El reto (Losers 0.5) El reto #2
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El reto #2

—Oh, ¿la pobre Jess se aburre? —Me dio un golpe en la barbilla con el nudillo y estuve tentada intentar morderle la mano—. Tráeme una cerveza entonces.

—¡Uf, que te den!

Me pasé el pelo por encima del hombro y di un fuerte pisotón mientras retrocedía dos pasos hacia la cocina antes de que me detuviera.

—Jessica.

Le devolví la mirada.

—¿Qué, Manson?

—Gatea.

Parpadeé con rapidez.

—Lo siento, te habré oído mal. ¿Qué?

Una lenta sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.

—Me has oído bien, Jess. Gatea. Gatea hasta la cocina, pilla una cerveza para mí y vuelve gateando. Y recuerda tus putos modales.

No podía hablar en serio. No podía pensar que yo de verdad… de verdad gatearía… delante de toda esa gente… No podía. Sus palabras de antes resonaron en mi cabeza: «Sé que te hace falta un poco de disciplina en tu vida. Pronto la tendrás».

Si desobedecía, ¿me daría esa disciplina que decía?

Se apoyó en la pared detrás de él, tranquilo, con la cara seria.

—Estoy esperando, Jess. Tengo mucha sed.

Me volví hacia él y le clavé un dedo en el pecho, en su pecho duro e increíblemente musculoso.

—Estás loco si crees que voy a gatear por esta puta fiesta para traerte una puñetera cerveza delante de toda esta puta gente…

Me agarró la muñeca, deteniendo mi furiosa punzada.

—Ya es suficiente, Jessica. Estás montando una escenita. La gente te está mirando. Estás haciendo que sea mucho peor para cuando, al final, obedezcas.

—No voy a obedecerte, capullo…

—¿Entonces por qué sigues aquí? Pensé que podías soportarlo.

Me agarraba de la muñeca con fuerza, pero no tanto como para que no pudiera zafarme de él. Podía notar los callos que tenía en las palmas de las manos, la aspereza de sus dedos. Incluso podía olerlo: era dulce, como un puro, mezclado con una especia oscura que me producía un cosquilleo.

Me concentré en ese olor. Se apoderó de mi cabeza, me embriagó.

Me hizo querer acercarme más a él, apretar mi cara contra su pecho y respirar hondo, envolverme completamente en él.

Pero no podía delatar lo intrigada que estaba.

No podía parecer demasiado ansiosa. Igual que no podía obedecerle sin armar un escándalo.

—Puedo soportarlo sin ningún problema —murmuré.

—Ah, ¿sí? —preguntó con los ojos entrecerrados.

Estaba muy tranquilo, su voz no había subido de volumen; ni siquiera había cambiado de posición, estaba apoyado despreocupadamente contra la pared.

—No puedo obligarte a hacer nada, Jess. Puedes marcharte sin problemas, sobre todo porque pareces estar muy enfadada por estas órdenes, pero…

no te vas. Estás aquí de pie, discutiendo conmigo.

Teniendo un berrinche. Intentando que cambie de opinión y que retire mi orden.

—Se encogió de hombros, con una sonrisa en los ojos que no llagaba a sus labios—.

No voy a retractarme. Vas a hacerlo, Jess.

Vas a obedecer, porque quieres, por mucho que intentes ocultarlo.

Odiaba que me leyese tan bien. Lo odiaba por ser consciente de la batalla que se libraba en mi mente.

Me agarró la muñeca con más fuerza y tiró de mí para que mis pies se movieran y quedaran contra la punta de sus botas. Se inclinó más hacia mí y, por una fracción de segundo, volvimos a estar pegados a las baldosas del baño del instituto, sin aliento, nuestras lenguas tocándose…

Sus labios rozaron mi oreja. Su voz, grave y profunda, hizo que un cosquilleo me recorriera la columna vertebral.

—Gatea y tráeme la cerveza antes de que te ponga contra la pared y te dé unos azotes en ese culito tan bonito que tienes hasta que aprendas a comportarte, Jessica.

Olvídate del cosquilleo, aquello fue una descarga eléctrica completa en cada una de mis extremidades. Apreté los dientes y cerré los puños. Nuestros rostros estaban a escasos centímetros y él me miró furioso y mudo sin perderse ni un segundo.

—¿Qué acabas de decirme? —susurré.

—Me has oído alto y claro. Ya no estamos en el instituto, Jess. Si quieres seguir jugando a este juego, tienes que darte cuenta de que ahora las reglas son un poco distintas.

Algo crecía dentro de mí, algo aterrador e inesperado: era un placer tenso y retorcido. Era la alegría de que me pusieran en mi sitio, tan repentina y tan fuerte que me daban ganas de gemir.

Todo mi empeño resultó inútil y darme cuenta de que se había tomado esa amenaza muy en serio hizo que las manos me temblaran de la emoción.

Me sentí como si tratara de armarme de valor para hacerme un piercing : sabía que lo quería, sabía que iba a doler, pero tenía que hacerlo, tenía que clavar la aguja.

Había retrocedido, pero me acerqué más a su cara. Estaba tan cerca que, por un momento, mi respiración se entrecortó y lo único que pude ver fueron sus labios, curvándose en una sonrisa sádica mientras se burlaban de mí. Pero mi voz se mantuvo firme.

