El reto
—¿De verdad vas a hacer esto?
La fiesta seguía a nuestro alrededor. Había empezado la siguiente ronda de beer pong , la gente nos desplazó a Manson y a mí lejos de la mesa, así que nos quedamos a un lado, entre la multitud.
El audio de mi humillante vídeo sonaba una y otra vez, seguido de unas carcajadas.
Podía oír los murmullos con mi nombre, los cotilleos ya se estaban propagando.
Era absurdo.
Pero yo iba a hacerlo.
La pregunta de Manson se quedó en el aire. Parecía inseguro, incluso un poco contrariado, como si le sorprendiera que me quedara.
Me encogí de hombros, como si la respuesta fuera obvia.
—¿Sí? Me has retado. ¿Qué voy a hacer? ¿Reírme?
—Eso es lo que esperaba, sí. —Había una nota de amargura en su voz, pero se le escapó una risita suave—. ¿De verdad vas a pasarte la noche haciendo todo lo que te diga? ¿En serio?
Lo miré con una expresión de irritación y los ojos muy abiertos.
—Otra vez: ¿sí? A menos que te lo estuvieras inventando para fastidiarme. Si no puedes lidiar conmigo, estaré encantada…
—No, no. —Sacudió la cabeza, y su sonrisa pareció cambiar: se volvió más oscura, más hambrienta—.
Puedo contigo. —Sus palabras me provocaron una extraña sensación en el estómago.
Había algo en ellas que me ponía cachonda.
Sonaban como una amenaza—. Me preocupa más si tú puedes con ello.
No creo que seas consciente de lo que te espera.
Me acerqué a él, puse mi cara a escasos centímetros de la suya, nuestros pechos casi tocándose. Tuve que inclinar el cuello hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—No te tengo miedo, Manson Reed. Lo que sea que tengas… —Mis ojos bajaron despacio por su cuerpo y volvieron a subir. Lo evalué, con sus dos metros de altura—. Puedo soportarlo.
Su sonrisa no vaciló. A pesar de lo que había dicho, sentí una pequeña punzada de miedo. Era el tipo de miedo que sentía antes de ver una película de terror o al esperar en la cola de una montaña rusa: era emoción, un subidón, un chute de adrenalina directo a mis venas.
—Si tú lo dices, Jess —comentó en voz baja—, pero puede que supliques piedad antes de lo que crees. —Dio un paso atrás y por fin me permití respirar—. Sígueme.
Las largas piernas de Manson lo llevaron con rapidez por el césped, de vuelta a la casa. Tuve que trotar para seguirle el ritmo. Ashley me alcanzó y me ofreció otra copa. Me la puso en las manos y enganchó su brazo al mío.
—¡Vámonos! —siseó—. Vamos a pasar desapercibidas durante diez minutos y luego…
—No me voy a largar.
Di un largo sorbo a la bebida afrutada que me había dado, agradecida por el valor líquido.
Se detuvo de golpe y tiró de mi brazo haciendo que me detuviera.
—¿No te vas a largar? ¿Qué demonios quieres decir con que no te vas a ir? ¡Jess!
Su incredulidad me hizo estremecer. ¿Cómo podía explicarle esto? ¿Cómo iba a hacer que tuviera sentido para ella cuando ni siquiera lo tenía para mí?
—Jess, estás loca, ¿por qué…?
—¡Jessica!
El corazón me latió con fuerza. Manson se había detenido frente a la puerta de atrás. Chasqueó los dedos y señaló el suelo a sus pies, como si estuviera llamando a un perro desobediente.
—Ven. Ya.
Volví a mirar a Ashley y vi que había apretado la boca en una fina línea.
—Jess —dijo, tensa—. ¿De verdad vas…?
—Lo siento, Ash, yo…
La parte normal y lógica de mí gritaba que no iba a dejar que ese bicho raro me tratara como a su mascota personal.
Pero mi parte oscura y necesitada insistía en algo muy diferente: me decía que el tono condescendiente de Manson era sexy , que su seguridad en sí mismo era atractiva y que correr para obedecer sus órdenes me haría sentir muy bien.
—Dame un minuto, ¿vale?
Le di un apretón en el brazo a Ashley a modo de disculpa, le entregué mi bebida y luego me di la vuelta y caminé hacia Manson. Arrastré los pies, para no parecer demasiado ansiosa, y algo se crispó en su mandíbula con cada paso lento que daba.
Le estaba molestando. Bien.
Me crucé de brazos, intentando igualar su expresión de cabreo.
—¿Sí? ¿Qué?
Señaló hacia abajo otra vez, con un suspiro lento.
—El cordón de mi zapato, Jess. Átamelo.
Sí, se le había desatado el cordón de la bota. Iba a arrodillarme a sus pies, otra vez. Por un momento, casi pude oler el cuero, casi podía notarlo en mis labios.
Tragué saliva.
—¿El cordón del zapato? ¿En serio? —me burlé—. ¿Cuántos años tienes? ¿Cinco?
Pero me arrodillé. Allí, de rodillas, a la luz de los cristales de la puerta trasera, le até el cordón de la bota. Me apresuré a levantarme, con la lengua preparada para más comentarios sarcásticos, pero su mano en mi hombro me empujó otra vez al suelo.
—Ser una niñata no cambia el hecho de que sigues obedeciéndome, Jess —dijo, inclinándose para acercar su cara a la mía—.
Actuar como si fuera una maldita carga para ti no cambia que sigas haciéndolo.
—Sonrió con maldad—. Fingir que no te gusta no hará que se acabe.
