencia— se desmoronaban con rapidez, pedazo a pedazo.
Darle a Manson Reed ese poder sobre mí… Tal vez era el karma por lo imbécil que había sido con él. Tal vez era el mayor autodescubrimiento que jamás había encontrado. Fuera lo que fuese, no pude resistirlo.
—Lo sabes, Jess —dijo Manson con calma—.
Sabes que están las razones superficiales: aceptaste mi reto, te comportaste como una mocosa desobediente y ahora hay que ponerte en tu sitio.
Pero también sabes que hay razones más poderosas: quieres explorar algo que probablemente sea nuevo para ti, algo que te produce sensaciones que no esperabas, algo que estás disfrutando, aunque crees que no deberías.
—Esperó, quizá buscando otra reacción agresiva de mi parte, pero mis labios se mantuvieron bien sellados.
Sonrió despacio, con sadismo—. No me gustaría privarte de algo que disfrutas, aunque te asuste.
Agacha la cabeza, ángel. Solo la bota izquierda. Bésala. Límpiamela con la lengua.
—Por favor —volví a susurrar, esta vez con más fuerza, con más desesperación.
Se limitó a reírse.
—Vas a hacer lo que yo te diga —dijo con suavidad—. No importa cuánto te quejes y llores, vas a hacerlo, Jess.
—No estoy llorando.
La idea de echarme a llorar delante de él me parecía tentadora.
Llorar, suplicar, sollozar sin control, solo para tener que ceder y acabar aceptándolo.
Quería imaginar que me estaba obligando a hacerlo.
Quería creer que habría graves consecuencias si me negaba.
Quería pensar que lo odiaba, tal y como siempre había insistido.
Manson se recostó en su asiento otra vez, tranquilo, sereno, expectante.