—Siento mucho mis modales, amo. Iré a por tu cerveza ahora mismo, amo. —El sarcasmo flotaba en mi voz, no pude evitarlo, y una última réplica descarada se abrió paso entre mis labios—: Ah, sí, y que te jodan, amo .

No quise quedarme a ver qué pasaba tras esa última frase. Con la mandíbula tensa, me arrodillé y apoyé las palmas de las manos en el suelo. Con tanta gente borracha y dando tumbos, tendría suerte si no me pisaban los dedos.

Me imaginé las miradas raras que me echarían, las risas a mi costa, cómo me mirarían todos por encima del hombro. Se me formó un nudo en el estómago y se me contrajo el abdomen mientras disfrutaba de la humillación.

Mi coño traidor no podía darme un respiro, ¿verdad?

—La grosería acarrea consecuencias, Jessica —dijo aquella voz exasperante detrás de mí—. Date prisa.

Avancé arrastrándome, dando golpecitos en las piernas de la gente para que se movieran y me dejaran pasar.

Mi falda corta no era lo ideal para gatear: agachada sobre las manos y las rodillas, el dobladillo estaba lo bastante subido como para que cualquiera pudiera verme el culo y, si miraban lo bastante cerca, seguro que también me verían el coño.

Lo había presionado una y otra vez, decidida a ver cómo Manson llegaba al límite de su paciencia.

Había una bestia en él, más allá de la calma; era una bestia salvaje y peligrosa y yo lo único que quería era que saliera.

Lo había visto aquel día cuando lo expulsaron, cuando por fin sacó un cuchillo contra los gilipollas que lo habían acosado durante años.

Esa era la bestia que quería, ese era el Manson que quería.

No podía explicar del todo el deseo, todavía no.

Pero tal vez una vez que se cumpliera, lo entendería.

Quería verle cumplir sus amenazas.

Llegué a la nevera y me arrodillé junto a ella.

Estaba ruborizada, sin aliento y con el estómago encogido.

Tal vez si metía la cabeza en la nevera se me pasaría, o me haría entrar en razón.

Hundí la mano en el hielo frío y aguado y saqué una cerveza.

El botellín estaba helado y el envase goteaba, podría sostenerlo con la mano mientras gateaba…

Tal vez agarrar el tapón con los dientes…

¿Metérmela en el sujetador? ¿Cómo cojones iba a gatear y llevar la cerveza?

—A la mierda —susurré, y me puse en pie.

Cogí un abridor de la barra, quité el tapón y bebí un largo y necesario trago. El líquido frío y amargo se deslizó por mi garganta y calmó la tensión.

Me castigaría por esto. No tenía ninguna duda.

Aquella pequeña amenaza que soltó sobre azotarme estaba a punto de cumplirse.

Me sentí como si condujera hacia una pared de ladrillos pisando a fondo el acelerador.

Sin frenos. Sin reducir la marcha. Me había comprometido al impacto y a cualquier consecuencia que trajera consigo.

«Sabes que lo quieres. Te castigará por romper las reglas del juego, por ser una chica mala y desobediente. Te castigará delante de todos, te hará llorar…», se burló una vocecita maligna en mi cabeza.

Me estremecí. Sentí escalofríos en los brazos y me palpitaron todos los músculos de la parte baja del abdomen.

Una cosa era mi coño —¡puto traidor excitado!

—, pero ahora mi propio cerebro se estaba volviendo en mi contra.

Pensamientos de Manson sacudiendo la cabeza, decepcionado, llamándome mala, diciéndome que me arrodillara…

No, no, no. Para. ¡Pensamientos malos, pensamientos malos!

Acabaría chorreando otra vez si no tenía cuidado.

Volver hasta Manson por mi propio pie, en lugar de gateando, me pareció mucho más atrevido de lo que debería.

Estaba justo donde lo había dejado, riéndose de algo que le había dicho una chica con el pelo teñido de azul.

Era guapa: más bajita que yo, pero con unas curvas preciosas, mallas rotas bajo la falda gris de cuadros escoceses y unos pechos que prácticamente se salían de la ajustada blusa blanca.

Una sorprendente punzada de celos se apoderó de mí, aunque ella se alejó cuando me acerqué.

—Pensaba que te había dado una orden, Jess —comentó Manson, con una sonrisa en la boca cuando me acerqué a él—. Te has puesto de pie muy rápido.

Le había dado otro trago a la cerveza, pero, mientras me reñía, sonreí, me llevé el botellín a los labios y volví a escupir el trago de cerveza. Luego se la puse en las manos.

—Uy, es verdad, perdona. Me olvidé de lo de no beber, y de lo de gatear. —Me encogí de hombros—. Upsi.

La sonrisa de Manson parecía congelada en su rostro. Era desconcertante y, de repente, me pregunté si de veras era una buena idea. Estaba cumpliendo mi parte del reto, pero a duras penas. ¿Cuánto tiempo iba a permitirme todo esto?

Manson bebió un sorbo de cerveza y se me revolvió el estómago. Había escupido en el botellín y ni siquiera se había inmutado.

—Oh, Jess. Jess, Jess, Jess. Lo entiendo. Sí. Y no te preocupes, esta situación se manejará como es debido.

Fruncí el ceño, completamente confundida.

—¿Qué… qué situación? ¿A qué te refieres con manejar…?