Sigue así y solo conseguirás ganarte una buena reprimenda.
Por un momento me quedé sin palabras.
—Una… ¿Una reprimenda? —conseguí decir—. ¿Qué cojones…?
—Tú sigue así y lo descubrirás. —Se irguió, quitándome la mano del hombro, y me puse en pie—. Y a partir de ahora, cuando te dé una orden, respondes con un «sí, amo», ¿entendido?
Tuve que controlarme para no poner los ojos en blanco.
—Te estás pasando… —gruñí, pero, cuando arqueó la ceja, expectante, añadí con sarcasmo—: amo .
Negó con la cabeza.
—Sigue así, Jess. Sé que te hace falta un poco de disciplina en tu vida. Pronto la tendrás.
Entró en la casa y dejó la puerta abierta el tiempo suficiente para que yo entrara tras él.
¿Qué demonios quería decir con lo de la disciplina? La curiosidad me hizo querer presionarle. ¿Cuánto podría resistirme antes de hacerle perder los papeles?
Manson se vio envuelto en una conversación con unos amigos suyos y yo me quedé de pie tras de él, incómoda, intentando fingir que no estaba con él.
Ashley se reunió con nosotros, pero esta vez, de espaldas a Manson, me agarró del brazo y me arrastró hasta la cocina.
—Vale, de verdad, ¿qué mierdas estás haciendo? —preguntó—. No tienes que hacer el puñetero reto, Jess. O sea, me pelearé con él…
—No, no, Ashley, no pasa nada, es solo… —No tenía dudas de que pelearía contra él, pero no necesitaba que me defendiera de esa manera—. Mira, tú solo… disfruta de la fiesta, ¿vale? Danielle y Kaitlynn están aquí, podrías…
—Espera, espera, un momento. —Su ceño se frunció más—.
Te… ¿Te gusta esto? Es que literalmente no hay nada que te impida dejar de obedecerle.
Él no puede obligarte a hacer una mierda, pero tú estás, bueno…
—Arrugó la nariz—. Tía, si esto es algún fetiche raro…
—Sacudió la cabeza—. Mira, sabía que mentías cuando me dijiste que no te gustaba.
Te enrollaste con él. Te gustó, ¿vale? Y eso está bien, no importa, no te juzgo.
Pero es que… —Bajó la voz, como si alguien pudiera oírnos por encima del ruido de la fiesta—.
Si estás intentando salir con él, tienes que decírmelo.
Creo que es muy raro, pero… no voy a meterme si quieres algo con él.
Mi boca se abría y cerraba como un pez fuera del agua. No me «gustaba» Manson Reed. Eso era ridículo, eso era… eso era…
Suspiré con fuerza.
—No tienes que preocuparte por mí, ¿vale? Yo… Voy a intentar esto… esto de los retos…
Ashley puso los ojos en blanco, pero su risa le quitó hierro al asunto.
—¿Esto de los retos? ¿Quieres decir que vas a hacer eso de ser su esclava? Eso es, o sea, superperve, ¿sabes?
Lo era, sabía que lo era. Cada interacción que había tenido con Manson esa noche había estado tan cargada de tensión sexual que era una agonía.
Aunque, desde fuera, la forma en que interactuábamos no demostraba más que odio.
Las burlas, la humillación, las provocaciones…
Todo contribuía a la tensión sexual que se acumulaba en mi interior.
Las ganas de seguir tensando la situación me parecían desesperadas e inmaduras, pero me habían dado a probar algo nuevo y tenía que explorarlo.
—Sí, es… raro —admití—. Lo sé. No puedo… No sé cómo explicarlo, la verdad.
Ashley hizo un gesto con la mano para restarle importancia y me devolvió la bebida que le había dado antes.
—No te preocupes, amiga. Estaré pendiente. Mándame un mensaje si me necesitas, ¿vale?
Me abrazó con fuerza antes de marcharse.
Menos mal que tenía a Ashley. A pesar de lo testaruda que era, se guardaba sus opiniones para sí misma.
Después de esa noche, tal vez podríamos reírnos de ello.
Podría quedar archivado como otra experiencia curiosa mientras sigo con mi vida como si nada hubiera pasado.
Me olvidaría de Manson, de sus órdenes, de su sonrisa arrogante, de sus botas…
Volvería a ser Jessica Martin y ya está, la chica que tenía la vida resuelta, que era popular y normal y que no estaba para nada interesada en mierdas sexuales raritas y depravadas.
Volví a la otra habitación, pero no antes de que Manson notara mi ausencia. Los amigos con los que había estado hablando se habían marchado, pero sus ojos recorrieron la estancia y se clavaron en mí en cuanto me encontraron.
—Lo siento. —Me puse a su lado y di un largo sorbo a mi bebida—. Tenía que ir a mear.
—¿En la cocina? —preguntó con sequedad antes de reparar en el vaso que llevaba en la mano—. Creo que con eso ya has terminado.
—¿Perdona? —Lo miré con incredulidad mientras me quitaba la bebida de las manos, le daba un pequeño sorbo y la tiraba a la basura—. ¿Qué cojones, tío? No había terminado…
—Has terminado porque yo digo que has terminado —dijo en voz baja, inclinándose más hacia mí para que pudiera oírle por encima de la música y la conversación ruidosa—. No quiero que te emborraches, Jess.
—¡Qué cojones! —Pegué un pisotón, levantando los brazos—. ¿Estás intentando joderme la noche? No puedo ir por ahí, no puedo beber… ¿Estás intentando ser un gilipollas conmigo?